Acerca de la violencia en el deporte
Para la comprensión de este aspecto de nuestra vida social que visualizamos como un problema, debemos recurrir a su simplificación, a efectos de tornarlo más cómodamente accesible a nuestro entendimiento, dada la enorme complejidad del mundo social en el que se expresa. Sin embargo, cuando esa simplificación carece de un criterio explícito que contribuya a la delimitación de ese problema y a seleccionar adecuadamente los aspectos más importantes que lo definen y caracterizan, corremos el inevitable riesgo conceptual de confundir las manifestaciones visibles del fenómeno en cuestión, con la totalidad del fenómeno mismo. Una primera hipótesis de trabajo puede abonar la idea de que es precisamente a partir de esa consideración parcial del fenómeno, que se estructura y construye el discurso acerca de la violencia en el deporte y, más particularmente, en el mundo fútbol.
Si partimos del supuesto razonable de que esas manifestaciones visibles (los hechos de violencia que efectivamente se han producido) no agotan ni definen la complejidad del problema, resulta oportuno cuestionarnos acerca del grado de correspondencia que guarda el modelo explicativo que autoproduce y proyecta nuestra sociedad acerca de la violencia en el deporte, y el fenómeno en sí mismo, y de qué modo estas consideraciones sociales que pretenden dar cuenta de él, se hacen cargo de los aspectos virtualmente invisibles para el observador no especializado, aspectos que, necesariamente también, contribuyen a definirlo y caracterizarlo.
Una segunda hipótesis de trabajo lo suficientemente provocativa como para alimentar un nuevo punto de partida, bien puede definirse por la consideración de que aquella correspondencia entre el fenómeno y la conceptualización que hacemos de él es, esencialmente, de carácter espurio, o en otras palabras, que el modelo explicativo que socialmente construimos acerca de la violencia en el deporte, no guarda relación con el fenómeno propiamente dicho, sino con sus manifestaciones visibles; y que al igual que los síntomas de una enfermedad, nada nos dirán acerca de ella o del modo óptimo para controlarla.
Si esta hipótesis es cierta y creemos que lo es- el modelo discursivamente instalado en nuestro imaginario social, no es más que el reflejo aparencial de un fenómeno que, como sociedad, aún no alcanzamos a comprender muy bien del todo. No obstante, esta construcción parcialmente ilusoria se vuelve completamente real, cuando el discurso que la promueve alcanza legitimación a través de notorios actores involucrados en este tema, que confían en la eficacia del modelo. Sin embargo, la escasa evolución conceptual que denota el tratamiento social del mismo, junto a la prescindencia de una perspectiva que lo amplíe, posibilitando una reflexión a partir de otras claves, ha agotado por completo la posibilidad de apreciar este fenómeno en toda su amplitud, siendo reducido por la arquitectura propia de este modelo, a la acción conspirativa de grupos de inadaptados o vándalos, cerrando así, la lógica circular del modelo explicativo que ha construido nuestra sociedad.
Un nuevo punto de partida debe contribuir a la comprensión de esta realidad, debe necesariamente abrir esa lógica circular a efectos de proveer una base más amplia para reflexionar esa realidad, un método para guiar esa reflexión y un respaldo empírico para sustentarla, y creemos que las ciencias sociales, poseen las herramientas para satisfacer las exigencias que requiere la construcción de ese nuevo punto de partida.
Las manifestaciones visibles de la violencia en el deporte (que se evidencian a través de diversas prácticas delictivas), constituyen para el caso del fútbol la punta de un iceberg bajo el cual se procesan un conjunto de lógicas socialmente invisibles que explican su ocurrencia; tanto es así, que sorprendería a un lector desprevenido el hecho de que, algunos aspectos que hemos tomado tradicionalmente como insumos para hallar una solución (instituciones deportivas, el periodismo especializado o el propio paradigma desde el cual pensamos esta realidad), constituyen también parte del problema; y, paradójicamente, lo que hemos considerado como parte del problema (las barras de los clubes) pueden ser integrados como factores de una posible solución. Exceptuando a las denominadas «barras bravas», el modelo explicativo actual desestima la incidencia del resto de los actores involucrados, y, por tanto, su propia arquitectura lógica le impide dar cuenta de esta aparente contradicción. Sin embargo, desde un nuevo punto de partida, será posible y necesario conciliarla. El cómo hacerlo, excede los alcances de esta reflexión, cuyo objeto es abrirnos a la posibilidad de pensar el tema de la violencia en el deporte, a la luz de nuevas claves de lectura de nuestra sociedad.
(**) Artículo publicado en el libro «Panorama de la Violencia, la criminalidad y la inseguridad en el Uruguay: Datos, tendencias y perspectivas». Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad. Ministerio del Interior Diciembre de 2008.
Compartí tu opinión con toda la comunidad