¿Qué es el poder?

El Pepe Mujica, en su alocución durante la presentación de «Hugo Cores, pasión y rebeldía», de Ivonne Trías, reflexionó: «Se dice que el gobierno no es el poder. ¿Y qué es el poder?».

La pregunta apunta al debate ideológico de una cuestión vital para la izquierda; pregunta que debemos responder entre todos. Con ese propósito, van estas reflexiones primarias.

El diccionario define: poder es tener expedita la facultad de hacer una cosa; es tener dominio o autoridad; es tener fuerza y actividad para resistir y obrar; es usar la fuerza. Contra tesis peregrinas, el poder existe, ¡vaya si existe!

Pero el poder «no se toma» en un acto, sino que implica una larga y perseverante marcha para su conquista, para lo cual debe actuarse con acierto «desde arriba» y «desde abajo».

«Desde arriba» se debe utilizar el gobierno, las instituciones temporales del régimen (intendencias, cuerpos legislativos, etc.), las instituciones permanentes del Estado (Fuerzas Armadas, Justicia, Administración Pública, etc.) que son determinantes en el carácter de clase que el Estado posee, sea al servicio del bloque de clases dominante o del popular. En otras palabras, se debe transformar revolucionariamente al Estado, desarticulando el poder dominante de las clases explotadoras y erigiendo el poder transitorio de las clases explotadas, en vías de su emancipación.

«Desde abajo» se debe trabajar en las organizaciones populares: partidos, sindicatos, centros estudiantiles, comisiones barriales, cooperativas, instituciones culturales, deportivas, etc.

Pero para alcanzar el poder es indispensable conseguir la hegemonía de las clases populares. ¿Y qué es la hegemonía? El dominio ideológico, la identificación de los interesados ­esto es, del haz de clases, capas y sectores populares­ con un proyecto emancipador antiimperialista, de proyección socialista en el marco del sistema capitalista.

No hay un «antes» y un «después». No es viable, desde el control del gobierno, o más ampliamente del régimen (las instituciones electivas) modificar al Estado y desafiar al Poder trasnacional, si no se hace partícipes de la tarea a las grandes mayorías populares. Y éstas serán partícipes sólo si adquieren conciencia revolucionaria; conciencia que se obtiene mediante la conjunción de elementos políticos e ideológicos trasmitidos por una acción partidaria y por su propia experiencia de lucha.

Para la hegemonía de las clases populares, el gobierno debe ayudar a la adquisición de esa conciencia, pero una fuerza política debe hacerse cargo de la tarea específica de formar esa conciencia, con una labor de esclarecimiento permanente. Esa fuerza política ­a la que el pueblo identifica como su fuerza­ en Uruguay es el Frente Amplio, que seguirá siéndolo mientras no fracase como expresión de las deseos y necesidades populares, sin considerar la valoración que hagan pequeños agrupamientos sectarios de presuntos esclarecidos.

El gobierno, el Frente Amplio y las organizaciones sociales, obrando como entidades independientes entre sí, poseedores de intereses comunes pero no siempre coincidentes, tendrán que ir tejiendo la red que se transforme en el poder del pueblo.

Para ello, será indispensable que la fuerza política, desde el gobierno y desde fuera de él, en el seno de las organizaciones populares, sepa conducir. Y, precisamente, la dificultad de conducir del Frente Amplio, evidenciada con frecuencia, es un gran tema de debate.

Los medios masivos de comunicación se han convertido en el vehículo principal de la hegemonía ideológica del bloque del gran capital sumado a la sistemática labor de irracionalidad de sectas religiosas, o al academicismo neoliberal y posmoderno «escéptico». Analizar sus procedimientos, al servicio objetivo del bloque del gran capital, vale tanto como analizar nuestros errores por falta de propósitos claros, como ha sido el reciente trámite finalizado con la aprobación de la Ley de Educación.

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