Mesianismo, dinero y política

No existen los fenómenos mesiánicos en la política, mucho menos en la lucha por construir una sociedad más justa. Aparecen y se desvanecen como los globos sonda, en plena atmósfera. El «Mesías» carente de contenidos ideológicos y programáticos jamás podrá sustituir por sí mismo lo antedicho ni el rol de los partidos políticos en la sociedad actual. La historia es una construcción colectiva, representa una titánica forja de pueblos y generaciones de luchadores sociales que están en su propio inconsciente. Se traduce en la voluntad de aquellas masas comprometidas en modificar la vida de un pueblo, atendiendo a las condiciones objetivas y subjetivas , en un momento concreto. La demagogia y el populismo han sembrado miseria y exclusión social en América Latina , particularmente durante los años 90, adquiriendo su expresión más flagrante en varios gobiernos neoliberales del Cono Sur.

Hoy en Chile el joven y mediático diputado socialista Marco Enríquez Ominami, cineasta e hijo del fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Miguel Enríquez- quien fuera activo protagonista del más grande movimiento de masas en la historia trasandina durante el gobierno del Presidente Allende, ha sobresalido y adquirido visibilidad de la mano de encuestas de opinión formuladas por empresas de la derecha política y sus medios. Enríquez ha castigado con su discurso a la Concertación y su presunto anquilosamiento en la generación de una propuesta de gobierno auténticamente progresista, disparando contra el ex presidente Lagos por errores de gestión y casos muy puntuales de corrupción que cometieron algunos de los operadores políticos de su muy avanzado gobierno. Gira sobre sí mismo y descarga su rebeldía sin causa junto al oportunismo de sus cómplices y «díscolos» parlamentarios de la coalición gobernante, los diputados Alvaro Escobar y Esteban Valenzuela, descolgados del también oficialista PPD (Partido Por la Democracia).

Ambos, junto a Enríquez, son destacados actores del «establishment» político mediático que dicen querer modificar.

La Constitución política de Pinochet, aún vigente , establece ­como es de público conocimiento­ el sistema de elección binominal, sustituyendo la representación proporcional democrático republicana por una perpetuación de todos los actuales actores políticos funcionales al sistema y que ha generado ­en parte­ estos fenómenos de quiebre y cambio de identidades, lealtades y ruptura con los compromisos adquiridos hacia la fuerza política plural que conduce los destinos de Chile, hoy bajo el muy aprobado liderazgo de la doctora Michelle Bachelet.

El caso más notorio le corresponde al ex ministro de Salvador Allende y exiliado en Isla Dawson, luego del golpe militar, senador Fernando Flores, quien conserva su cargo en la Cámara alta y se ha alineado al multimillonario empresario Sebastián Piñera, ambos contestes en establecer en esta parte del mundo y a partir de 2010 el reino y poder del dinero por sobre la dignidad y la voluntad democrática de las personas.

En paralelo, la exclusión de partidos de la raigambre histórica, social y política como el Partido Comunista y otros referentes representantes auténticos de la izquierda tradicional trasandina, genera naturalmente apatía, disconformidad y escasa dinámica de participación.

Un pacto de no exclusión para llevar al Parlamento de Chile a estos verdaderos y representativos referentes parece cobrar fuerza cada día con más vigor entre quienes eligieron a Eduardo Frei Ruiz Tagle como candidato presidencial en elecciones primarias legitimadas por el pueblo y los comunistas, entre otros, quienes a costa de sacrificio militante y capacidad de propuesta han conquistado comunas importantes durante las pasadas elecciones municipales.

Lo cierto y palpable en el cotidiano vivir es que Chile es un hoy un país mucho más justo y diverso que en marzo de 1990, cuando se iniciaba el mandato democrático de Don Patricio Aylwin.

Ese es un enorme mérito de los cuatro gobiernos democráticos y de su coalición, que representa a la mayoría de los chilenos.

A casi 20 años de aquellos hechos, el eventual acuerdo parlamentario entre los partidos políticos gobernantes y los excluidos puede significar el primer escaño hacia la democracia auténtica.

Finalmente, el gobierno de Michelle Bachelet ha barrido con prejuicios no solamente vinculados al papel de la mujer en la vida ciudadana, en las cuestiones de la «polis», sino que también ha sentenciado el final de un régimen constitucional emparentado con el autoritarismo, extraño por cierto a miles de nuevos ciudadanos chilenos que se integran a la vida política.

Esta sociedad, más inclusiva y demandante de legítimos derechos como educación, salud y vivienda, debe también reflejarse en una carta política que le otorgue voz y voto a quienes hoy no los tienen. Chile y su tradición democrática merecen una Constitución que exprese a través de una Asamblea Nacional Constituyente su más profundo, multicolor y auténtico ser.

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