"Cambios" en Argentina

Hacia una crisis inexorable

Carlos Santiago

 

Argentina sufre un persistente estancamiento, el que está combinado a una elevada tasa de desempleo. Su riqueza se contrajo un tres por ciento en 1999 y los índices del crecimiento han sido 0 en el pasado año», sostiene en su página editorial El País de Madrid, preocupado –entre otras cosas– porque España fue uno de los países que contribuyó a la masa de dinero con que se puso en marcha el «blindaje».

Claro, la situación de Uruguay no es mejor, ya que por aquí la caída en el ’99 fue del 3,2 por ciento y el desplome en el año que pasó superó el 1 por ciento. En pocas palabras, Argentina y Uruguay son países hermanos hasta en las desdichas que provoca el fracaso de las políticas económicas.

Sin embargo el gobierno argentino parece ir ahora más rápidamente, siguiendo obstinadamente el camino de la ortodoxia económica, que obviamente finalizará en otra crisis de incuantificables consecuencias.

El presidente Fernando de la Rúa está embarcado ahora en su segundo cambio de gobierno en 15 meses, cuyo alcance todavía se desconoce, en un esfuerzo casi desesperado de superar una situación económica que no sale de su estado crítico. En esta coyuntura llegó al Ministerio de Economía un liberal ortodoxo, ex funcionario del FMI, Ricardo López Murphy, cuyo objetivo será defender los acuerdos con ese organismo, sólo dos meses después de que el gobierno recibiera 40 mil millones de dólares de ayuda financiera con el único objetivo de pagar la deuda externa. El llamado «blindaje», que no alcanzó para superar la vulnerabilidad de esa economía.

El fracaso de las medidas del dimitente José Luis Machinea y su creciente impopularidad llevaron al gobierno a trocarlo por López Murphy, lo que fue muy bien acogido por los mercados internacionales. Sin embargo esas respuestas «calenturientas» de los operadores, no dejan de encubrir una realidad que está metida en centro de la problemática argentina y que, de no resolverse, determinará que la situación siga empeorando pese a esas ilusiones: la falta de competitividad de los productos de ese país.

Pero hay más: parecería que Argentina no tiene chance de solucionar su problemática económica sin apaciguar el frente político, conmocionado desde que en octubre del pasado año dimitiera el vicepresidente de la República Carlos Alvarez. Lo que no se dice es que la razón de esas diferencias está en las concepciones económicas de los distintos actores. Para Alvarez, que es un progresista, la actual política económica llevará indefectiblemente a un cataclismo.

Por ello el Frepaso, sector más progresista del gobierno de la Alianza, pidió que el nuevo gobierno en formación defina de una vez el modelo de desarrollo que sirva para mitigar la crónica vulnerabilidad del país y su agobiante dependencia de la coyuntura.

López Murphy, como obviamente todos suponían, ya ha anunciado que cumplirá estrictamente los compromisos internacionales y mantendrá la «convertibilidad», (un peso un dólar), que se aplica desde el gobierno de Menem, en una estrategia cambiaria que ideara en contradictorio Domingo Cavallo quien, quizás, asuma la presidencia del Banco Central, cuyo titular deberá irse acusado de lavado de dinero del narcotráfico.

Argentina, más allá de los coyunturales cantos de sirena de los mercados, carece del impulso necesario para quebrar su estancamiento, mientras su gobierno no resuelva esos problemas fundamentales que lo ubican con uno de los porcentaje de desempleo más altos de su historia: 20 por ciento. Sin embargo, el pensamiento de su Presidente, un conservador colocado a la derecha de su propio partido, la Unión Cívica Radical, no moverá un dedo que liquide privilegios de quienes hoy tienen el poder económico en el país hermano.(*)

Periodista, secretario de redacción de «Bitácora»

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