Las guerras civiles palestinas
Generalmente las notas periodísticas que analizan el conflicto árabe-israelí comienzan la historia con la creación de Israel en 1948 y la guerra subsiguiente que para los israelíes es su «Guerra de Liberación» mientras que los palestinos la definen como «Nakba» o «catástrofe».
Pero la guerra de 1948 no fue el primer episodio en esa larga confrontación histórica. Hubo disturbios anti-judíos promovidos por nacionalistas árabes en la Palestina del Mandato Británico en 1921 y en 1929 y entre 1936 y 1939 se produjo lo que los árabes llamaron la «thawra» o gran rebelión. Fue básicamente un movimiento contra la emigración judía en momentos en que la emigración a Palestina era una de las pocas posibilidades reales de los judíos europeos de salvarse de la creciente amenaza nazi. El historiador israelí Benny Morris en su libro «Righteous victims» definió la rebelión como el mayor y más prolongado levantamiento contra los británicos en cualquier país en el Medio Oriente y el más significativo de la historia palestina hasta la intifada anti-israelí cincuenta años más tarde. Fue un movimiento armado contra judíos y británicos, que en un comienzo tuvo gran apoyo popular entre los habitantes árabes del país, pero más tarde degeneró en una verdadera guerra civil entre los propios árabes. Como lo señala Morris, la rebelión «puso en evidencia las profundas diferencias en la sociedad palestina, lo que la volvió débil e ineficaz: entre los clanes familiares de mayor poder, entre los aldeanos y los habitantes urbanos, entre pobres y ricos, entre musulmanes y cristianos y entre residentes de distintos distritos».
La rebelión comenzó con una huelga general árabe iniciada en abril de 1936 que prosiguió hasta octubre del mismo año. La huelga empezó en Nablus y pronto otros comités se formaron en Haifa, Jenin, Tulkarem y Jerusalén para unirse a la protesta. Los objetivos esenciales proclamados por la huelga eran tres: fin de la inmigración judía, prohibición de la venta de tierras a judíos e independencia de Palestina para un Estado con hegemonía árabe. La huelga que pronto se amplió con la negativa de los árabes a pagar impuestos, se fue convirtiendo en una insurrección armada, que comenzó con esporádicos ataques a colonias judías y a blancos tales como los ferrocarriles.
En octubre de 1936 se dio por finalizada la huelga y casi durante un año hubo un virtual cese de la violencia, para dar lugar a las negociaciones propiciadas por la Comisión Peel, un grupo creado por los ingleses para estudiar la situación del mandato británico y recomendar soluciones. La Comisión recomendó la partición del país entre judíos y árabes, una propuesta aceptada con reservas por los primeros y rechazada en términos tajantes por los segundos. En el otoño de 1937, después del fracaso de la misión Peel, se reanudó la rebelión árabe. La violencia continuó durante 1938 y se fue apagando hasta extinguirse del todo en 1939.
Desde el punto de vista árabe la rebelión tuvo un alto costo. Los historiadores avalúan el número de muertos árabes entre 3000 y 6000, aunque algunos creen que estas estimaciones son muy bajas. Por ejemplo, el historiador israelí Arie Naor sostiene que 4.500 árabes fueron muertos en confrontaciones internas. Unas 2000 casas fueron destruidas durante las hostilidades o por represalias de los británicos. El costo económico fue enorme. Además de las pérdidas ocasionadas por la huelga general de 1936, hubo muchas cosechas perdidas y naranjales y huertas devastados. El boicot árabe a la comunidad judía resultó contraproducente por las pérdidas económicas ocasionadas por la pérdida de empleos y de ventas. Pero sobre todo, la rebelión árabe puso en evidencia la incapacidad de los árabes de superar sus diferencias internas en aras de un objetivo común.
La misma incapacidad se evidencia actualmente en la hostilidad que separa a Hamas de Fatah, en la que la descalificación mutua hace que ninguna de ambas partes sea un interlocutor válido para cualquier acuerdo que permita la creación de un estado palestino. Aún si mañana, como resultado de presiones de los Estados Unidos o de factores de política interna, el Primer Ministro de Israel, Benjamín Netaniahu, decidiera un viraje político similar al de sus antecesores Ehud Olmert y Ariel Sharon, convirtiéndose en un partidario acérrimo de la fórmula de dos estados, no tiene la menor garantía de que si entrega toda Cisjordania en el marco de un acuerdo difícilmente logrado, al gobierno de la Autoridad Palestina, éste no será derrocado por el de Hamas.
Las noticias sobre las relaciones entre ambas fuerzas palestinas son más bien sombrías. Durante la ofensiva de 22 días de Israel en Gaza en enero pasado, Hamas ejecutó a 18 simpatizantes de Fatah según un informe de Human Rights Watch publicado el 20 de abril. Según el informe las torturas y las muertes continuaron después de que terminaron las combates.
Eyad Sharraj, un médico y activista de los Derechos Humanos sostiene que hay 40 activistas de Fatah en cárceles en Gaza y 400 partidarios de Hamas se encuentran detenidos en la Margen Occidental.
Un vocero de la fuerza de Policía de la Autoridad Palestina en Ramallah dijo al periodista norteamericano Daniel Williams de «Bloomberg News» que los prisioneros de Hamas están en prisión por contrabando de armas o por incitación contra el gobierno de Mahmud Abbas o contra Fatah, y negó que hayan sido torturados. «No tiene ningún parecido con lo que sucede en Gaza. Los miembros de Gaza piensan que irán al cielo si matan a alguien de Fatah».
Por ahora, todos los intentos de reconciliación de Hamas con Fatah realizados bajo el auspicio del gobierno egipcio han fracasado. La posición de Hamas es rígida e inamovible. Desde su punto de vista, un acuerdo de paz con Israel no puede aceptarse bajo ninguna condición y la flexibilidad de Fatah al respecto no es más que traición.
Mientras esa actitud no se modifique radicalmente no hay esperanzas para la causa nacional palestina, ya que ningún país nuevo puede crearse si tiene como motivación esencial de su existencia hacer la guerra contra su vecino más cercano.
El pensador árabe liberal Latif Lakhdar ha definido lúcidamente esta actitud en un artículo en Elaph, un espacio reformista árabe en Internet: «La consigna fanática del rechazo, del todo o nada, es un retorno inconsciente a la ley musulmana que prohíbe el ceder aún una sola pulgada de Palestina, y es esta consigna la que le ha costado a los palestinos perder cada pulgada de Palestina durante 70 años; en 1937, 1947 y finalmente en el 2000, cuando Yasser Arafat, quien pretendió ser heredero del Mufti de Palestina rechazó las propuestas del presidente norteamericano Bill Clinton, las cuales pueden haber sido las mejores ofertas ofrecidas a un dirigente palestino…
«Es imperioso abandonar este culto fanático al rechazo, ya que petrifica la mente y le impide a uno pensar lógicamente. Esta es una enfermedad que aparece primero en la niñez en la fase inicial del desarrollo del niño…..
«Negociación significa trato. ¿ Hasta cuándo permanecerán atascados los fanáticos líderes palestinos del rechazo en la fase anal de su desarrollo mental en lo referente a su pensamiento político?
Más tarde afirma el pensador árabe: «El primer paso para recuperarse de la actitud fanática de rechazo es aplicar la autocrítica: admitiendo que muchos palestinos, árabes y musulmanes son sus peores enemigos y que son ellos los que causan sus propios desastres, no los sionistas, imperialistas, masones, comunistas, o la globalización del Nuevo Orden Mundial, tal como es exigido por el discurso que presenta a los árabes como víctimas y los conduce de vuelta a la fase del gimoteo infantil. La incapacidad de los líderes hasta ahora en llegar a un acuerdo para un diálogo nacional de reconciliación entre Hamas y Fatah es la razón principal por la cual no han podido implementar sus metas nacionales. La historia del
siglo XX nos enseña que ningún movimiento de liberación nacional logró la victoria mientras su pueblo luchaba entre sí. El movimiento sionista, por ejemplo, consistía en varias facciones políticas, pero sus fuerzas armadas se unieron y hubo una sola fuente de autoridad política y esto… es uno de los secretos más importantes de su éxito».
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