La crisis global y el capital especulativo

Por lo visto, no se trata de una crisis que pueda atribuirse a la patológica evolución y posterior eclosión de procesos derivados de la economía real. Más bien, los especialistas parecen coincidir en que las causas de la crisis global responden a las enormes «burbujas financieras» (hipotecas sub-prime o como se las quiera llamar) y a la consecuente abrupta falta de confianza y credibilidad en ese género de instrumentos por parte de los agentes económicos.

Prácticamente, de la noche a la mañana, todos asistimos al derrumbe de las principales bolsas mundiales, a la quiebra en cadena de importantes bancos y empresas aseguradoras, a la caída de los bonos (fundamentalmente de los países emergentes) y demás títulos representativos de deuda; también a la caída libre del precio del petróleo y otros commodities, así como a la repercusión francamente negativa en el valor de otras materias primas, bienes inmuebles y signos monetarios a nivel mundial.

Es realmente muy grave, muy triste y doloroso el tremendo costo social que ya sufren millones de personas en todo el mundo en términos de recesión, de caída de la producción y de pérdida de puestos de trabajo; sin perjuicio de la desgracia que padecen aquellos que perdieron todo o buena parte del fruto del esfuerzo de mucho tiempo, expresado en aquel tipo de valores u otros.

Lástima que, como casi siempre, las víctimas mayoritarias son los más desprotegidos y los más necesitados.

A manera de ejemplo, hace apenas algunos meses, leíamos y escuchábamos sesudos informes y conferencias (muy bien pagos, ni que decir) de expertos en materia energética, que auguraban el valor del crudo para fines del año 2008 en el entorno de los US$ 200 el barril. Lo cierto es que hoy, a fines de Enero/2009, el precio no llega a los US$ 40.

Hoy sobra petróleo en todo el mundo y los países productores regulan a la baja la extracción, básicamente, buscando la suba del precio.

Cuasi apocalípticamente, haciendo énfasis sobre la necesidad de investigación sobre fuentes de energía alternativas (lo que parece muy sensato) se llegó a hablar incluso, ­como causa última de la escasez y del incremento incontenible del precio del crudo­, de la inminente extinción de los yacimientos y de las reservas mundiales de petróleo.

Concomitantemente, asimismo a título de ejemplo, se señalaba el crecimiento explosivo del consumo y por ende de la demanda proveniente de las gigantes economías China e India, lo que traía aparejado un aumento pronunciado y sostenido en el precio de las materias primas y commodities, como los granos en general, soja, trigo, maíz, arroz, lácteos, carne, en suma, alimentos.

Hoy por hoy, también bruscamente y como efecto del contagio de la crisis financiera al terreno real de la economía, esos precios han bajado muchísimo (40 % en algunos casos) y lo sufre, particularmente, nuestro país, como exportador neto de tales productos.

En definitiva, lo que muestran con crudeza estas dramáticas contradicciones, es la presencia de una danza de capitales meramente especulativos (sobre cuyo exacto origen mejor no averiguar mucho) irresponsablemente movilizados por los prestigiosos y superlativamente remunerados representantes, por ejemplo, de las instituciones financieras en quiebra, con esa exclusiva finalidad: el lucro especulativo.

Lo malo y profundamente injusto de todo esto, es que los resultados de la gran crisis los pagamos todos, aun los que no tuvieron nada que ver, por cierto, con tales manejos financieros. Por eso, la simple inyección monetaria que algunos gobiernos proponen como solución, puede no terminar bien. Porque quienes terminarán pagando el costo final, indefectibles ajustes fiscales de por medio, serán los contribuyentes, pasivos, trabajadores y aun los desocupados.

Y en estos países al menos, los mayores contribuyentes ­mediante impuestos a los consumos básicos­ son, otra vez, los más desprotegidos y los más necesitados.

La conclusión es desoladora. Algunos claman, ahora ya muy tarde, por los contralores y las regulaciones que en su momento no hubo. Lo que hay es una degradante mezcla de injusticia e impunidad, que se traduce en la pronta privatización de las ganancias especulativas y la posterior socialización de las pérdidas reales. El peso de la crisis se abate sobre los sectores más vulnerables, menos preparados para enfrentarla, los sectores más carenciados. La mínima rebeldía frente a tan cruel iniquidad nos impone, al menos, decirlo claro.

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