Democracia representativa y opinión pública

La democracia, más que ningún otro régimen, requiere para su continuidad, una comprensión de los ideales que la inspiran, y los principios que guían su organización.

En democracia, los ciudadanos conforman la soberanía de la Nación y la ejercen directamente por medio del sufragio universal para desembocar así en el sistema representativo.

Al emitir su voto, la ciudadanía expresa, en primer lugar, las expectativas que deposita en los candidatos y programas partidarios de su preferencia y, en segundo lugar, evalúa la gestión de los gobernantes salientes y sus correspondientes partidos políticos.

Valgan estas obviedades a modo de presentación.

En un resonante debate que el año pasado organizó el Instituto Pierre Mendes-France, el tema giraba en torno a la opinión pública, una fuerza cuya resonancia, como dice el historiador Jacques Julliard es cada vez mayor y por ello se impone evaluar su incidencia en la naturaleza de la democracia representativa.

¿Es una confirmación del vigor de la democracia o un síntoma de su declinación?

«La opinión pública» concebida en singular es una abstracción que reduce la complejidad y diversidad de cada ser humano para integrarlo ­o desintegrarlo­ en un grupo que responde a parámetros previamente establecidos. Sin embargo, cada persona tiene su propia opinión basada en su capacidad de análisis racional y sensatez intelectual, que de eso se trata la democracia.

Tomemos el ejemplo de las encuestas; oráculos, y al mismo tiempo, como decía Regis Debray, árbitros. Parecería que, en lugar de abrir un debate lo cierran, como si más allá de los números no quedara nada por discutir. Eso puede explicar cómo tantos políticos se sienten presionados al extremo de guiarse por las encuestas de opinión, en lugar de responder al mandato de sus electores.-

Otro ejemplo. Los medidores del rating por medio de los cuales, tecnología mediante, se puede seguir en tiempo real la audiencia de un discurso o un debate, de manera que el o los partícipes puedan, instantáneamente, manipular su discurso en función de lo que indica este singular termómetro.

En cualquiera de estos ejemplos, los números resultantes provienen de la selección de un grupo de personas u hogares , el conjunto de los cuales se supone que representan al espectro social en su totalidad.-

Aún suponiendo que esta selección sea correcta (Mi programa televisivo prioritario es la serial «24» ¿Estaré debidamente reflejado en estos mecanismos?), la política no se diluye en pura sociología.

Volviendo a Regis Debray, la política con su componente sociológico incluido, es una decisión personal del elector al cabo de una deliberación.

Sin embargo, las encuestas, los sondeos y los rating, o sea «la opinión pública», se convierten en hechos políticos en sí mismos que inciden cotidianamente en las decisiones de los políticos y los ciudadanos en general.

Parecería que la voluntad general transita por dos carriles concurrentes: por un lado el mentado sufragio universal, acto de democracia directa pero sustento de la democracia representativa, y por el otro «la opinión pública», ejercicio exclusivo de democracia directa versátil, populista, pasional.

Sea lo que fuere, no cuestionamos «la opinión pública» como tal. No obstante, es legítimo preguntarse si no estamos en los albores del ocaso de la democracia representativa, garante de las libertades.

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