Mentiras

Es sabido que no hay mentira más grande que una media verdad. . Y en esto es especialista un presunto «embajador» de «Palestina» en Argentina, llamado Suhail hani Daher Akel, quien ha recordado en la edición del viernes 5 de este mes, la llamada Guerra de los Seis Días. ocurrida en junio de 1967.

Su larga nota, que ocupa toda la página, abunda en hechos de esa época y opiniones distorsionadas por su odio a los israelíes. Será difícil negociar y hablar de paz con gente así.

Entremos en el tema. Antes de esta guerra, los egipcios dominaban Gaza desde 1948 y a nadie de ellos se les había ocurrido formar un «Estado palestino» en Gaza. Los jordanos, a su vez ocupaban lo que hoy se llama Cisjordania (Samaria y Judea), habían modificado el nombre de su país que de Transjordania (creada por Winston Churchill en 1920) pasó a denominarse Jordania porque ahora ocupaban las dos márgenes del río Jordán. Ocupaban además la mitad de la ciudad de Jerusalén, cuyo cementerio judío fue saqueado y profanado. Tampoco a los jordanos se les ocurrió crear allí un Estado palestino; por el contrario, dieron documentos jordanos a todos los habitantes de los lugares por ellos dominados.

En 1966 en Siria el partido Baas (apoyado por la URSS) tomó el poder y proclamó «la guerra de liberación de Palestina» es decir, la desaparición de Israel. Desde la meseta del Golan (he visto personalmente los grandes búnkeres desde donde los sirios con artillería pesada disparaban contra las colonias agrícolas situadas abajo en el valle) se hizo frecuente la sucesión de incidentes militares, que siguieron produciéndose en 1967.

El 16 de mayo de 1967 Gamal Nasser, gobernante de Egipto (quien quería unificar a la «nación árabe» con Egipto a la cabeza y él en la cúspide de la pirámide) solicitó a las fuerzas de la ONU que abandonaran la península de Sinaí donde estaban para prevenir incidentes. La ONU, cuyo deber primordial es velar por la paz, acató inmediatamente el pedido de Nasser, ignorando que su presencia allí era necesaria. Inmediatamente Egipto ocupó la zona con tropas y blindados y movilizó a todas las tropas militares del país. (diario «Extra», 16 de mayo de 1967)

En esos momentos Radio El Cairo afirmaba: «La existencia de Israel se ha prolongado demasiado. Damos la bienvenida a la batalla que esperamos durante tanto tiempo. Ha llegado el momento de la batalla en la que destruiremos a Israel».

Los sucesos se precipitaban. En mayo 21 Nasser anunció el bloqueo del golfo de Akaba, impidiendo así el paso de buques desde y hacia Eilat, el único puerto israelí sobre el mar Rojo y por donde le llegaba el petróleo desde Asia. Israel se quejó ante la ONU por considerarlo ­con razón­ un «casus belli». El 30 de mayo el rey Hussein de Jordania firmó un pacto con Nasser colocando sus tropas bajo mando egipcio. El mismo día Nasser, hablando por Radio El Cairo, afirmó: «Como resultado de la clausura del golfo de Akaba Israel tiene dos alternativas, cada una de las cuales está empapada en su propia sangre: morirse de estrangulamiento bajo el asedio militar y económico árabe o perecer bajo el fuego de las fuerzas árabes que lo cercarán por el Norte, el Sur y el Este».

Al comenzar junio Israel formó un gobierno de «unidad nacional» (dejando de lado las rivalidades políticas propias del sistema democrático) con Moshé Dayan como ministro de Defensa y confirmó lo que su agencia de información había logrado saber: la existencia de cohetes egipcios (preparados por técnicos nazis que se habían ocultado en el país de los faraones) que apuntaban a los centros vitales del país.

El 4 de junio Irak (que no era vecino de Israel) adhirió, con sus fuerzas, al pacto anti-israelí. ¿Qué debía hacer cualquier país ante tal situación? ¿Suicidarse? ¿Dejar que los israelíes fueran degollados o «echados al mar», como se decía y se dice todavía por algunos? En la madrugada del día 5 Israel lanzó una fulminante ofensiva aérea que destruyó aeropuertos y aviones en tierra. Luego en una semana derrotó a los egipcios, a los jordanos y a los sirios, se ubicó cerca de El Cairo y de Damasco y unificó a Jerusalén. No soy adicto a celebrar «grandes victorias militares» pero esta sin duda lo fue. Se estudió durante mucho tiempo en los centros de formación castrense.

Después de la guerra, sepultados los muertos, en trámite de curación los heridos, Israel sondeó posibilidades de paz. Ahora tenía la posibilidad de devolver territorios a cambio de la firma de tratados de paz. La respuesta de los países árabes reunidos en Jartum (Sudán) fue categórica. Se la conoce como los tres No. No a la paz con Israel; no a las negociaciones con Israel; no al reconocimiento de Israel.

Estos son los hechos. Pueden leerse en infinidad de libros y artículos publicados a partir de junio de 1967.

Por lo tanto, ¿por qué distorsiona los hechos el señor «embajador»? ¿Por qué habla de «vacuo pretexto» de Israel al denunciar a Egipto por el bloqueo del golfo de Akaba? ¿Por qué se refiere a «viejas oratorias» de Nasser cuando las fechas están establecidas con claridad? ¿Por qué llama «terroristas del Palmaj» a quienes ­es sabido por todos que conocen algo de historia­ que el Palmaj estaba integrado por hombres de los kibutzim más izquierdistas de Israel? ¿Por qué no menciona los tres no de Jartum?

Como viejo profesor de historia, me disgustan las versiones tergiversadas que tienen sólo una finalidad política. Por eso escribí esta nota, pensando en las nuevas generaciones, que no vivieron esos episodios y probablemente los ignoren y pueden ser influidas por esta muestra de terrorismo verbal publicada en el diario plural.

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