EDITORIAL

Capitalismo, alienación y violencia

Más allá del hecho incontrastable de que la derecha ha elegido la inseguridad como tema principal de la campaña electoral, e independientemente del apoyo que reciben los precandidatos de los partidos tradicionales de ciertos medios de prensa que cumplen su misión de magnificar la actividad delictiva incrementando la sensación de inseguridad que vive la población, hay una realidad que no puede negarse: la violencia se ha instalado en la sociedad y se manifiesta de diversas formas, tanto en las relaciones interpersonales como en el comportamiento de los delincuentes.

El fenómeno no es patrimonio de las sociedades del tercer mundo expoliadas y empobrecidas por el capitalismo salvaje. En el primer mundo opulento ­desarrollado a costa del sufrimiento de nuestros pueblos­ la violencia también se manifiesta de mil maneras y encuentra nuevas formas de expresión. El consumo cada vez más generalizado de sustancias psicoactivas (nos referimos a las drogas llamadas «duras») tiene bastante que ver con la agresividad a que aludimos.

En esos países ricos, la etiología del fenómeno no debe buscarse tanto en la marginación social ­característica de los países pobres­ sino más bien en la alienación de los individuos sometidos a las leyes perversas de un sistema económico injusto e inhumano. Las metas que propone el capitalismo conducen a un sistema de valores inmoral que promueve un individualismo exacerbado. El afán de lucro ­considerado el gran motor para el desarrollo y para el consiguiente éxito personal­ conspira contra la solidaridad y otros principios cristianos.

Como si fueran burros trotando tras la zanahoria, los seres humanos no ven otra razón de ser que correr tras el dinero para poder satisfacer sus necesidades materiales. Algunos ­la mayoría­ hipotecan sus expectativas de desarrollo espiritual en aras de un salario que les permita acceder a un consumo mínimo; y para poder contar a fin de mes con ese dinero, están obligados a destinar la mayor parte de su tiempo a deslomarse diariamente en tareas que no suelen propender a su realización personal. Otros ­los menos­ también son prisioneros del mismo mecanismo perverso, pues, aunque sus recursos sean mucho mayores que los de los menos privilegiados, el afán de lucro los lleva a desear tener cada vez más sin lograr nunca la satisfacción de sus deseos.

El crecimiento que promueve el capitalismo está sustentado, entre otros postulados, en el consumo. Y para mantener e incrementar ese consumo de bienes materiales, cuenta con un gran aliado: la publicidad, que está permanentemente bombardeando a hombres y mujeres, niños y ancianos, con su mensaje alienante. Esta característica del capitalismo ya había sido denunciada por los socialistas del siglo XIX, que idearon un sistema más justo y una organización social con otros valores. Al respecto, vale la pena transcribir esta reflexión del escritor y pensador argentino Ernesto Sábato, quien en su libro ‘Uno y el universo’ (escrito hace más de 60 años) habla del socialismo en los siguientes términos:

«El socialismo, tal como ha sido expuesto por sus teóricos ­marxistas o no­ es algo más que la nacionalización de la producción y del consumo: es un movimiento profundamente moral, destinado a enaltecer al hombre y a levantarlo del barro físico y espiritual en que ha estado sumido en todo el tiempo de su esclavitud; es, quizá, la interpretación laica del cristianismo».

El gobierno deberá desplegar esfuerzos para combatir la violencia delictiva, deberá mejorar las condiciones de reclusión, deberá brindar seguridad a la población, deberá aplicar sanciones a los infractores, y deberá desarrollar políticas sociales y educativas tendientes a combatir el origen de la violencia.

Pero ésta sólo podrá erradicarse con un cambio profundo de las estructuras que permita instaurar otro sistema económico.

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