¿Prejuicios de qué clase?
Hace algunos días, el senador Mujica afirmó que si gana la elección interna, hay jerarcas del actual gobierno que no van a votarlo en octubre. Según Mujica, estas y otras actitudes negativas hacia su figura, surgen a partir de lo que considera «un prejuicio de clase» dentro de la propia izquierda y que sabe que, en algunos círculos, se le considera un «advenedizo».
En anteriores declaraciones, Mujica ya había adelantado juicios en esa misma línea e incluso introdujo una clasificación peculiar, cuando trazó una línea divisoria en la izquierda, entre «terrajas» y «cajetillas», entre «los del Cerro y los de Malvín», al tiempo que se autoproclamó como representante de los pobres o del «pobrerío», como más le gusta decir, a los que denominó «mis desarrapados».
Yo no creo que existan «prejuicios de clase» con respecto al candidato oficial, en el Frente Amplio. No los hay con Mujica el candidato, con el Pepe tal cual es o con cualquiera de los dos. Me parece un error juguetear con enjuiciamientos que sólo conducen a enojos y desconfianzas. Creo que, como cualquier dirigente del Frente Amplio, los compañeros que poseen responsabilidades a nivel de nuestro gobierno nacional, es más probable que se corten la mano con un serrucho antes que votar una lista de la derecha.
Lo que ocurre es algo muy distinto y mucho más elemental. Si el compañero Mujica quisiera explicar la causa de algunas resistencias que despierta dentro de la izquierda, le bastaría con repasar la generosidad de sus excesos de discurso y de sus actitudes. De esa manera, no le costaría nada reconocer que ciertas molestias, parecen ser bastante comprensibles.
El Pepe, a veces, abusa de la paciencia y de la sensibilidad política e intelectual de un importante contingente de ciudadanos de izquierda. Con misteriosa motivación, ha marcado en sus continuas apariciones en los medios de comunicación, afirmaciones que agreden el criterio político y el sentido común de muchos compañeros que, sin ser ningunos exquisitos, conforman un colectivo quizás poco propenso al consumo de simplezas, contradicciones y exotismos.
Es muy fácil darse cuenta. Compruébelo usted mismo. Si descalifica pública y políticamente a los técnicos de su propio partido, declara con desdén o trata peyorativamente a los universitarios, trata de cajetillas a los que no comparten su estilo o su cotidianeidad, si grita ordinarieces en forma gratuita y plantea utopías que nadie puede asegurar si es en broma o en serio, usted va a ver que, seguramente, una porción de sus compañeros, a pesar del cariño que le tienen, lo mirarán con cierto recelo.
Y aunque usted no sea técnico, ni universitario o ni siquiera bachiller, pero es un militante frenteamplista que pertenece a una cultura y a una tradición de izquierda, cimentada en la razón, en la fuerza de sus ideas y en la claridad de su proyecto democrático, donde la consistencia y la responsabilidad en la propuesta, representan aspiraciones básicas y virtudes en su práctica política, es entendible que, a veces, sienta como una llamada en el hombro o como un aplauso en la cara, cuando ve que el personaje mediático suplanta al dirigente político y regala afirmaciones un tanto extravagantes.
¿Cómo deberían sentirse algunos compañeros del ejecutivo, quizás demasiado serios, orgánicos o demasiado disciplinados, cuando, frente a un delicado problema suscitado por una arbitraria y desfavorable calificación en contra de nuestro país, con respecto al secreto tributario, el candidato oficial del Frente Amplio se pasó una semana gritando en los medios: «el secreto bancario es una joda» «todo eso es una joda» y «es una joda descomunal», en vez de respaldar y cerrar filas junto a su propio gobierno?
¿Cómo deberían interpretar, los jóvenes frenteamplistas que promueven la legalización de la marihuana, los planteos de: «al que se pichicatea hay que agarrarlo del forro, meterlo en una colonia y sacarle el vicio a prepo», o «los que se drogan son enfermos que terminan delinquiendo», sobre los que el «Estado debería intervenir»? ¿Eso es una contribución seria al debate?
Hasta compañeros bien curtidos caen presa del desconcierto, cuando tratan de entender cuál es el modelo que se propone para el Uruguay del futuro. ¿Es Suecia, Nueva Zelanda o la sociedad de los Kung San o Bosquimanos? Tenemos dificultades para poder integrar a la socialdemocracia nórdica, al capitalismo liberal progresista y al exotismo tribal del Kalahari en un mismo cóctel paradigmático.
Creo que habría que bajarle un cambio a las bromas, hay mucha gente que no las entiende. No concibo que en la izquierda exista predisposición o prejuicio alguno, porque el candidato use traje o guayabera, alpargatas o Hush Puppies. No creo que importe algo, si quiere vivir en una chacra o en Malvín, me da igual que ande en moto, nave o bicicleta, que sea economista, plante flores o boniatos. No representa para mí ningún elemento de calificación relevante, que el candidato haga votos de pobreza o que elija vivir con 20, 30 o 60.000 pesos.
Nada de eso hace más o menos de izquierda a nadie, ni más socialista, ni más sabio ni más tonto, ni siquiera lo hace mejor ciudadano. Nada de eso le asigna a nadie talento, mayor compromiso o mejor capacidad política, no genera mejor visión de Estado, capacidad de gobierno o claridad de conducción. Tampoco es garantía de profundidad de valores, de ideas, transparencia, sensibilidad o soluciones para los pobres.
Se despiertan prejuicios por la clase de cosas que decimos que, a veces, son demasiado irreflexivas. Nadie duda de los valores, la entrega y de las mejores intenciones que poseen todos los compañeros, sobre todo de aquellos queridos y reconocidos, como el Pepe, cuya trayectoria lo ha demostrado con creces. No hay discriminación ni encono, ni animadversión entre frenteamplistas, nuestros lazos, nuestra unidad, tiene raíces profundas, aunque siempre haya algún ofendido o algún calentón en la familia.
La preocupación es muy otra. ¿Sabés por qué Pepe? Porque nosotros, pase lo que pase, morimos por la izquierda, es lo mejor de nuestras vidas, nos reímos y aguantamos lo que venga, pero hay unos cuantos miles de uruguayos que no sacaron la cédula frenteamplista, que no sienten igual, que no tienen partido y que precisamos que nos voten para poder ganar las elecciones en octubre. Y son como cien mil, muy distintos a nosotros, esos sí desconfían, son calculadores, miran el balance, miran la televisión y a veces, leen todas esas cosas en los diarios.
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