La independencia, ayer y hoy

El 5 de julio del año 1811, representantes de siete de las diez Provincias Unidas de Venezuela firmaron el Acta de Independencia, hecho que marcó la libertad para los sectores económicamente hegemónicos pero que relegó para el después el principio de la igualdad para los sectores dominados.

Hoy exactamente se conmemoran 198 años de ese acontecimiento. Faltan sólo dos para la celebración de su Bicentenario.

La guerra de independencia o revolución liberadora, fue concebida por los poderosos de ese entonces como el momento de su liberación para tomar el poder político en función de poner en ejecución sus intereses de clase. Ellos percibían como tentativa contra los «sagrados» derechos del individuo cualquier amago de limitar sus insaciables apetitos de enriquecimiento a cuenta de la explotación de los esclavos negros, el saqueo de la población indígena y la ruina de los artesanos.

A esta tendencia se contraponía otra corriente. Sus representantes, combatientes sin compromiso por la independencia de las colonias hispánicas, se esforzaron, sin mayor éxito, por imprimir un profundo carácter social a la revolución liberadora, con el fin de realizar reformas y transformaciones en interés de los oprimidos y desdichados.

Hoy, a casi doscientos años de ese hecho, en Venezuela se vive la misma contradicción, con las especificidades de la época. Por un lado, se encuentran los sectores poderosos, que consideran que lo importante es un comportamiento positivo de las variables macroeconómicas, con un funcionamiento libre del mercado y sin oposición política, porque hacerlo sería nadar contra la corriente o, en todo caso, asumir posiciones sentimentales, ilógicas e ingenuas.

Por otro, se encuentran los campesinos, indígenas, trabajadores, dirigentes políticos, amas de casas, jóvenes, pescadores, que levantan las banderas de una sociedad por la dignidad de las personas y no por las cuentas bancarias.

Ayer, al mando del proceso de independencia se encontró, entre otros, Simón Bolívar, el Libertador, que terminó acabado, golpeado moralmente, incomprendido por gran parte del pueblo que había llevado a la Revolución y traicionado por compañeros de armas que con él ganaron gloria y poder.

Hoy, el pueblo venezolano, guiado por Hugo Chávez, no sólo despierta al Libertador, haciendo verdad el canto profético de Pablo Neruda de que despierta cada cien años cuando despierta el pueblo, sino que lleva adelante su obra de redención y le añade, en correspondencia con el imperativo de la nueva época y ante el fracaso absoluto del capitalismo, los ideales del socialismo. Mientras exista la Revolución Bolivariana, el Libertador vivirá.

Ayer, en tiempos del proceso de independencia y de Bolívar, los oligarcas tenían la última palabra; hoy, en búsqueda de la aplicación del principio de la igualdad, ella corresponde a los trabajadores, incluyendo los que aspiran a trabajar y los que nunca lo han hecho y viven excluidos. Es un derecho vinculado a su lucha unida y decisiva, al frente de todo el pueblo.

Venezuela ha retomado el impulso de Bolívar y aplica su decisión de no copiar, sino de crear. Esta máxima no sólo es válida para el proceso que tiene lugar en nuestro país sino también para las experiencias de otros pueblos y países que están convencidos que el camino de la verdadera independencia, la liberación y la redención de las mayorías nacionales, es obra de la creación y de la acción de los hombres de bien.

Este camino, ningún gorila ni golpista de los que aún hoy viven y se atreven a manifestarse, como ha ocurrido en Honduras, lo podrá detener.

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