Elecciones
La elección o la opción de un camino u otro debería de ser guiada, conducida, llevada de la mano en forma natural por la memoria viva y amalgamante.
Aquí esta en juego en primer lugar «un modelo» fundamentalista en su concepción de único, presentado como insustituible y aplicado como tal.
Asistimos a más de lo mismo, si no hay correcciones en su aplicación, pues al ser infalible y rígido nos alineamos sin chistar, u optamos por otro que acepte aportes, sugerencias y correcciones en su andar.
Más democrático y llano, menos soberbio y vertical.
No debemos olvidar que venimos de una gran derrota popular al no poder impedir en el 2002 que de cada 3 uruguayos 1 empobreciera (un millón de pobres), un tsunami de soberbia neoliberal nos pasó por encima, provocando un apartheid social, económico y cultural promovido por quienes aplicaron sin cuestionamientos y sin remordimientos los dictámenes de los organismos financieros internacionales.
Esa tragedia social se tradujo en desocupación, deserción estudiantil, emigración, 10.000 familias expulsadas a los asentamientos, 700.000.000 de dólares no volcados por las patronales al Fondo Nacional de Vivienda (sólo los trabajadores en dicho periodo aportaron), por la aplicación de la flexibilización laboral y su desregularización junto a una embestida privatizadora y el desmantelamiento de la industria textil entre otras, la paralización en la industria de la construccion sumando tres meses de huelga y la parálisis de la industria metalúrgica.
De todas las crisis cíclicas, recurrentes, una con más impacto que otra incluida esta reciente global, nos hace afirmar que la de los años 90 con Lacalle al timón en representación política del modelo fue la peor, que no podemos ni debemos olvidar. Esta está presente, coletea y vive en algunos rincones del aparato del Estado, pues la recuperación del timón político por sí y ante sí no alcanzó hasta ahora para revertirlo.
De esta derrota venimos y la enfrentamos cotidianamente para poder emerger de ella. No nos ha doblegado nunca, pues en su transcurso obtuvimos triunfos parciales sumamente importantes, entre ellos: frenamos las privatizaciones, la lucha de la conciencia social aumentó la popular ganando la intendencia de Montevideo, logrando que accedan decenas de miles de trabajadores a la tierra urbana y esta hoy tímidamente asoma a nivel nacional, frenamos la firma del TLC, rechazando la pata yanqui en nuestro suelo pues una política internacional debe servir para vivir los de adentro y debe servir para vivir con los de afuera, no olvidamos que el enemigo es el imperio y no el Mercosur.
Estos grandes avances en la historia reciente tuvieron al movimiento sindical y social como promotores y actor principal, por lo tanto, debemos evitar que pase o quede en un segundo plano en esta etapa encandilado con el reconocimiento de nuestros derechos, hoy respetado por este poder político que saludamos pero que no debe desviar ni torcer el rumbo de nuestra lucha, que no descarta al poder real como punto de partida y como punto de llegada.
La lucha es contra la derecha, contra el modelo de los 90, contra los soberbios y debemos promover la acción del pueblo a favor del cambio alternativo tan necesario aún.
Como el que se quema con leche que ve la vaca y llora, intentaremos transformar dicho sentimiento en acción concreta en una gran movilización contra los (lacayos) de los 90.
Porque los pueblos no fueron hechos para acatar, muy sabios hacen lecturas y ven en el pasado una lección y no un estorbo y para no tropezar dos veces con la misma piedra, debemos movilizarnos y para que no triunfe la participación mediática que quiere sustituir al pueblo participando, llegando a desconocer algunos las resoluciones que surgen de esas síntesis.
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