Se han dado a conocer por estos días algunas cifras de dinero escalofriantes vinculadas con el ámbito de los espectáculos deportivos. El jugador portugués Cristiano Ronaldo fue transferido por una suma cercana a los cien millones de euros; al mismo tiempo, se informó de cuáles serán los ingresos del astro, no calculados en términos de un año ni de un mes, sino de una hora: algo así como mil dólares cada sesenta minutos. El cálculo parece lógico ya que la cifra mensual resultaría demasiado larga.
Algo similar ocurre con las estrellas de otros espectáculos. Actores de Hollywood o cantantes pop amasan verdaderas fortunas merced a su talento a la hora de encarnar algún personaje, de ofrecer recitales masivos o de grabar discos que se venderán por millones en todo el mundo.
Es así que deportistas (algunos, no todos) y artistas del espectáculo (algunos, no todos) rivalizan con banqueros, multinacionaleros, narcotraficantes y algunos otros que se dedican a profesiones tan nobles como esas. Son los que tienen la sartén por el mango; y el mango también, como dice María Elena Walsh.
Esta realidad es justificada y defendida por mucha gente. Se sostiene que los futbolistas tienen una vida útil limitada, que después de los treinta es difícil jugar como a los veinte, y que, por tanto, está bien que amorralen unos pesos pensando en el tiempo en que las piernas ya no respondan y deban abandonar las canchas.
Algo similar sucede con cantantes y actores. Suele suceder que la gola se vaya, que aparezcan arrugas irreparables por más afeites, siliconas, liftings o tratamientos que se apliquen, y que los artistas se vean desplazados de los papeles protagónicos o deban ceder el primer lugar en el ranking a otras figuras emergentes que la rosca de la música popular se encarga de promover y de imponer en el gusto del gran público. Por otra parte, hay una mayor tendencia a ser indulgente con las ganancias exorbitantes de los artistas en el entendido que lo que ellos hacen es arte (aunque en la mayoría de los casos no sea así) y debe ser incluido entre las expresiones culturales de la humanidad.
Ahora bien, a poco que nos pongamos a reflexionar sobre el fenómeno, advertiremos que junto a esas cifras astronómicas de pases y porcentajes y cachés, hay una enorme mayoría de deportistas y artistas cuyos ingresos pueden ubicarse en una línea por demás modesta. Sintomáticamente, también en esos ámbitos del espectáculo –deportivo y artístico– se da lo que es la tónica, la lógica de hierro del sistema capitalista. Aquí no se puede hablar de asalariados explotados (aunque haya operarios y empleados que generan plusvalía), pero hay sí una enorme masa de consumidores dispuestos a pagar para ver y oír a los monstruos sagrados.
Lo interesante del asunto es que por regla general el costo a pagar por ir al estadio, disfrutar de una película o asistir a un concierto de rock, o por alquilar un dvd o comprar un disco, está al alcance de una inmensa mayoría de fans que no son conscientes de que con su modesto aporte están financiando la fortuna de sus ídolos.
He ahí un invento realmente asombroso del capitalismo. Gracias a los adelantos tecnológicos en materia de difusión, se ha operado el milagro de que millones de individuos en todo el mundo aporten su óbolo para que los cracks y las vedettes se enriquezcan a extremos que resultan un insulto a la sensibilidad y a la razón. A la inversa de los fines que formalmente persiguen los sistemas tributarios en general, tratando de redistribuir la riqueza de unos pocos entre entre los más, la lógica del espectáculo hace que los más ayuden a concentrar la riqueza entre los menos.
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