Obama, Lincoln y una carta de Karl Marx

Que despierte el Leñador.

Que venga Abraham, que hinche

su vieja levadura la tierra

dorada y verde de Illinois,

y levante el hacha en su pueblo

contra los nuevos esclavistas,

contra el látigo del esclavo,

contra el veneno de la imprenta,

contra la mercadería

sangrienta que quieren vender.

Que marchen cantando y sonriendo

el joven blanco, el joven negro,

contra las paredes de oro,

contra el fabricante de odio,

contra el mercader de su sangre,

cantando, sonriendo y venciendo.

Que despierte el leñador.

PABLO NERUDA, Que despierte el leñador

Todas las ceremonias de toma de posesión de Barack Obama se realizaron bajo la advocación de Abraham Lincoln. Al igual que él, llegó a Washington desde la histórica ciudad de Filadelfia, donde la Convención aprobó en 1787 la primera Constitución, tras la Declaratoria de la Independencia el 4 de julio de 1776. Juró sobre una vieja Biblia que había pertenecido a Lincoln. Y en sus discursos abundaron las referencias al presidente que pasó a la historia por haber abolido la esclavitud en los estados sureños en el año 1863 mediante la Proclamación de Emancipación, en medio de la Guerra de Secesión (1861-65), y fue asesinado al inicio de su segundo mandato, el 14 de abril de 1865, por un rabioso esclavista. En la biografía de Emil Ludwig se describe la indignación del joven Lincoln cuando, trabajando como balsero, llegó a Nueva Orleans, cerca de la desembocadura del Mississippi, y vio por primera vez la subasta de esclavos y de una esclava. Otra coincidencia es que Obama fue senador por Illinois durante varias legislaturas y Lincoln representó a ese mismo estado (cuya principal ciudad es Chicago) en la Cámara de Representantes de 1847 a 1849.

Abraham Lincoln desempeñó su primera presidencia desde el 4 de marzo de 1861 a la misma fecha de 1865. En las elecciones del 8 de noviembre de 1864 se presentó a la reelección, al haber ganado la nominación por mayoría aplastante en la Convención Republicana celebrada en junio en Baltimore. En las elecciones alcanzó 55,02% de los votos populares, y en el Colegio Electoral logró 212 electores contra 21 de su opositor (McClellan), ya que había ganado en 23 estados contra 2 (los estados esclavistas no participaron) y los ciudadanos movilizados en los frentes votaron por él en un 70%.

Unos días después de su reelección, Karl Marx le envió una carta de felicitación por decisión del Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores. Allí se dice:

«Saludamos al pueblo americano con motivo de la reelección de Vd. por una gran mayoría. Si bien la consigna moderada de su primera elección era la resistencia frente al poderío de los esclavistas, el triunfante grito de guerra de su reelección es: ¡muera el esclavismo!»

«Desde el comienzo de la titánica batalla en América, los obreros de Europa han sentido instintivamente que los destinos de su clase estaban ligados a la bandera estrellada. ¿Acaso la lucha por los territorios que dio comienzo a esta dura epopeya no debía decidir si el suelo virgen de los infinitos espacios sería ofrecido al trabajo del colono o deshonrado por el paso del capataz de esclavos?».

«Cuando la oligarquía de 300.000 esclavistas se atrevió por vez primera en los anales del mundo a escribir la palabra ‘esclavitud’ en la bandera de una rebelión armada, cuando en los mismos lugares en que había nacido por primera vez, hace cerca de cien años, la idea de una gran República Democrática, en que había sido proclamada la primera Declaración de los Derechos del Hombre y se había dado el primer impulso a la revolución europea del siglo XVIII, cuando, en esos mismos lugares, la contrarrevolución se vanagloriaba con invariable perseverancia de haber acabado con las ‘ideas reinantes en los tiempos de la constitución precedente’, declarando que ‘la esclavitud era una institución caritativa, la única solución, en realidad, del gran problema de las relaciones entre el capital y el trabajo’ y proclamaba cínicamente el derecho de propiedad sobre el hombre ‘piedra angular del nuevo edificio’, la clase trabajadora de Europa comprendió de golpe, ya antes de que la intercesión fanática de las clases superiores a favor de los aristócratas confederados le sirviese de siniestra advertencia, que la rebelión de los esclavistas sonaría como rebato para la cruzada general de la propiedad contra el trabajo y que los destinos de los trabajadores, sus esperanzas en el porvenir e incluso sus conquistas pasadas se ponían en tela de juicio en esa grandiosa guerra del otro lado del Atlántico. Por eso la clase obrera soportó por doquier pacientemente las privaciones a que la había condenado la crisis del algodón, se opuso con entusiasmo a la intervención a favor del esclavismo que reclamaban enérgicamente los potentados, y en la mayoría de los países de Europa derramó su parte de sangre por la causa justa».

En conclusión, señala: «Ellos (los trabajadores) ven el presagio de esa época venidera en que a Abraham Lincoln, hijo honrado de la clase obrera, le ha tocado la misión de llevar a su país a través de los combates sin precedentes por la liberación de una raza esclavizada y la transformación del régimen social».

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje