Pepe y el poder
La experiencia de militancia política partidaria en las rurales dejó huellas este 2009.
Las dos festividades anuales criollas del Prado y la Roosevelt en Costa de Oro desbordaron de gente como nunca antes. Nos tocó andar difundiendo la 609 con la camioneta «vestida» para la ocasión, banderas, música y material impreso: volantes, pegotines, el último Participando, fotos y alguna balconera. También hicimos camisetas de Atabaque con la foto de Mujica y los logos del FA y la 609. Nada industrial, blancas y con papel transfer y cuando se recupera el gasto se va por otra. Es que donde no hay plata debe esmerarse el ingenio.
A través de esa actividad, fue impresionante ver el amor que la gente prodiga a la figura de José «Pepe» Mujica. Sabemos que el senador compañero de vida de la senadora Lucía Topolansky es un hombre con carisma y decisión, con poder interior. No el poder que da un cargo político ni el uso de las ventajas de un puesto público. Ese enamoramiento que la personalidad de Mujica provoca es el que trasmite y siente por la causa social y el compromiso de no abandonarla. Nada de largar cuando llegue a presidente porque para juntar votos no precisaba ir de candidato y de eso dio pruebas la campaña pasada. Su pasión despierta pasión y eso está bueno porque a las ideas hay que ponerles ganas para bajarlas a la dura realidad. Pepe pone sol a la campaña porque nació caudillo aunque le huya al término y eso no es subirse a un estrado y pegar cuatro gritos; es dar respuestas a la gente que siente cuando las mismas vienen de las entrañas con verdad. El pueblo sabe cuándo los políticos mienten porque junto al discurso está su vida. Hay que desconfiar de los que auguran beneficios que no dieron cuando tuvieron por tanto tiempo el gobierno y se acuerdan ahora de que pudieron ser más demócratas. Ahora porque extrañan la sartén por el mango y le quieren quitar a la población la oportunidad de continuar cambiando para tener más y mejor distribución de riqueza con el Frente Amplio.
Mujica no admite privilegios ni para él ni para los que trabajan con él. Alguien así es garantía de equidad e igualitarias retribuciones para la gente. Nada de aprovechamientos injustos. Todo el mundo tendrá lo que necesite para vivir de acuerdo con su esfuerzo y posibilidades y todos tendrán las mismas oportunidades. Ayuda para los que realmente no pueden y quienes se destaquen que sea por sus virtudes, empeño y aptitudes. Trabajo bien pago que no falte, vivienda, atención sanitaria, estudios a todos los niveles y para todos por igual, nada de gurises vagando. Preparar a los que vienen para el mundo de hoy donde la inteligencia es la fuerza de los pueblos, sin olvidar la hermandad interna y externa, mirando al campo con ideales de integración que potencien el desarrollo del Uruguay. Y ojo que al decir bien de José Mujica no decimos mal de nadie.
Un hombre con firmeza y hechos que demuestran que no se deja marear por halagos ni bienes materiales, cuyo probado grado de entrega personal asegura que no está para otra cosa que para la patria. No necesita ni quiere nada para sí mismo. El Pepe no se compra porque no se vende y además no hay con qué pagarlo. Está jugado como se dice vulgarmente. Especiales cualidades en quien tendrá en sus manos gran parte de los destinos de todos. ¿Entonces qué va a hacer Mujica con el poder que le otorguen sus votantes sino usarlo en bien del país en su conjunto? Sabe que la gente sin recursos espera mucho de él y ya dijo que a los inversores hay que cuidarlos justamente pensando en eso. «Porque hay que tener para poder repartir».
Volviendo a la rural: como también teníamos periódicos Atabaques pudimos observar que las «selladas» eran Yemanjá y el Pepe. La gran mayoría quería esos símbolos.
«Dame algo del Pepe… lo que sea….». Se escuchaba reiteradamente. Chiquilinas jovencitas se iban levantando los brazos al cielo y besando su foto hasta en los volantes. Tal vez la actitud más conmovedora vino de una señora, grande ya pero con un entusiasmo de quince años, canas tan blancas que amarilleaban, arrugas cuantas se imaginen en la cara y poquísimos dientes repartidos en la sonrisa plena como del alma al contemplar con admiración y esperanza el póster de Mujica que miraba y ponía sobre su pecho alternadamente: «Este… ¡mi Pepito querido! Este me va a sacar del rancho podrido donde estoy… ¡Vas a ver!».
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