EDITORIAL

Gracias Mario

«¿Qué les queda por probar a los jóvenes

en este mundo de paciencia y asco?

¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?

también les queda no decir amén

no dejar que les maten el amor

recuperar el habla y la utopía

ser jóvenes sin prisa y con memoria

situarse en una historia que es la suya

no convertirse en viejos prematuros.»

 

Mario Benedetti

Miles de uruguayas y uruguayos fueron ayer a tributarle su homenaje más sentido a Mario Benedetti. La ministra de Educación y Cultura, María Simon, dijo al despedirlo: «El amor de su pueblo es el honor más grande que se lleva Mario».

Y eso fue el sepelio de ayer: un enorme acto de amor y cariño colectivo.

No es común presenciar un momento así de identificación popular con un artista y más difícil aún, con un poeta.

Pero así fue con Mario. Porque además de poeta, fue un hombre integro, comprometido, transparente, vertical en su ética y sus principios.

Conmovía ver a aguerridos militantes del PIT-CNT, trabajadores portuarios, metalúrgicos, de la construcción, con los ojos llenos de lágrimas, custodiando el féretro del poeta. Los acompañaban, tomados de las manos, muchachas y muchachos de la FEUU. ¿Qué mejor compañía podía querer Mario?

Tanto en su velatorio, en el Palacio Legislativo, como en su sepelio de ayer, fue el pueblo, la expresión más sana y solidaria de nuestro pueblo, la que se hizo presente.

Los gurises del Miranda, que fueron en masa a aplaudirlo y se retiraron emocionados, conmovidos, cuando la gente les reconoció el gesto aplaudiéndolos a ellos.

Los niños de las escuelas públicas y privadas, con sus ojitos brillantes y aplaudiendo fuerte, conscientes, a su manera, de que estaban viviendo algo grande, lindo.

Las dos religiosas que salieron a la calle a aplaudir a un poeta que hizo de su condición de ateo una bandera, pero siempre desde el respeto hacia los que hacen de su fe, su bandera.

Ayer hubo mucho de magia, de identificación plena, de emoción compartida.

No podía ser de otra manera, Mario fue eso, uruguayo hasta la última célula y sin embargo universal.

Eso que se vivió ayer en Montevideo, se repitió en Buenos Aires, en Caracas, en Quito, en La Habana, en Madrid, en Barcelona y quién sabe en cuantos lugares más, donde su poesía, fue y seguirá siendo, compañía en el amor, en el dolor, en la lucha por los sueños, en la vida toda, con sus luces y sus sombras.

Era la despedida que merecía Mario y también la que nos merecíamos todos; principalmente las uruguayas y los uruguayos que lo integramos como parte importante, hermosa, de lo mejor de nosotros.

Porque además, lo maravilloso, es que esa magia, esa comunión, no nació ayer después de su muerte, viene de décadas, años de tenerlo al lado para vivir y para hacerlo con dignidad.

Y eso ayer se notó.

En la tristeza de la muerte, que prime la alegría, como Mario quería, de haber vivido esa magia, ese cariño, esa calidez popular, para su artista, para uno de los suyos.

Alegría para los que lo vivieron y tristeza para los que se lo perdieron.

Hasta siempre, Mario. Quedamos miles de «corazones coraza» para «defender la alegría».

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