Ocho de marzo: un día más en el calendario
Las mujeres de todo el mundo conmemoramos ayer nuestro Día Internacional, fecha que tiene la virtud de recordarnos que el año tiene otros 364 días que, aparentemente, no nos pertenecen. Un día que justifica que algunos hombres nos saluden gentilmente, en general con la semisonrrisa y el tono condescendiente que demuestra que se trata de la jornada más discriminatoria inventada para las mujeres.
El propio presidente Jorge Batlle cuestionó ayer la razón de que exista un Día Internacional de la Mujer porque «nadie me explicó el motivo». El primer mandatario tradujo el sentir de muchos y la respuesta es la siguiente: tenemos este día para recordar que el resto no nos pertenece. Para reclamar el derecho a ser tratadas en la misma forma porque, aunque parece asombroso, el 8 de marzo somos escuchadas. Aunque al otro día todo el mundo se olvide y pase la página hasta el año que viene.
Pero lo más paradójico de esta fecha es que las verdaderas discriminaciones, esas que se sufren todos los días, siguen existiendo. Es probable que los índices de maltrato no hayan variado ayer respecto a los otros días y seguramente sean pocas las que cobren un sueldo similar a los hombres que cumplen la misma tarea.
Pero tenemos que reconocer que no todas son discriminaciones. En este año, particularmente duro para nuestro país en materia económica, la mayor parte de los empleadores ha despedido masivamente a su mano de obra sin mirar el sexo. Probablemente porque las mujeres no alcanzan para reducir en suficiente medida la planilla de trabajadores. Así van quedando en la calle las madres y padres de familia en forma igualitaria, prácticamente sin posibilidad de obtener otra forma de sustento y acrecentando los cantegriles. Algunos se animan a subir a los ómnibus para vender lo que consiguen, pero este también es terreno de hombres. Salvo algunas que se atreven a cantar en público, a vender bonos de algún merendero o simplemente a pedir, los vendedores son de sexo masculino y, en el peor de los casos, niños.
Y como en este país nos jactamos de que no se discrimina, seguramente ayer también hubo mujeres embarazadas que debieron viajar paradas, colgadas del pasamanos del ómnibus, porque algún «caballero» ocupaba el asiento «maternal». En eso, aparentemente, somos todos iguales. Claro que, en general, el «caballero» se toma el trabajo de mirar al piso para disimular que no se dio cuenta de la situación, actitud que usualmente es respaldada por el guarda de turno. Por suerte algunas veces, pocas, esto no sucede.
En este mundo en que vivimos la mayor parte de las mujeres es considerada incapacitada para ocupar puestos de primer nivel, una imagen que nos trasmiten los propios informativos televisivos a nivel mundial, cuya apertura siempre está a cargo de una figura masculina. Son hombres la mayoría de los jefes de Estado, directores de empresa, gerentes bancarios, jerarcas estatales o periodistas en cargos de dirección. Son hombres los que cobran los sueldos más altos y también los que levantan la mano en los Parlamentos para resolver si las leyes nos habilitan a abortar o si nuestros hijos deben morir en guerras inventadas por los gobernantes de turno.
Pero la situación gradualmente va cambiando. Algunas mujeres se atreven a hablar, luchan incansablemente, como siempre, y algunas llegan. Desde las primeras que se atrevieron a reclamar el derecho a estudiar y tener una carrera universitaria se ha avanzado mucho. Lentamente pero mucho.
El objetivo es claro: no queremos ser superiores. Queremos tener los mismos derechos. Y ese objetivo, la equidad, será alcanzado el día que el 8 de marzo sea una fecha más en el calendario. Cuando el Día Internacional de la Mujer se convierta en el recuerdo de los tiempos en que solamente fuimos protagonistas de un día en el calendario.
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