La opción por los pobres para construir la paz
Hay fechas en la historia de la humanidad que han tenido la impronta de un haz de luz, un toque inesperado y el despertar de anhelos no buscados pero ansiados.
El 25 de enero de 1959, el Papa Juan XXIII, a los tres meses de su entronización, convocó ante el Colegio de Cardenales en la Basílica de San Pablo extramuros, a la celebración del Concilio Vaticano II, en el día de la fiesta de la Conversión del Apóstol de los Gentiles.
A la luz de la fe, el Concilio significó un acontecimiento providencial. Frente al panorama que presentaba el mundo, Juan XXIII expresó -con confianza y esperanza- que la Verdad del Señor permanece siempre.
Pablo II, sucesor de Juan XXIII, definió este acontecimiento como un giro de la historia dado por Dios, para hacer a la Iglesia más apta todavía para anunciar el Evangelio a la humanidad, para los siglos XX y el XXI.
También Pablo VI decía que la Iglesia no debe de dejar de buscar otro objetivo que el de cumplir su deber de mensajera de la Buena Nueva de Jesucristo, proclamada a partir de 2 verdades principales: Vestíos del hombre nuevo y reconciliaros con Dios.
La preparación del Concilio insumió 3 años. Luego de superados los tropiezos iniciales, analizó en profundidad las condiciones modernas de la fe y su práctica religiosa en un mundo social con desarrollo desigual y con prácticas político-económicas controversiales.
El mundo que se abrió luego de 1945, dejó de lado el vasto espacio espiritual, territorio de la Iglesia, que -con renovadas energías- mirara el futuro con convicción.
El objetivo del Concilio estuvo centrado en el misterio de Cristo y de su Iglesia, siempre abierta al mundo.
Fue inaugurado por el Papa Juan XXIII, el 11 de octubre de 1962, con un discurso pronunciado en la Basílica vaticana.
El 3 de junio de 1963, falleció Juan XXIII, 53 días después de titular su última encíclica PACEM IN TERRIS, sobre «La Paz entre todos los Pueblos», «que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad».
Este monumental documento salió a la luz en un tiempo de conflictividad, producto de la guerra fría.
Su divulgación le significó comentarios de personalidades mundiales, que la exaltaron como realista, valiente, abierta de corazón y propia de un gran dirigente de la historia.
El otro gran aporte de Juan XXIII es la encíclica MATER ET MAGISTRA, sobre el reciente desarrollo de la cuestión social, del 15 de mayo de 1961.
Frutos del Concilio Vaticano II
El Concilio Vaticano II fue clausurado el 7 de diciembre de 1965, por el Papa Pablo VI.
74 Constituciones, Decretos y Declaraciones
La finalidad del Concilio quedó particularmente manifiesta en la Constitución pastoral GAUDIUM ET SPES, un importante documento que fue fermental para los textos posteriores que vieron la luz acerca de la evangelización del mundo contemporáneo latinoamericano, expresado en las 5 Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano (Río, Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida)
(sum) Promoción de la difusión y lectura de la Biblia
(sum) Opción preferencial por los pobres
Es en este contexto que surgió una nueva generación de religiosos/as y laicos, profundamente consustanciados con el Evangelio, que se proyectó incluso a la denominada Teología de la Liberación.
Una de las personalidades referentes que adhirió al renovado espíritu conciliar, fue nuestro querido pastor Luis «Perico» Pérez Aguirre (22/04/941 25/01/2001).
Su vocación por el compromiso social fue el resultado de un proceso personal de búsqueda interior, que culminó con su ingreso a la Compañía de Jesús.
El sacerdote Pérez Aguirre fue un fruto maduro del Concilio, porque en su vida terrenal vivió en plenitud su síntesis conclusiva: Amar al hombre para amar a Jesucristo y a Dios.
Sus profusas publicaciones son expresiones de su vida y sus obras testimonios de fe.
En «La opción entrañable – Ante los despojados de sus derechos», comunica la experiencia de su militancia, su vocación y no una doctrina o una nueva teoría.
Quiso comunicarla y compartirla, convirtiéndola en patrimonio de muchos, haciendo opción y organizando su vida en el compromiso con los derechos humanos.
Para el sacerdote Pérez Aguirre, los derechos humanos fueron una cuestión de sensibilidad y solidaridad. Solidaridad como nuevo nombre de la caridad. Clave del mensaje bíblico (El ser humano fue creado para ser solidario, no solitario).
Solidaridad como clave de la identidad cristiana. Ser cristiano es seguir la práctica de vida con el espíritu de Jesús, luchar por el establecimiento del Reino de Dios, de justicia, derecho y paz, como lo anunció. Es decir, una nueva experiencia de Dios.
Solidaridad es ponerse al lado de las víctimas, lo cual, sin dudas, es una cuestión de fe auténticamente evangélica.
En el epílogo, dice oír el canto del pueblo, aprendiendo a construir una sociedad solidaria y fraternal.
Esta fermental obra está dedicada «A mis hermanos de la Comunidad La Huella, que me sostienen cada día, con su testimonio de solidaridad entrañable con el más pequeño e indefenso: el niño que ha sido abandonado y olvidado por nuestra sociedad».
En la obra «Anti-confesiones de un cristiano», testimonia la fe y la esperanza que ha motivado su vida: creer en Jesús de Nazareth que le da al cristiano acceso a Dios.
Su obra póstuma, «Desnudo de seguridades reflexiones para una acción transformadora», es comentada por el propio autor, que nos dice:
«Las nuevas demandas, no sólo económicas, están demandando un nuevo proyecto de sociedad humana global, nuevos valores y una nueva civilización afirmada en una nueva ética».
«Hay que asumir con radical sinceridad la crisis de valores y de los paradigmas teóricos.
Los desafíos actuales no son identificables, ni analizables con el bagaje intelectual, ni las herramientas conceptuales que disponíamos hasta ayer».
La bibliografía del sacerdote Luis Pérez Aguirre es abundante y requiere mayor espacio para su análisis.
El pensamiento-síntesis, formidable, expresado con entrañable radicalidad por «Perico» Pérez Aguirre, es que «creer en Jesús es creer en Dios, como Amor subversivo».
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