Una instancia de reafirmación cívica y democrática
Un humorista sentenció, hace algunos años, que la democracia perfecta sería aquel sistema en que se votara todos los días y se comiera una vez cada cinco años. Con esta «boutade» sugería que la democracia representativa tal como la concebimos hoy no resuelve los problemas básicos de las sociedades, y en cierto sentido abonaba el terreno para el escepticismo con que se miraba la democracia y el descrédito en que iba cayendo el sistema político.
Fue así que desde sectores de la izquierda se menospreciaba la democracia «burguesa», que permitía la permanencia in eternum de las clases dominantes en el gobierno y que se mostraba incapaz de dar de comer a todos los ciudadanos. Las elecciones eran vistas como una farsa engañosa que impedía una verdadera participación de todos los sectores sociales y llevaba a los desposeídos a votar por quienes los mantenían en esa situación, en lo que resultaba una trágica paradoja. A ello contribuía de manera muy notoria el mecanismo perverso del doble voto simultáneo, un invento nefasto que hizo decir al doctor Hugo Batalla que en el Uruguay el voto era tan secreto que ni siquiera el votante sabía a quién había votado.
Por otro lado, la ultra derecha, de muy débiles convicciones democráticas, abogaba por gobiernos duros para enfrentar la crisis y no tenía reparos en promover soluciones despóticas al margen de la Constitución. Fue así que ya a comienzos de los sesenta, se apeló desde el gobierno a respuestas represivas para acallar la protesta popular; recordemos que hubo amagues golpistas ya a mediados de la década y que al asumir Jorge Pacheco a fines de 1967, el gobierno apeló a un mecanismo constitucional de excepción (un paréntesis cesarista en el régimen de libertades) que se tornó permanente.
Con sobrada razón escribió Ernesto Sabato en los tiempos sombríos del entronizamiento de las dictaduras militares en el Cono Sur: «Tal como es la condición del hombre, las palabras empiezan escribiéndose con mayúscula, luego descienden a la minúscula para terminar entre sarcásticas comillas. ¿Cuántas veces no hemos asistido a esa degradación de Patria en patria, para finalmente terminar en esa ‘patria’ que nos hace volver la cara de vergüenza?». Otro tanto puede decirse de la palabra democracia, que recorrió el mismo camino de devaluación hasta llegar a los extremos que señalamos más arriba.
Pues bien, a pesar de que en el imaginario colectivo la democracia y el sistema político aún gozan de una percepción negativa, podemos decir que se ha producido un cambio y que todos coinciden en que la democracia, aun con sus carencias, es el mejor sistema que los seres humanos han inventado para vivir en la polis. Aun con los reparos que puede merecernos la reforma electoral de 1996, fuerza es reconocer que introdujo dos mecanismos de innegable valor que hicieron más transparente el sistema electoral. La obligación de que los partidos convoquen a elecciones internas para elegir a su candidato a la Presidencia y la eliminación del doble voto simultáneo que supuso que cada lema llevara un candidato único, significó un adelanto de enorme trascendencia.
Las elecciones internas que se celebran hoy deben convocar a todo el cuerpo electoral por más que no tengan el carácter obligatorio que tienen las nacionales y las departamentales. Los ciudadanos de todos los pelos y filiaciones políticas deben concurrir a las urnas de modo de incidir en la elección del candidato de su partido. En la medida que así ocurra, la postulación de dicho candidato tendrá una legitimidad inobjetable con lo cual queda definitivamente desterrada la reflexión de Hugo Batalla ya que el elector no se verá engañado y sabrá exactamente a quién está votando.
En virtud de todo lo antedicho, exhortamos a que haya una concurrencia masiva al acto electoral de hoy. A partir de mañana, comienza la otra carrera cuya meta es la elección de octubre.
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