¿Bretton Woods II?
Con el sistema capitalista en plena crisis de descomposición, en abril están convocadas dos cumbres: la del G-20 en Londres (día 2) y la Cumbre de las Américas (todos menos Cuba, OEA mediante) en Puerto España, capital de Trinidad y Tobago, dos semanas después.
Cuando en Uruguay la oposición insiste en que «se lo dijimos», que la crisis es profunda, y algunos gobernantes han hablado de «blindajes», parece serio abordar las cumbres y la crisis.
Por de pronto sepamos que las grandes potencias anticipan un «nuevo Bretton Woods».
Refresquemos pues, qué fue Bretton Woods. Vivian Trías lo ha tratado con meridiana lucidez en obras tales como «El Plan Kennedy y la Revolución Latinoamericana» o «La crisis del dólar y la política norteamericana». Aclaro que beberé de esa fuente y sugiero a los socialistas (todos, incluidos los del partido de ese nombre) estudiar al autor mencionado.
Al fin de la Segunda Guerra Mundial en el sistema capitalista Estados Unidos tenía el oro, las divisas, los capitales y la capacidad de producción intacta, a diferencia de sus competidores. Además, desde el Nuevo Trato de FD Roosevelt había aprendido a planificar a su favor y luego planificará en escala mundial. Para ello se valdrá de acuerdos suscritos en 1944 todavía durante la guerra en Bretton Woods, de donde emergen el Banco Mundial o Internacional de Reconstrucción y Fomento y el Fondo Monetario Internacional, es decir, los instrumentos cuya política se impondrá en beneficio del capitalismo hegemónico estadounidense; instrumentos que entre otros, el ex ministro Astori ha maquillado afirmando que han cambiado.
¿Qué motiva la creación de organismos capaces de garantizar la funcionalidad y el éxito del centro cíclico? Leamos a Trías: «Con su potencial industrial enormemente acrecido, y ante una Europa y un Japón prácticamente en ruinas, la situación de Estados Unidos al finalizar la Segunda Guerra se ha comparado a la del jugador de naipes enviciado que lleva el juego en la sangre, que no puede vivir sin jugar, pero que le ha ganado todo el dinero a sus compinches de carpeta. Si no les presta fichas para renovar las apuestas, el juego está liquidado y con él el propio apostador ganancioso, condenado a la desesperación.
Efectivamente, para volver a impulsar la calesita de la plusvalía, era necesario reanimar el comercio mundial en condiciones de paz. Si no se lograba, la propia maquinaria económica yanqui corría el inminente riesgo de corroerse y deteriorarse. En ese juego se dispusieron a entrar los monopolios, pero sin el riesgo de las apuestas a suerte y verdad. Pensaron en un póker con garantías, donde los demás tendrían derecho a jugar, pero ellos solos a ganar.»
Ha cambiado el mundo en este largo medio siglo. Pero no ha cambiado la esencia del imperialismo, la calesita de la plusvalía, que convierte a la gran mayoría de los seres humanos en los empobrecidos sostenes de los beneficios impresionantes de una minoría de dominadores y a la mayoría de los países del mundo de este Sur pobre en los explotados por privilegiados residentes en ese Norte rico y unos pocos en este Sur pobre.
La crisis actual tiene por base estructural la crisis de sobreproducción y, a la vez, de subconsumo, analizada un siglo y medio atrás por Carlos Marx. Y, paradoja de paradojas: el maloliente enfermo, Estados Unidos, es el centro indiscutido del sistema capitalista y corren a salvarlo las burguesías trasnacionalizadas de todo el mundo; mientras la crisis se profundiza, la moneda refugio del sistema es el dólar.
Obviamente, Uruguay no estará en el G-20 (sí asistirán Argentina y Brasil, a quienes, como a otros grandes países, se intentará convencer para que apoyen el Bretton Woods II. Pero sí estará en Puerto España. Allí habrá dos posiciones: la de Estados Unidos y sus acólitos, tendiente a impedir la creación de subsistemas autónomos por fuera del control yanqui, y los países tendientes a crear esos subsistemas, como los del ALBA. ¿Qué hará el gobierno de Uruguay?
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