Irán convertido en defensor de los derechos humanos
Hace exactamente 60 años, el 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas daba a conocer a los pueblos del mundo la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. No es ocioso recordar que las Naciones Unidas en general, y la mencionada Declaración en particular, son el resultado directo e inevitable de los horrores cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, principalmente del intento de eliminar al pueblo judío de la faz de la Tierra.
La Declaración Universal de los DDHH representa la culminación del ideario revolucionario de los pensadores europeos de vanguardia, según el cual el hombre nace libre, igual a sus pares y provisto de un manojo de derechos fundamentales inalienables, inherentes a la propia condición humana. Unos derechos que ninguna autoridad o fuerza pública tienen la atribución de conculcar, y cuyos límites se extienden hasta allí donde comienzan los derechos del semejante.
Los redactores, ideólogos y propulsores de la Declaración, plasmaron en su texto las diferencias insalvables entre el pensamiento moderno y liberal, que ubica al ser humano en el centro, y las antiguas ideas tribales y patriarcales, vigentes en sociedades en las que los derechos individuales retroceden ante los mandatos y designios de la jerarquía familiar, corporativa, religiosa o de clase.
Sin duda, los padres fundadores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de hace 60 años, se revolverían hoy en sus respetables sepulcros, si fuesen testigos de la manipulación siniestra que de la Declaración hacen precisamente los enemigos más acérrimos de los derechos humanos.
Cínicamente, los mayores transgresores y violadores de los derechos más elementales de las personas concretamente, la representación diplomática de Irán en Uruguay, que goza de la generosa tribuna brindada por LA REPUBLICA para propagar su ideario oscurantista, como lo ha hecho nuevamente el jueves 18 del corriente, se sienten con total libertad de tergiversar la esencia misma de los derechos del hombre, para ponerlos en servicio de la propaganda y la manipulación que caracterizan al régimen teocrático de los ayatolás.
Los fanáticos líderes de Teherán, empero, deberían ya saber que el mundo conoce a la perfección cuál es el verdadero «apego» de los clérigos fundamentalistas por los derechos humanos, incluso tratándose de su propio pueblo. La opinión pública libre y humanista contempla espantada cómo centenares de iraníes son malhechores de poca monta, esposas «infieles», supuestos «espías» la lista es larga, incluso menores de edad, y sus cuerpos exánimes expuestos vilmente al escarnio popular en altas grúas estratégicamente emplazadas en las plazas públicas.
El profundo respeto que Uruguay profesa por los derechos elementales de las minorías, condujo entre otros al reconocimiento a las uniones civiles homosexuales, y recientemente al derecho otorgado a los transexuales a cambiar legalmente su género registral. El proverbial apego de Irán por los derechos humanos, en cambio, hace muy poco recomendable la visita de una pareja de gays a dicha teocracia; salvo que pretendan hacer valer su derecho fundamental a ser ahorcados públicamente en la plaza central de Teherán. Bien sabido está, y como el presidente Ahmadinayad lo expresara inequívocamente: «¿Homosexuales en Irán? ¡No existen!»
El liderazgo extremista de Irán, que increíblemente viene a pregonar el respeto por los derechos humanos, es el principal país instigador, patrocinador y exportador de terrorismo y extremismo institucional en el mundo entero, cuyas huellas digitales van desde la AMIA y la Embajada de Israel en Buenos Aires, hasta Hamás en Gaza y Hezbolá en el Líbano, generosamente financiados, pertrechados y adiestrados por el régimen de Teherán y sus secuaces.
No sería arriesgado aventurar, de cara a los exitosos tratados de paz que Israel firmó con Egipto y Jordania, y en vida de las negociaciones actualmente en curso con Siria y con la Autoridad Palestina presidida por Mahmoud Abbas («Abu Mazen»), que de no ser por el constante combustible que Irán se empeña en derramar sobre las llamas del conflicto árabe-israelí, causal excluyente e inequívoca del conflicto con Hezbolá en 2006 y del asedio actual de misiles y proyectiles que Hamás dispara sobre el Sur de Israel desde Gaza; sin ese cóctel de odio, arengas, pertrechos, martirologio y petrodólares con los que Teherán riega el Medio Oriente salpicando al resto del mundo, el conflicto estaría ya largamente extinguido y solucionado.
El líder de Irán, devenido en nuevo paladín por la defensa de los derechos fundamentales, proclama alegremente un día sí y otro también, que hará lo que esté a su alcance para borrar del mapa al Estado de Israel. Sería interesante si dicho señor nos instruyera qué artículos de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre invoca para fundamentar sus exabruptos. La pregunta que cabe formular es si el mundo permanecerá indiferente, mientras Irán prosigue a toda marcha el proceso de desarrollo de armas nucleares en el que sigue abocado, al tiempo que el régimen de los ayatolás profiere gravísimas e inconcebibles amenazas contra el Estado de Israel y su población civil.
Cuando el señor Mahmud Ahmadinayad amenaza con destruir a Israel, en nuestro país le creemos a pies juntillas. La experiencia nos ha enseñado a tomar en serio a quienes prometen exterminarnos.
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