EDITORIAL

El muro de la vergüenza

Salvo LA REPUBLICA, que informó y editorializó sobre el caso en su edición de ayer, el resto de los medios no dio a la noticia la difusión que la misma merece, manteniéndose en el aspecto meramente anecdótico y sin adentrarse en el profundo significado simbólico que el hecho exhibe.

Nos referimos, claro está, al muro erigido en Buenos Aires para separar un barrio elegante de uno marginal, y a su destrucción por parte de una muchedumbre condignamente indignada por la segregación. La erección de esa barrera medieval fue demandada por los vecinos de San Isidro y autorizada por el alcalde del barrio, como forma de protegerse de las incursiones delictivas de los habitantes de Villa Jardín, en un caso dramático de criminalización de la pobreza.

La vigencia de la célebre consigna de «Libertad, Igualdad, Fraternidad», heredada de la Revolución Francesa y síntesis paradigmática de los valores occidentales, viene sufriendo un marcado deterioro desde el triunfo del capitalismo salvaje y el fin del mundo bipolar. Los valores del neoliberalismo, impuestos desde los centros de poder económico, han arrasado con los tímidos resabios de ideología humanista inspirada en valores cristianos. El individualismo a ultranza desplazó a la solidaridad hasta extremos groseros; el afán de lucro es el único motor del desarrollo y se ha convertido en un fin en sí mismo para cuyo logro cualquier medio es válido.

Es así que la acumulación de riquezas y su concentración cada vez en menos manos ha experimentado un crecimiento en progresión geométrica. La brecha entre ricos y pobres ha llegado a niveles escandalosos, tanto entre las naciones como al interior de cada país, con ejemplos inicuos de distribución de la renta. Esta realidad está en el origen de ciertos fenómenos sociales no previstos por los irresponsables ideólogos del neoliberalismo. Por un lado, el incremento de la delincuencia en todas las latitudes, hecho que genera la famosa sensación de inseguridad; y por otro, la emigración ilegal desde los países pobres hacia los opulentos.

El muro de Berlín, levantado a comienzos de los sesenta para evitar la fuga masiva de alemanes del este hacia occidente, ha tenido sus réplicas veinte años después de derribado. El ex presidente estadounidense George Bush hizo construir uno en la frontera entre EEUU y México con el fin de contener las oleadas de emigrantes ilegales; algo similar ocurrió en las posesiones españolas del norte de África. El mundo rico y desarrollado se defiende contra las avalanchas de marginales hambrientos y desarrapados que unen a tal condición rasgos raciales y un color de la piel que causa el rechazo de las gentes bien pensantes. Y si del ámbito internacional pasamos al interior de cada país, el fenómeno se percibía en las fincas enrejadas, tras las cuales se parapetan los que tienen algo que perder ante los ataques de quienes nada tienen.

Esas casas enrejadas o rodeadas de cercas eléctricas, la proliferación de empresas de seguridad privadas, el incremento de la venta de armas o de elementos de defensa para repeler rapiñas, no son sino síntomas de una sociedad desestructurada, víctima de los efectos de una política económica generadora de injusticia y exclusión, una sociedad fracturada que demorará muchos años en soldar esa fractura.

El muro de San Isidro es una especie de trágica caricatura de la fractura social. Pero no olvidemos que desde hace ya algún tiempo habían empezado a aparecer esos fraccionamientos exclusivos conocidos como «countries», absolutamente aislados del resto de la sociedad, con guardia de seguridad y una infraestructura elemental para mantenerse en ese aislamiento, a salvo de la actividad de los descamisados.

Prisioneros en sus propios predios, los integrantes de la alta burguesía no encuentran otra solución a sus temores. En fin, no son otra cosa que paradojas del capitalismo.

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