Escrito por: Por Julio A. Louis Profesor
“Mi imagen es Lula. No hay revolución a la vuelta de la esquina; ni es viable ni hay con qué. A algunos les va a parecer muy poco y nos van a pegar por traidores. Que los queridos compañeros revolucionarios me sigan tratando de traidor y todo lo demás. Para el que come todos los días, habrá cosas que no son revolución, pero asegurar que la gente solucione los problemas materiales para mí hoy es una revolución”. (LA REPUBLICA del 14 de abril)
Estas palabras merecen diversas consideraciones. Escuchar, entender, importa para no descubrir “traiciones” posteriores. No valoramos suficientemente, por ejemplo, las afirmaciones de Tabaré Vázquez en la pasada campaña electoral cuando anunció que vetaría la ley acerca del aborto o que su modelo era Chile y ahora pagamos las consecuencias. También importan los conceptos de Mujica acerca de la lejanía o imposibilidad de la revolución, o de qué es hoy una revolución.
Pero, como principio tienen las cosas, es preferible comenzar con la idea que “los queridos compañeros revolucionarios me sigan tratando de traidor…”. Porque compañeros que nos consideramos revolucionarios lo apoyamos, aunque muchas veces discrepemos, y no lo tratamos de traidor. Por ende, vale adentrarse en la idea de qué es ser revolucionario hoy.
Para ello debe diferenciarse qué es ser revolucionario y qué es ser izquierdista infantil, esa enfermedad que ya Lenin combatía noventa años atrás.
Revolucionario es quien participa de la idea de una transformación profunda de la sociedad, para lo que, generalmente en la historia se ha debido emplear la violencia popular contra la violencia ejercida por los poseedores del poder al servicio de las clases dominantes. Un revolucionario es radical, por la sencilla razón que pretende ir a las raíces de los problemas para su resolución. Para esas transformaciones, los revolucionarios deben contar con la participación del pueblo. El “revolucionarismo” de la pequeña burguesía tendiente a provocar con acciones por afuera de las masas su reacción positiva, ya bastante daño ha creado.
Sin embargo, muchos sedicentes “revolucionarios” o “radicales” aún no comprenden que sin la presencia activa del pueblo no hay revolución. No comprenden que para que el pueblo participe del proceso liberador hay que elevar su conciencia política, su organización, su capacidad de movilización. Tampoco comprenden que lo que algunos ya saben no necesariamente lo saben las mayorías. Y entonces, salteándose este A-B-C de la revolución, ¿intentan convencer, atemorizar o descargarse acusando de traidores a quienes discrepan con ellos?
Esos “revolucionarios” para ser caracterizados necesitan de las comillas. Y allí andan mordiéndose sus colas, porque sospechosos de “traidores” pasan a ser hasta los de entorno que rechazan algunos enfoques de quienes se auto-definen como “vanguardias”. La consecuencia es el más estéril sectarismo, vuelto peligroso cuando desprecian las movilizaciones de las masas para sustituirlas por otras más “radicales” acompañadas de pedradas e insultos desubicados.
Por 1920 Lenin respondía a los novatos comunistas británicos que no querían comprometerse en las elecciones entre los viejos y desacreditados partidos de la burguesía y el reformista y pujante partido de los obreros, el laborista. Y les recomendaba que, manteniendo sus banderas, apoyasen a los laboristas, como forma de desenmascarar la conciliación de sus dirigentes, porque sólo gobernando sería conocida.
Admitamos, aunque discrepemos, que tienen motivos para desconfiar del Frente Amplio o de algunos de sus dirigentes y sectores. Admitamos que los tienen para presentar su propia opción electoral. Pero es inadmisible la afirmación extendida que en un balotaje se abstendrían de votar, contribuyendo a la victoria de la reacción.
Obrando de ese modo, dificultan que las masas se convenzan en la práctica. Tampoco dejan un resquicio de apertura al diálogo para opciones que no sean las suyas, las pretendidamente únicas seguras. La rigidez, la supuesta “firmeza” de sus posiciones, agrieta las relaciones en el seno del pueblo trabajador, generando heridas difíciles de cicatrizar. Al no sacar los ojos de sus ombligos mientras las masas populares confían en los “traidores”, cometen el mayor infantilismo de izquierda. En síntesis: los que tratan de traidor al Pepe son “revolucionarios” que de revolución saben poco. Les sugerimos reflexionar y no trabarla.
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