EDITORIAL

Disparen contra la ministra

Como consecuencia de la difusión por Internet de una fotografía de Daisy Tourné, algunos notorios representantes de la oposición política, retomaron sus embates contra la titular del Ministerio del Interior. Hubo incluso quien llegó a basar su pedido de renuncia (en reiteración real) en la mencionada fotografía como si la misma fuera inconveniente por mostrar el rostro sonriente de Tourné mientras recibe el agua de la ducha.

El episodio es elocuente en cuanto a confirmar la predilección de los partidos del llano por golpear al gobierno en lo que ellos consideran uno de sus puntos débiles: el incremento de la violencia delictiva y de la inseguridad pública, y la supuesta inoperancia del ministerio encargado del área. Por todos los medios a su alcance, la derecha se ocupó de abonar con esmero la sensación de inseguridad que vive la población. Para ello ha contado con la nada despreciable ayuda de los grandes medios audiovisuales, que se encargaron, complacientes como siempre, de magnificar la crónica roja de modo tal de exacerbar la sensación de inseguridad. Paralelamente, los dirigentes blancos y colorados se ocupaban de bombardear la gestión del doctor José Díaz primero y la de su sucesora después, criticando cada medida tomada y todo el accionar de las fuerzas del orden.

Partiendo de un dato de la realidad objetiva –el incremento de la violencia delictiva–, la derecha se abocó a tergiversar esa realidad, magnificándola y, sobre todo, haciendo aparecer al Ministerio del Interior como incapaz de enfrentar la creciente actividad delictiva.

Es natural que la oposición trate por todos los medios de desacreditar al gobierno; es algo que forma parte del libre juego democrático. Pero la saña exhibida por blancos y colorados contra el accionar policial y contra la gestión ministerial está teniendo mucho de demagógica y resulta no ya exagerada sino francamente fuera de lugar. Decimos esto último porque entendemos que las cosas son exactamente al revés: nunca antes, como bajo el gobierno actual, la Policía se había anotado un tan gran cúmulo de éxitos en su lucha contra el delito en todas sus facetas.

Empezando por la corrupción endémica que había ganado varias áreas del Cuerpo Policial. Desde luego que ese mal no se ha erradicado del todo, pero los avances en ese sentido son más que significativos; el fiscal de Policía está actuando con acierto y sin vacilaciones, lo que ha permitido desbaratar pequeñas mafias internas y someter a los responsables a la Justicia. Los agentes empiezan a animarse a denunciar irregularidades pues sienten que cuentan con el apoyo y el estímulo de sus superiores y, sobre todo, de las más altas jerarquías del Ministerio.

El contrabando y el tráfico de drogas han sufrido golpes espectaculares que permitieron desarticular poderosas mafias y enviar a la cárcel a sus cabecillas. Y con respecto a esto último, bueno es señalar, también, que ha mejorado la acción policial en lo que tiene que ver con aportar pruebas que permiten al juez encausar a los detenidos.

Finalmente, corresponde destacar que ha aumentado de modo exponencial el número de delitos (fundamentalmente hurtos, rapiñas, copamientos) que son aclarados y sus autores aprehendidos y luego encarcelados.

Toda esta realidad parece no existir para la oposición, que la ignora olímpicamente y sigue machaconamente con su discurso reiterativo, embistiendo ciegamente contra la realidad en su intento de torcerla y ponerla al servicio de sus intereses.

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