Artigas en su tiempo y en el nuestro
La irresponsabilidad y la inmoralidad se dan la mano cuando se invoca a una figura de la historia, fuera del contexto en que vivió y del que vivimos, para declararse continuador. En las campañas electorales, particularmente, tal proceder es constante, tanto de los representantes del bloque de clases dominantes como de «izquierdistas» convertidos merced a ese salto atrás en la historia de amoldados al sistema dominante en revolucionarios.
Artigas (1764-1850) es hijo de su tiempo, el último tercio del siglo XVIII y las dos primeras décadas del XIX. Influido por los pensadores de la Ilustración o Nuevas Ideas como Rousseau o los constitucionalistas estadounidenses y guiado por el modelo independentista de EEUU, es racionalista, demócrata, patriota hispanoamericano, con la preocupación (también cristiana) de la justicia social. Para captar su significación hay que comprender su época. Desde el surgimiento del mercado mundial (siglo XVI), los grandes capitales asociados a los nuevos Estados Nacionales promueven regímenes absolutistas, en que los reyes son todopoderosos, y se basan en las doctrinas mercantilistas, que ansían el enriquecimiento de sus naciones convirtiendo a las colonias en servidoras. Las trabas mercantilistas a la producción y al comercio disgustan a los criollos, algunos de los cuales adhieren a la concepción burguesa revolucionaria, victoriosa en EE. UU. (1776) y en el ciclo revolucionario de Francia (1789-1799).
España, retrasada respecto a naciones competidoras, intenta las Reformas Borbónicas de tipo capitalista con Carlos III (1759-1788), que tienden a reconquistar sus propias colonias frente a naciones rivales, principalmente Inglaterra. Se favorece cierta apertura comercial, se autorizan 24 nuevos puertos, se potencia el desarrollo de algunas regiones, pero son reformas tardías y tibias que no hacen más que acicatear la reacción de las clases dominantes criollas. En el Río de la Plata, Buenos Aires revolucionario atrae la esperanza de los criollos orientales. Artigas «tupamaro» , «bandolero» , «malhechor» , «bárbaro» acaudilla a esa clase criolla pero también al pueblo que incluía a los pobres, gauchos, negros, mestizos e indios, que lo siguen hasta el final, cuando ya la clase dominante lo había abandonado.
¿Dónde radica la esencialidad de su pensamiento? En su programa y en su acción, los que se ganan la antipatía del imperio español y de la clase dominante. Lo que denomina «mi sistema» es una gran nación independiente y confederada a la que no renuncia ni jamás transa con la separación provincial. Propone «el arreglo de los campos», es decir, otorgar la tierra en usufructo, expropiar a los «malos europeos y peores americanos», favorecer a las familias desposeídas.
Sostiene un Reglamento Aduanero proteccionista, celoso defensor de las artesanías provinciales y de sus manufacturas, pero a la vez, facilita las importaciones imprescindibles. Obligado por las circunstancias, cuando está prácticamente vencido, admite a regañadientes un Tratado de Libre Comercio con Inglaterra (1817) con diversas limitaciones.
Actualmente, en el Uruguay, el pueblo profundiza su marcha, y tiene que inspirarse en el antecedente de Artigas. Pero ¿pueden proclamarse artiguistas quienes cuestionan la unidad latinoamericana, quienes critican a sus líderes, quienes admiten el recetario imperialista de los organismos de crédito, quienes permiten las ventas de tierras al extranjero planteando que no importa quienes sean los propietarios, quienes toleran la desmonopolización de las empresas públicas, quienes patrocinan Tratados de Inversiones o de Libre Comercio con la principal potencia imperialista mundial, quienes han resistido la fijación de un mínimo presupuestal para la educación pues contradecía los compromisos contraídos con los instrumentos del gran capital ?
Artiguista, igual que ayer, no se puede ser sin luchar contra el sistema de dominación, sin defender a ultranza la Patria Grande latinoamericana, sin pelear por un Estado fuerte enfrentado al bloque del capital transnacional, sin plantear el problema de la propiedad tendiente a nacionalizar los recursos básicos, a formas autogestionarias y colectivas de propiedad, a fuertes empresas estatales, aunque por ello se disgusten los amos del mundo.
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