Rectificación que ratifica

He leído el artículo «Una rectificación necesaria a la verdad» (03/07/09), del señor Álvaro Rico, coordinador del Equipo de Investigación Histórica de la Udelar en respuesta a una nota mía titulada «Gordo, ya nos tenés cansados». En primer lugar, reconozco el esfuerzo innegable del Equipo de Investigación en la búsqueda de la verdad, las circunstancias, los hechos, testimonios, archivos, carpetas, microfilmes, etc., que continúan ocultos, entorpeciendo, impidiendo que la verdad salga a luz. En segundo lugar, felicito a nuestro gobierno por tomar estas iniciativas que contribuyen a construir la verdad histórica para que las generaciones futuras puedan leer la historia lo más objetiva posible y despejada de las mentiras que durante los años de dictadura cívico-militar – coordinada a través del Plan Cóndor- se han inventado y sellado a cal y canto.

Soy consciente ­ tal cual dice Rico- de las «dificultades en la tarea de seguir avanzando en la verdad».

Sin embargo, afirma en el punto 3 de su nota que existe «carencia en testimonios o relatos de sobrevivientes sobre las circunstancias en que otras personas fueron detenidas, asesinadas o desaparecidas, así como de sus responsables». Esta es una afirmación parcial, subjetiva y alejada de la realidad y los hechos concretos de quienes sobrevivimos a aquellas circunstancias. A continuación, en el punto 5, señala que investigaciones de «este tipo encuentran la dificultad de colmar las fuertes expectativas que surgen de los aspectos afectivos de los familiares y compañeros»… «así como la exigencia que después de tantos años de impunidad nada ni nadie sea olvidado y se conozca públicamente lo que realmente sucedió». En todo caso esto no es una «dificultad», sino por el contrario una motivación, un aliciente para la investigación y la búsqueda de la verdad, pero jamás una dificultad como afirma Rico.

En cuanto a la ficha del compañero Rodolfo Fernández Cúneo, Álvaro Rico no logra rectificarse, sino por el contrario ratifica una mentira.

Todos los presos del mundo, imaginan, proyectan, planifican su fuga, su retorno a la libertad, de no ser esto posible por lo menos mejorar las condiciones de reclusión. En el Penal de Libertad había pocas alternativas, una era lograr ser trasladado al Penal de Punta Carretas, algunos lo habían conseguido a través de lo que en el argot carcelario se llama la «caída». La «caída» consiste en simular una degradación desde el punto de vista sicológico, el preso comienza a fingir síntomas de desequilibrio mental, día tras día, mes a mes, año tras año, no hay medicación ni tratamiento que lo estabilice. Un avance lentísimo y doloroso en un profundo túnel mental; el preso va cavando su «locura», esconde la «tierra» arrancada de las profundidades de su psiquis y a la vez sigue respirando cierto aire fresco; avanza, progresa, agravando su estado síquico tanto para carceleros como para sus compañeros. Pocos héroes se animaron a tal desafío en el Penal de Libertad. El límite entre el control de la simulación y la transformación demencial es intangible. Fragilísima hebra de cordura que se rompe en cualquier circunstancia.

Rodolfo decidió transitar este camino y lo venía haciendo como un maestro, un Houdini preso político uruguayo. Para qué entrar en mayores detalles. El mayor Arquímedes Maciel lo mandó al Hospital Militar. Lo electrocutaron. Sin embargo, a pesar de toda esta información en su poder, el señor Alvaro Rico en el artículo Una rectificación necesaria insiste que «ante versiones no totalmente confirmadas o contradictorias sobre las circunstancias de muerte de una persona… o la imposibilidad de establecer una clara distinción entre un asesinato o la autoeliminación… el criterio usado por el Equipo fue indicar todas las posibles y variadas causas de la muerte sin jerarquizar ninguna». Persiste en el error, porque la autoeliminación jamás estuvo en consideración en el caso de Fernández Cúneo. En su Rectificación dice: » debió indicarse también (¿también?), la causal de fallecimiento por omisión de asistencia o falta de atención médica». En su respuesta a mi nota mantiene la grave y errónea afirmación de autoeliminación, no rectifica nada, reafirma una falsedad.

Fernández Cúneo no se suicidó ni jamás hubo una versión de suicidio por parte de las autoridades del Penal.

Fernández Cúneo murió ­matado- en el Hospital de las FFAA. El comunicado emitido por los parlantes del Penal se limitaba a comunicar su muerte. Cuando tenían la posibilidad de anunciar un suicidio lo hacían con bombos y platillos, con recomendaciones acerca de nuestros estados de ánimo y solicitar asistencia de sicólogos como Dolcey Britos. Esto no sucedió con el querido Rodolfo por quien los aspectos afectivos que nos ligan a él son para Ud. «una dificultad» que nos llevan a no aceptar su supuesta rectificación y a redoblar la batalla por la verdad y la justicia.

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