El silencio también mata

A tres días del bombardeo incesante sobre la Franja de Gaza, el Estado de Israel gobernado por el sionismo más reaccionario justifica la agresión ­eufemismo de masacre (por enésima vez)­ en virtud del argumento más simple, el de la autodefensa de los ciudadanos israelíes que padecen la violencia de los cohetes lanzados por Hamas. Así lo indica un comunicado de la Embajada de Israel en Uruguay.

Supuestamente la retirada del territorio palestino de Gaza del Ejército israelí permitió el advenimiento de un gobierno radical y fundamentalista a cuyo frente Haniyeh (electo democráticamente), lo único que busca es el aniquilamiento del Estado israelí.

Vamos por partes: hasta donde sabemos todos, el Estado de Israel es el ocupante de tierras ajenas; es el que ha dejado enjaulados a millones de palestinos total y absolutamente aislados del resto del mundo; es el responsable de la situación más dramática desde el punto de vista humanitario a la que haya sido sometido un pueblo entero; es el que erige miles de kilómetros de un muro de cemento (tan o más oprobioso que el tristemente célebre Muro de Berlín); y el muro de los lamentos ya resulta inútil para expiar tales atrocidades.

Parece paradójico que apliquen las mismas estrategias y tácticas del nazismo (de las cuales fueron lamentables víctimas millones de judíos) en tiempos del Gueto de Varsovia, de los campos de concentración, del asesinato en masa y del crimen selectivo, de la satanización del «enemigo» y de la destrucción de la propia identidad de una comunidad, de una nación sin Estado. Tal parece que los sucesivos gobiernos israelitas no han entendido nada respecto de su propio pasado reciente y prefieren antes bien, tomar por víctima otro pueblo a modo de chivo expiatorio.

Sin embargo, no es posible entender la violencia bestial desatada por las fuerzas armadas del Estado de Israel desde una visión reduccionista que carga las tintas en la supuesta defensa propia o por argumentos de carácter pura y únicamente religiosos. Se debe explicar la actual barbarie sangrienta como un mecanismo pensado, planificado y sistemático de sojuzgamiento, control y exterminio de toda resistencia posible, matando toda pretensión de libertad o independencia del pueblo palestino, «terrorista por antonomasia». Terroristas todos, niños, jóvenes y viejos, hombres o mujeres, milicianos o comerciantes, agricultores o dirigentes políticos. Es decir, un pueblo que no merece ser libre debe ser poco a poco, pero sin disimulo, literalmente arrasado.

Eso es lo que está aconteciendo ahora, eso es lo que pasó antes, eso es lo que viene ocurriendo desde la propia creación del Estado de Israel hace 60 años. Que nadie venga a reclamar el derecho de los judíos a tener un Estado propio, ese ya lo tienen. Lástima olvidarse del otro, de los otros, de los que aparentemente no tienen igual derecho.

Y hay silencios que matan, sí. El silencio cómplice de quien sentado en la vereda de enfrente nada hace para detener la golpiza del hermano, del otro, del más débil, del indefenso que yace en el suelo aporreado una y otra vez, apenas unos sonidos tan tibios como inútiles.

Y es la hipocresía globalizada. Del Consejo de Seguridad de la ONU, del G7, de los países más poderosos, y claro está, allí en Gaza no hay petróleo, ni diamantes, ni nada al parecer atractivo ni estratégico para el mundo desarrollado. Por eso no importa si mueren más o menos palestinos, nada interesa, solo declaraciones huecas y resoluciones que Israel jamás ha acatado.

Y hay silencios que matan… y con ellos toda esperanza de paz y libertad, y matan a seres humanos de carne y hueso, que sufren y lloran, que se desangran en la soledad del planeta globalizado. A excepción de unos pocos pueblos solidarios, entre ellos los convocados por Hezbolá en Beirut, o la solidaridad expresada en la resistencia al servicio militar en Israel de un puñado de jóvenes con dignidad que ya no están dispuestos a matar hermanos.

Y hay silencios que matan, los nuestros y los ajenos, del que somos todos directa o indirectamente responsables en este mundo globalizado.

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