EDITORIAL

Disparen contra la diversidad

La renuencia de los canales de aire privados de emitir un corto publicitario en el que aparecen homosexuales (varones y mujeres) y travestis besándose como lo hacen las parejas heterosexuales volvió a poner sobre el tapete un par de asuntos aún sin resolver: por un lado, la pacatería que prevalece como resabio medieval en ciertos sectores sociales; y por otro, el poder de que disponen en nuestro país los grandes medios masivos de comunicación audiovisual en manos de particulares.

Después de los movimientos del 68, de la liberación femenina, del destape después de la dictadura (hace más de veinte años), de los cambios profundos en la sociedad que dejó de censurar las relaciones sexuales premaritales y que ha ido aceptando las opciones sexuales distintas, cuesta creer que una pieza publicitaria que muestra besos entre gente del mismo sexo pueda suscitar una tan fuerte fobia como para que algún gerente pacato se niegue a emitirla. Este hecho debe operar como un toque de atención pues demuestra que nuestra sociedad no ha derribado aún todos los tabúes victorianos; claro, hay que comprender que veinte siglos de moral judeo-cristiana condenando la sexualidad no se olvidan tan fácilmente.

Al mismo tiempo, el hecho viene a justificar la tarea militante de los colectivos de homosexuales y lesbianas, muchas veces vista como excesiva o innecesaria. Evidentemente, esos colectivos deben redoblar esfuerzos pues falta mucho aún para echar definitivamente por tierra prejuicios y discriminación; al negarse a emitir el spot contra la discriminación, los canales están discriminando. Decimos esto porque esa reivindicación pública de la condición de homosexual, a la que son proclives las asociaciones que nuclean a quienes han optado por una sexualidad diferente, ha merecido comentarios si no adversos, sí un tanto irónicos. Sin embargo, hay que ver esos posibles desbordes que muchas veces resultan chocantes para la sensibilidad media, como la respuesta a la marginación, a la discriminación, al escarnio a que han sido sometidas desde hace siglos las personas con inclinaciones sexuales diferentes a las de la mayoría.

Ahora bien, dicho esto, analicemos un poco la otra faceta que ofrece el asunto. En primer lugar, conviene no perder de vista que las emisoras privadas de radio y televisión están usufructuando ondas cuyo propietario es el Estado, el cual las ha otorgado en concesión a particulares. Y si el gobierno no tuvo reparos ni objeciones que formular al material publicitario, y por ende el canal estatal no tuvo problemas para emitir el spot del colectivo Ovejas Negras, no es admisible que los canales privados se arroguen la potestad de erigirse en celosos guardianes y en catones trasnochados. Resulta paradójico y casi risible que los canales privados se conviertan en cancerberos de la moral pública cuando no tienen reparos en emitir enlatados del peor gusto, programas que promueven antivalores y ensalzan prototipos humanos execrables. En el reino de la mediocridad y la tilinguería salpicadas de procacidad y pornografía, se aducen ­con total hipocresía­ razones morales o de pautas estéticas para rechazar el spot.

Los canales privados, que ­salvo raras y honrosas excepciones­ jamás se preocuparon por otra cosa que no fuera el lucro sin importarles un ápice la calidad, el nivel o los valores de un programa, no tienen autoridad para juzgar lo que sea, y menos un corto publicitario. Parece inevitable recordar la censura de que fue objeto el corto a favor del voto verde en la campaña por la derogación de la Ley de Caducidad en 1988, en el que Sara Méndez pedía ayuda para encontrar a Simón.

20 años después de aquel episodio de censura, ha quedado demostrado, una vez más, que la televisión privada en Uruguay es fiel representante de las clases conservadoras.

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