Dos bloques en pugna
Como con razón ha afirmado la senadora Susana Dalmás en entrevista publicada en LA REPUBLICA, en Uruguay no hay dos izquierdas sino dos visiones acerca del camino a seguir para llegar a las metas y objetivos trazados por el Frente Amplio en su conjunto. No obstante los matices que inevitablemente afloran en un conglomerado como el FA, el programa de esta fuerza política con vistas a un segundo período de gobierno recoge el consenso de sus distintos sectores acerca de los temas fundamentales en los que habrá que profundizar. El programa no es socialista, entre otras cosas, porque los tiempos que corren obligan a rever postulados y a adecuarse a la realidad de un mundo globalizado bajo la égida del capitalismo.
El adversario político en la instancia electoral de octubre vuelve a ser el Partido Nacional, que contará previsiblemente con el apoyo de su rival tradicional en caso de un balotaje. Como ya lo hemos señalado, desde hace ya diez años, el mapa político uruguayo ha venido evolucionando hacia un nuevo bipartidismo: los partidos tradicionales por un lado y el Frente Amplio, por el otro. En este panorama de polarización del electorado, cada uno de los bloques representa dos proyectos opuestos. El de los cambios en pos de justicia social, sustentado por el Frente Amplio, y el de la reacción conservadora, encarnado en los Partidos Nacional y Colorado; el de las reformas socializantes y el de la restauración del antiguo régimen; el que pone el énfasis en una legislación tuitiva para los más desamparados, y el que propende a la defensa de los intereses de los poderosos.
Estas son las fuerzas que estarán en pugna de aquí a octubre y que se disputarán las preferencias del electorado. Y así como no puede hablarse de dos izquierdas, tampoco es pertinente hablar de dos derechas. La derecha es una sola, se trate del Herrerismo o de la Alianza Nacional, de Bordaberry, Hierro o Amorín. Puede haber matices, naturalmente, pero las diferencias son prontamente superadas en aras de la unidad partidaria, con lo cual suman sus votos a los sectores más reaccionarios los que pretendieron exhibir un perfil progresista. En el tan anhelado centro del espectro ideológico, no hay lugar para ningún sector de los partidos tradicionales. El abrazo entre Larrañaga y Lacalle fue el abrazo del oso: el supuesto progresismo de Larrañaga quedó subsumido en los brazos del neoliberalismo triunfante del doctor Lacalle.
De este modo se confirma la tendencia hacia la derechización de los partidos históricos, desprovistos de sectores de izquierda que siempre tuvieron un peso relativo, que a veces incluso fueron preponderantes en cada uno de sus lemas y que, cuando fueron minoría, operaron de rastrillo arrimando voluntades incautas al caudal electoral de los grupos más conservadores. Este es el resultado –seguramente no deseado por sus impulsores– de la reforma electoral de 1996, al instaurarse la candidatura única a la Presidencia en cada lema partidario. Esto fue lo que llevó a no pocos blancos de ideas avanzadas a incorporarse al Frente Amplio, fuerza política en la que vieron posible concretar el ideario wilsonista; otro tanto ocurrió con sectores colorados de perfil netamente batllista a abandonar el viejo Partido de Rivera e integrarse a una fuerza política que hacía suyos tradicionales postulados del ideario de don Pepe.
La suerte está echada. Una vez más, los ciudadanos uruguayos nos enfrentaremos a una alternativa que se repite desde hace diez años: o continuamos avanzando hacia una sociedad más justa, profundizando los cambios llevados adelante por el gobierno de Tabaré Vázquez, o volvemos al status quo anterior a 2005 eligiendo un gobierno que tratará por todos los medios de desmantelar lo hecho y aplicar las conocidas recetas retrógradas del neoliberalismo.
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