Sobre modelos
En 1982, García Márquez, al recibir el Premio Nobel, expresó: «Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida, que está determinando, a cada instante, nuestras incontables muertes cotidianas. Ese es el nudo de nuestra soledad».
En 1998 se cumplían 150 años del Manifiesto Comunista. Los millonarios, defensores del fundamentalismo del libre mercado, ironizaron el acontecimiento, publicando en su revista Forbes la frase ¡Capitalistas de todo el mundo, uníos! Años de soberbia e impunidad, que permitieron a un ex presidente del Banco Mundial decir que el objetivo de la historia era lograr un gobierno sin Estado.
A fines de 2008, la General Motors, típica representante de ese mundo y esos valores, con un volumen de negocios superior al PBI de Dinamarca y otros países juntos, solicitó ayuda al Estado, el tan denostado, que respondió con una «ayudita» de algunos centenares de millones de dólares, quizás porque los necesitaba para su modesta subsistencia. ¿Será que Carlos Marx anda haciendo de las suyas? Todo es posible
Finaliza, (¿finaliza?), de nosotros depende, una época y un modelo, que al menos tuvo vigencia, en su faz culminante, durante los últimos quince años del siglo pasado y tres cuartas partes del primer decenio del presente. Fue calificada como exitosa. ¡Claro! Todo depende de lo que se entienda como éxito. ¿Puede serlo cuando predomina lo privado e individual sobre lo público y colectivo; el mercado sobre el estado, existiendo criminalidad financiera, increíbles estafas que originó suicidios de los más poderosos, los estafadores, muertes múltiples de los más débiles, los estafados. Hasta el Dr. Julio M. Sanguinetti, ha caracterizado a ese modelo como fundamentalismo de mercado, augurando el fin de la economía exclusivamente asegurada en las finanzas.
Junto a la crisis que anda por ahí, a la vuelta de la esquina, soportamos una de las peores sequías que se recuerdan. El gobierno incrementa su intervención: medidas monetarias, monitoreo de precios y tarifas públicas, bajas de combustibles, apoyo a productores, subsidios, facilidad de créditos, exoneraciones de IVA, negociación con los agentes productivos, etc. Todo sustentado en un enfoque global de la situación, acudiendo a la acción mancomunada de gobierno, sectores productivos y otros. Ha puesto su peso para situar al Estado en un papel activo, desarrollando un enfoque integral, interinstitucional e interdisciplinario, que no ha sido lo predominante en la historia del país. Superando rutinas, reflejos condicionados burocráticos, espíritus de chacra tan tradicionalmente uruguayos. Carencias del ámbito público y también del privado, por más que en este caso se le llame de otra forma.
Ante la actual gran crisis, América Latina tiene una oportunidad única para emerger de la misma con una visión y proyección sustentada en modelos autóctonos, no importados, priorizando el desarrollo y la equidad. No sea cosa, como tantas veces en el pasado, que nazcan o revivan modelos traídos de otras latitudes que, a no dudar, terminarán, una vez más, perjudicándonos. Como decía el gran Gabo: «no interpretemos nuestra realidad con esquemas ajenos, que sólo contribuyen a hacernos cada vez más desconocidos, menos libres, más solitarios. Ese es el tamaño de nuestra soledad».
Ante la situación y proyectando el futuro, ¿no será necesario un nuevo contrato social, que, sin fundamentalismos de ningún tipo, priorice la política a la economía, el desarrollo equitativo, la ética, la solidaridad y la responsabilidad social, a lo privado, individualismo, que hasta ha desembocado en criminalidad financiera? De nosotros depende.
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