EDITORIAL

Inclusión social o cárceles, falso dilema

La tarea de modernizar un país no es cosa fácil. Si se tratara exclusivamente de aggiornar el conjunto de leyes e instituciones que hacen a la democracia y su forma de gobernar, no sería una tarea para la que cinco años fueran suficientes, pero se podrían hacer muchas cosas y adelantar unos cuantos casilleros.

El problema central radica en el hombre. En su forma de pensar, en sus hábitos, en sus reales intereses. En estos cinco años se podría decir sin temor a equívoco que se han sentado las bases como para que estos distintos aspectos puedan progresar y ponerse a la altura de lo que es el mundo. En algunos campos se pudo avanzar mucho , en otros poco, en determinadas áreas las dificultades fueron enormes, en otras, no tanto.

De todos modos, volvemos a lo mismo: todo gira en torno al hombre, su voluntad o desinterés por acompañar o liderar un cambio, su capacidad para apoyarlo o para combatirlo. En este nivel se ha desarrollado el combate más duro que ha debido enfrentar este gobierno.

Porque la educación ha sido un hueso duro de roer, la reforma de la salud, también, ni que hablar de la reforma impositiva y podríamos seguir enumerando dificultades objetivas y subjetivas que han ido implementándose sistemáticamente.

El gobierno ha desarrollado un hilo conductor que ha sido su gran capacidad de diálogo con todos, su interés en convencer, no en imponer.

Pero cuando se está luchando contra grupos humanos organizados, que ya tienen una concepción del mundo bien definida y no están dispuestos a aceptar cambios ni modificaciones, las cosas se complican.

Uno se podría preguntar qué cosa puede ser más lógica, sensata y justa que las empleadas domésticas tengan acceso a jubilación, salud, etc., por qué los trabajadores rurales no pueden hacer uso del derecho universal de laborar ocho horas por día, cuál es el problema de que los trabajadores se sienten en una mesa a negociar con sus empleadores y con la presencia activa del Estado, salarios, condiciones de trabajo, etc.

Resulta difícil de creer que acá se haya estado buscando imponer cosas nuevas, inventadas, pergeñadas por mentes criollas lúcidas o en su defecto, retorcidas. En algún caso puede que así haya parecido pero, en realidad, lo que se ha estado transitando es un camino hacia el equiparamiento con los países que tienen mejores condiciones de vida para sus ciudadanos.

Hemos escuchado hasta el cansancio al sector empresarial argumentar que las leyes laborales iban a espantar a los inversores extranjeros. La realidad demostró otra cosa, que se han encontrado con un país con leyes que son casi equiparables a las vigentes en sus propios países. Ello no solo no los ahuyentó, sino que los alentó a invertir.

Se ha criticado el Plan Ceibal, una propuesta compartida y apoyada por EEUU, y se dice que los niños del campo «primero que aprendan a curar bicheras». El Plan de Equidad no podía estar ausente, «se alimenta a vagos, no hay contraprestaciones». Parecería que los detractores no tienen la más mínima idea sobre este programa y su proyección, porque en su ceguera fundamentalista no han podido vislumbrar que se está sembrando para que los niños y jóvenes de hoy no se conviertan en los delincuentes de mañana, como sí se han convertido aquellos que en períodos anteriores se les cerraron todas las puertas de inclusión social, por egoísmo, por avaricia, por afán de lucro, por pensar pura y exclusivamente en el lucro personal o de clase. Claro, algunos tomaron conciencia de lo que habían generado e inventaron lo que se denomina Responsabilidad Social Empresarial, con lo que se busca acallar conciencias que se sienten culpables del daño ocasionado otrora.

Pero hay otros que ni siquiera han llegado a este estado intermedio de sensibilidad y hacen politiquería con el aumento de la delincuencia, anuncian grandes medidas represivas, leyes más severas, exigen más cárceles, pero nadie, absolutamente nadie, fuera del gobierno, habla de un plan global de inclusión social que permita al individuo desclasado, indigente, que por generaciones no ha tenido educación, no ha tenido trabajo, y todos los etcéteras que se deseen incluir que por primera vez en su vida comience a sentirse tenido en cuenta, vislumbre que el Estado y la sociedad inician un proceso de reconocerlo como un ser humano con los mismo derechos y deberes que los demás.

Este es un camino que lleva tiempo no da réditos electorales, lo que da son ciudadanos aptos para vivir en sociedad.

Ojalá que en algún momento se entienda dónde está la esencia del problema, se despolitice, para que el esfuerzo sea mayor y los resultados más fáciles de obtener.

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