De boca cerrada no salen moscas
Se conoció hace unos días una carta abierta del procesado Gavazzo al senador José Mujica. Me desagrada profundamente referirme a este asunto, pero me parece que como ciudadanos comunes es necesario separar los tantos. Gavazzo no representa a nadie más que a sí mismo y a algunos compinches más. Y esto me parece que es fundamental aclararlo. Nada tienen que ver los actuales militares uruguayos con la banda de torturadores y asesinos que aprovechando la oportunidad de la dictadura se sacaron el gusto de secuestrar niños, torturar, violar, matar y desaparecer personas. Son nada más que enfermos psicópatas disfrazados que tomaron de rehén a las Fuerzas Armadas para permanecer impunes. Y recubren su accionar espurio con «amor a la patria, a la democracia, a la obediencia debida, bla, bla, bla». Se disfrazan de «guerreros de un bando» queriéndose igualar a «los guerreros del otro bando», Mujica en este caso, hablándole de igual a igual.
No hubo dos bandos
Esa es otra mentira con la que se quiere mantener entrampadas a las Fuerzas Armadas. En primer lugar, las Fuerzas Armadas son una institución tan antigua como Artigas. Nacieron y se mantuvieron al servicio de su pueblo, de su Constitución y soberanía. No son un bando. Si en alguna etapa se desviaron de sus ideales y cometidos, eso no es para siempre. En todo caso es responsabilidad de quienes la integraron en ese período. Y punto. Las Fuerzas Armadas son parte de nuestro pueblo. Durante la dictadura, al igual que en otros países, fueron infiltradas y adoctrinadas para reprimir a sus pueblos y encaramar en el poder a sectores política y económicamente ultraconservadores, conducidos y coordinados por Estados Unidos.
Al igual que aquí, en los demás países se encarceló, se torturó, se asesinó, se hizo desaparecer a niños y adultos. El imperio adoctrinó y preparó a estas personas enfermas que actuaron protegidas aunque sin reconocimiento oficial. Se sabía pero no se decía, se miraba para otro lado, en todo caso. No era fácil ser integrante de las Fuerzas Armadas en esa época. Aunque hubo dignos ejemplos de militares que renunciaron ante aquel estado de cosas, e incluso otros como Seregni, Zufriategui y tantos más que fueron degradados y encarcelados.
En resumen, nuestras Fuerzas Armadas, como las de otros países, se utilizaron como brazos armados contra nuestros pueblos, arrasando primero con los grupos armados en cada país, y luego contra todo lo que quedara en pie: partidos políticos de izquierda, democracias, movimientos sindicales, estudiantiles, gente que pensara distinto, gente que pensara…
Dentro de esas Fuerzas Armadas, minorías hicieron el «trabajo sucio», a sabiendas y en complicidad con los mandos, y con el desconocimiento o la callada sospecha de la gran mayoría. Por eso no se puede hablar de dos bandos como si todas las Fuerzas Armadas hubieran sido una sola. Durante la dictadura los que hicieron el «trabajo sucio», muchas veces por su cuenta, fueron una minoría. En todo caso, más que un bando, fueron una banda, por su número y por el tenor de los delitos que cometieron.
No son comparables
El MLN fue un grupo guerrillero cuyos integrantes pagaron más que duramente los delitos que pudieron haber cometido. Fueron asesinados, desaparecidos, torturados, violados, encarcelados por largos años en condiciones infrahumanas. Cuando arteramente se habla de amnistía para los dos lados se quiere hacer olvidar todos esos años inhumanos que vivieron miles de uruguayos, porque no sólo terminaron con el MLN sino con cuanta organización política de izquierda, sindical, estudiantil, cristiana, encontraron por el camino. Una vez sueltas y enviciadas las bestias arrasaron con todo. En cambio de estas, sólo algunas están encarceladas y desde hace muy pocos meses. Por supuesto que están en cárceles confortables, no en aljibes, ni han sido desaparecidos, ni torturados, ni violados.
Entonces, de ninguna manera hay dos bandos. Ni puede haber diálogo de igual a igual entre un procesado acusado de tremendos crímenes contra la humanidad y un senador elegido por cientos de miles de ciudadanos que conocen perfectamente el pasado de Mujica.
«Por más dura que sea, la verdad sana»
Por eso, la decisión de no revelar la verdad por parte de estos procesados en vez de resultar un acto heroico es el enorme pánico que les da reconocer todo lo que hicieron, ante sí, ante la sociedad, ante sus propios familiares. Por eso prefieren incluso permanecer encarcelados si por ello pueden mantener su «coartada» de salvadores de la patria.
Esto pudo haber sido diferente si en su momento esta gente, como una contribución humana a la pacificación, hubiera hecho llegar los datos que permitieran a los familiares conocer la verdad sobre sus desaparecidos. Seguramente ahí hubiera quedado todo lo demás. Nadie quería revancha. De hecho nadie se la tomó. Por ese lado, me parece, es que hay que entender la idea de Mujica de que los jueces pudieran conmutarle la pena a los represores que revelaran la verdad.
Por todo este enorme tema, muy masticado pero intragable, es que tiene sentido la recolección de firmas. Que la ciudadanía, 20 años después, juzgue si aquel sacrificio a la justicia que se hizo con el voto amarillo tuvo sentido, si valió la pena. Mucha gente bien intencionada, me consta, votó amarillo por miedo. Otros, también bien intencionados y me consta, votaron amarillo porque desconocían las atrocidades que se habían cometido. Hoy ya no existen ni la ignorancia ni el miedo.
Tampoco ha existido colaboración humanitaria en la búsqueda de la verdad para los familiares de los desaparecidos, ni sincero arrepentimiento por los crímenes cometidos.
Es tiempo de expresarse nuevamente sobre el tema.
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