EDITORIAL

En su 38 aniversario, el desafío de mantener el gobierno

El pasado jueves 5, el partido de gobierno celebró su trigésimo octavo aniversario. Como resultado de un acuerdo sin precedentes entre los máximos líderes y figuras más relevantes de la izquierda uruguaya, nacía un frente popular al que la derecha auguraba pocos años de vida pero, al mismo tiempo, no podía disimular su alarma por la irrupción en la vida política del país de aquel convidado de piedra.

De entonces a hoy, el Frente Amplio compareció en seis instancias electorales, y en cada una de ellas su caudal electoral fue aumentando en progresión geométrica; desde el exiguo 18 por ciento de su primera participación en noviembre de 1971, hasta el histórico y heroico 51 por ciento de octubre de 2004 que le permitió obtener el gobierno en la primera vuelta electoral.

La coalición de izquierdas soportó –con mucha mayor intensidad que toda otra fuerza política– la represión despiadada del gobierno civico-militar que padecimos durante 12 años, con importantes cifras de militantes perseguidos, exiliados, presos, torturados, asesinados, desaparecidos. Pero todo ese martirologio no fue en vano, y los perseguidos y derrotados de los años setenta se han convertido en los triunfadores de comienzos del tercer milenio.

Surgido como una coalición opositora al despotismo pachequista, defensora de los derechos humanos y de las libertades públicas, y propulsora de políticas económicas y sociales progresistas, el Frente Amplio se convirtió en una fuerza política cada vez con mayor peso en la vida del país.

Han transcurrido 38 años de la fundación del Frente Amplio, y cuatro desde que asumió el gobierno. En el transcurso de estos últimos cuatro años, el Frente Amplio tuvo su bautismo de fuego como partido gobernante demostrando que la cultura de oposición no era tan fuerte como para prevalecer sobre la responsabilidad de gobierno. Sin menospreciar la coyuntura internacional favorable, fuerza es reconocer que la coalición de izquierdas bajo la conducción del doctor Tabaré Vázquez supo administrar los asuntos de Estado, manejar con solvencia situaciones conflictivas e impulsar una buena cantidad de leyes de enorme trascendencia que constituyen por sí solas una verdadera revolución.

El Frente Amplio ha demostrado que el cambio era posible. Con convicción, con solvencia y con la dosis de audacia necesaria, el gobierno llevó adelante reformas impensables en un país conservador, con el acento puesto en los más débiles, en los postergados, en los olvidados, en los excluidos. También hay que señalar que exhibió un estilo muy particular, una forma heterodoxa de gobernar y de hacer política.

Los éxitos indiscutibles en materia de crecimiento económico, de recaudación impositiva, de mejora sustancial de los índices sociales (salario, pobreza, empleo, combate al delito, etcétera) son inocultables y tienen muy preocupados a los partidos tradicionales. Adviértase que junto a las noticias policiales que buscan alarmar a la población, los grandes medios no pueden soslayar la mejora en el accionar policial ni las cifras elocuentes sobre mejoras sociales; incluso un medio conservador como El Observador dedicó el titular principal de tapa, en gruesos caracteres, a resaltar la baja del desempleo, cosa que El País, por supuesto, es incapaz de hacer.

En fin, dentro de algo más de ocho meses, el Frente Amplio deberá someterse al veredicto de las urnas. Allí el cuerpo electoral emitirá su dictamen sobre la gestión de gobierno que concluye en marzo del año próximo. Pero el Frente tiene la obligación de volver a derrotar al país del no se puede y del statu quo; tiene el compromiso moral de mantenerse en el gobierno para profundizar los cambios y continuar elevando el nivel de vida de las grandes masas sumergidas.

He ahí el gran desafío, la gran apuesta que debe enfrentar el Frente. Esperemos que esté a la altura de las circunstancias, dejando de lado intereses mezquinos, pujas personales y dándolo todo por el pueblo.

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