Maquiavelo y el partido de la gata Flora

Escrito por: Por Mario de Souza Analista

Viernes 09 de enero de 2009 | 3:42
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Maquiavelo asigna a la desigualdad social premeditación y alevosía, no es para él casualidad sino necesidad de conquista, la que impele a los imperios el fomento de la desigualdad interna en las repúblicas tributarias. No nos asombre pues la desigualdad en nuestra América, en especial en nuestro país, donde la relación es de uno a sesenta, entre los más pobres y los más ricos dentro de la economía formal.

“En cuantas ciudades hay una gran igualdad entre los ciudadanos, no puede establecerse el principado ­tiranía­. Si se quisiera crear uno en un país en que reina esta suma igualdad, sería menester comenzar introduciendo allí la desigualdad de las condiciones, haciendo muchos nobles feudatarios, que juntos con el príncipe ­tirano­ tendrían sumisas, con sus armas y unión, la ciudad y provincia”.

La agudización de la desigualdad económica, a partir de los sesenta, la violencia consiguiente, la conversión en mercenarios de nuestras fuerzas armadas, en fin, todo lo que de crímenes y abusos todos padecimos y algunos usufructuaron, conlleva a este fin: el sometimiento, la colonización de un país.

El “desfacer tal entuerto” de décadas impondrá una política también de décadas. Dar oportunidad a los jóvenes para el trabajo digno, sin prostitución de las voluntades cívicas, respetando los talentos y virtudes, levantar a los sumergidos mediante la educación ­Plan Ceibal­, dar oportunidades legítimas a las nuevas generaciones.

Pero las castas fomentadas por esas políticas colonizadoras no pueden aceptar, como los nenes caprichosos, que les saquen el chupete. Acostumbrados durante generaciones a socializar las pérdidas y privatizar las ganancias, a vaciar el patrimonio público en beneficio de los amigotes y laderos electorales. Avidos logreros inventaron, por las dudas, aquello de “las dos bibliotecas”, para mantener la vigencia de la ley del embudo, amplia por arriba y estrecha por debajo. Los Peirano, durante medio siglo expertos en vaciar bancos y traspasarle los pasivos al Estado, sufrieron menos molestias que un ladrón de gallinas.

Estas castas se sustentaron durante décadas, cuando no por la fuerza de sus mercenarios, por la corrupción de la voluntad cívica, convirtiendo al Estado en padrino de aquellos que les vendían el voto. Luego, no bastando con ello, se acantonaron bajo la guarda de su burocracia policial y militar durante doce años.

Hoy, las castas tienen su partido, un partido que no tiene otra propuesta que la recuperación de la teta del Estado. Es el partido de la blanca gata Flora, que no le viene bien nada. Pero este partido de los caprichosos no es de despreciar, pero tampoco de temer, puesto que no son más que eso, nenes caprichosos, que se quedaron en el “balero” e ignorando la importancia del “plan Ceibal” en la redención cultural y social de nuestro pueblo. Así como José Pedro Varela y su reforma educacional superó a Latorre en el tiempo, el pueblo sabe que la educación libera y es generadora de vida, oportunidades y ascenso social. Es el camino para la recuperación de la igualdad republicana y, en definitiva, de la libertad.

Y dejemos, para el partido de la gata Flora, esta cita del sin par florentino, respecto a los diversos partidos que impiden la pública felicidad en las repúblicas: “Allí hay siempre partidos opuestos, es a saber, el de los ricos, que son ministros de esclavitud, y el de los intrigadores del pueblo, que son ministros de licencia. Todos proclaman altamente el nombre de libertad, mientras que ninguno de ellos quisiera estar sumiso a las leyes ni a los hombres”.

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