EDITORIAL

Dos opciones frente a la crisis

Las cosas se han complicado lo suficiente como para que las fuerzas políticas y sociales que apoyan o tienen simpatías con el primer gobierno de la izquierda entiendan que ahora, antes que nada, es preciso reorganizar la fuerza motriz del cambio en torno, más que a disciplinas formales, a algo que bien podría definirse como la comprensión de una razón de Estado.

La caja del gobierno ha comenzado a contraerse peligrosamente. La recaudación del último trimestre móvil finalizado en diciembre ha venido aumentando en términos anuales prácticamente en la misma línea en que lo exigía el nivel del gasto comprometido.

 

Ello supone que todo gasto agregado sobre el programado, o cualquier disminución mayor de la recaudación, será igual al aumento del endeudamiento que el gobierno mantiene como consecuencia del servicio de deuda que viene pagando. El superávit primario ha disminuido hasta desaparecer prácticamente en la actualidad. El gobierno ha reprogramado sus cuentas y aceptado que ya no será posible entregar la administración con las cuentas públicas en equilibrio, tal cual hubiera sucedido de no haberse profundizado la crisis internacional y extendido la sequía. Pero esta discusión sobre la causalidad de las dificultades no puede ser la discusión en la cual se juegue este gobierno su responsabilidad. Sobre todo cuando la crisis impone decisiones de consensos fuertes más que remisión a la historia reciente.

 

El riesgo de que el financiamiento del déficit global obligue a demandar más ayuda multilateral de la que ya ha sido reprogramada, solicitada y concedida, traza una línea nueva en las relaciones de gubernamentalidad. Ahora, este gobierno del cambio enfrenta un dilema de hierro: gestiona la crisis comprometiendo la caja de una nueva administración, administración a la cual aspiran con suficiente derecho las fuerzas políticas y sociales que lo apoyan o, por lo contrario, convoca a los ciudadanos a un esfuerzo mayor. Aquel que le permitiera a este pequeño país integrarse a ese núcleo selecto de naciones que han encontrado en la crisis una oportunidad, la que, en nuestro caso, sería de reafirmación y profundización de los cambios en proceso.

 

No tenemos duda de que está última es la opción elegida. Si no alcanzara la calificación ética de este gobierno, ya habrías bastantes señales para confirmar esa hipótesis. Empero, la opción no es gratuita ni sencilla de ser ejecutada. Sostener que no hay plata no es una razón suficiente en política. En los próximos días, antes que los problemas y desavenencias aumenten, es necesario que el gobierno haga más explícito el fundamento de esa opción. Es desde la presidencia y el discurso de los dirigentes políticos y sociales desde donde deberán surgir la convocatoria y su razón.

 

El gobierno no puede ni debe correr el riesgo de quedar aislado frente a la emergencia de un potencial conflicto fuerte en las relaciones del Ejecutivo con los sectores sociales y la sociedad civil. Y su defensa no debería estar constreñida a una estrategia defensiva. Esa opción de restricción de la voluntad debe operar como una fortaleza que, lejos de esconderse, debe mostrarse. Dicho de otra manera: desde una visión de razonabilidad de Estado, la opción por los equilibrios puede y debe ser explicada sin dificultades a los uruguayos.

 

Es más, esa abundancia mayor en la explicación de las políticas de estabilidad operará como razón contribuyente a la calificación de los ejes sobre los cuales se están diseñando las campañas preelectorales.

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