EDITORIAL

Reprogramación y defensa social de la gestión de crisis

El nuevo equipo económico ha utilizado sus últimas presentaciones públicas para reubicar el programa en el contexto de la crisis global. Ese entorno sigue siendo muy incierto y, en tanto, para un país como Uruguay, esa reprogramación no es más que una pretensión de establecer líneas de coherencia y buena administración. No hay ­ni en las medidas, ni en las correcciones y estimaciones de nivel de actividad o estabilidad -mucho más que una aspiración de mantener al país lejos de la recesión y de las consecuencias de un desequilibrio de precios relativos capaz de volver a desatar la especulación y la confrontación impropias de un país con aspiración de bienestar social.

Esos «números mágicos» que pautan la corrección del programa son los mínimos sobre los cuales, al término de 2009 los uruguayos reconoceríamos una plataforma sobre la cual estaríamos en condiciones de imaginar la continuidad de un proyecto nacional capaz de recrear el optimismo de la acción; ese sentimiento potente que hoy tiende a ser subsumido en un escepticismo contagioso y dañino. La aspiración de mantener el crecimiento a una tasa del 3%, la inversión encima del 13%, el consumo en el entorno del 4% y la exportación de bienes y servicios prácticamente en los niveles actuales o con crecimientos mínimos presupone el resultado de una hipótesis que sin ser óptima, está muy cerca de ser de las mejores disponibles. Importa advertir que la consecución de esas metas o referencias conformaría un escenario que nada tendrá que ver con el presente, en el cual la ciudadanía se ha acostumbrado a consumir, vivir y pensar. Quizás en ese orden.

En tiempos de crisis los gobiernos y, especialmente, los ministros de Economía no manejan públicamente perspectivas y escenarios dramáticos. Y eso es, esencialmente correcto en varios sentidos. Ya se ocuparán las encuestas, consultas y columnas especializadas de revelar cuales son esos otros escenarios sobre los cuales trabajan aquellos que disponen de información más sofisticada y oportuna. El discurso y la propuesta oficial deben ser, necesariamente, razonables y optimistas. Así ha sido en general. Y seguirá siendo porque en esa presentación pública de los mejores escenarios disponibles reside también, menos explicita de lo conveniente en esta oportunidad, una convocatoria pública al activismo social.

La relación del gobierno con la sociedad ha sido afable y constructiva desde la salida de las crisis de 2002. Sin embargo, ahora, ese tipo de relacionamiento ya no alcanza para que el país pueda enfrentar los nuevos riesgos. Desde esa sociedad deben surgir contribuciones activas e inteligentes, capaces de utilizar la información y las señales disponibles, a los efectos de promover y realizar aportes capaces de resolver problemas concretos y, sobre todo, de alentar la reconstrucción del clima de confianza. Hay una demanda explicita de construcción de políticas de Estado dirigida esencialmente a los partidos políticos y las autoridades gubernamentales. Esa demanda interroga y cuestiona sobre iniciativas que por más apropiadas que sean, no suman en esa línea de convergencias. Pero ahora, además, crece una demanda de activismo social capaz de sobrevolar las reivindicaciones sectoriales y canalizar la conflictividad natural de la crisis en un sentido positivo. Todo lo que pueda hacerse para canalizar el conflicto hacia objetivos nacionales importa y suma; todo lo que impida la perdida de riqueza ayuda; todo lo que sume originalidad constructiva al debate es bienvenido.

En la actualidad hay conflictos tan legítimos como comprensibles pero que asumen una dimensión bárbara ubicada en el actual entorno de riesgos. Muchos de ellos son sólo explicables en el marco de una estrategia corporativa que debe ser enfrentada por el gobierno con todo el apoyo y la movilización social. La historia de la confrontación corporativa con la sociedad y el gobierno deberá ser registrada y analizada con más perspectiva. Pero ahora debe ser enfrentada socialmente antes que su inercia nos desarme los escenarios reprogramados y nos prive de ese optimismo razonable que ya debería acompañarnos en este ingreso al nuevo escenario.

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