Un enfoque sesgado para tergiversar la historia reciente
El ex presidente Julio María Sanguinetti ha resuelto aportar al debate sobre la historia reciente, mediante la publicación de un libro cuya presentación concitó la presencia de otros dos ex presidentes, los doctores Luis A. Lacalle y Jorge Batlle en una sala del Palacio Legislativo.
«La agonía de una democracia» es el título de la obra, que comprende casi diez años de nuestra historia: el período que va del 31 de julio de 1963 hasta el 9 de febrero de 1973, durante el cual –según el autor–, se verifica precisamente el proceso de deterioro de nuestro sistema democrático-republicano que hallaría su punto final el 27 de junio de 1973, con el certificado de defunción firmado por el presidente Bordaberry y su gabinete golpista.
La elección de las fechas no es caprichosa, y resume cabalmente la teoría de «los dos demonios». El 31 de julio de 1963 ocurrió el robo de armas del Club Suizo de Tiro en Colonia, hecho considerado como la primera acción sediciosa del MLN Tupamaros y, por tanto, el comienzo oficial de la lucha armada en Uruguay. El 9 de febrero de 1973 tuvo lugar el desacato militar al gobierno «constitucional» de Bordaberry, hecho considerado oficialmente como el comienzo de la injerencia militar en la vida nacional.
Como suele suceder al analizar los acontecimientos históricos, este enfoque peca de simplista, maniqueo, reduccionista y tergiversador de la verdad histórica. Cierto es que hay una tendencia a elegir una fecha determinada para marcar el fin de una era y el comienzo de otra como forma de facilitar el estudio de la historia, pero es preciso tener en cuenta que dicha elección resulta por lo general caprichosa. La caída de Roma en poder de los bárbaros es un episodio más del largo proceso de descomposición del Imperio Romano que determinará su atomización y el advenimiento de un orden mundial diferente; otro tanto podemos decir de la Toma de la Bastilla, considerada en forma más o menos arbitraria como comienzo de la Epoca Contemporánea.
Pero ya sabemos que la derecha uruguaya se ha aferrado con entusiasmo a la tesis de «los dos demonios», pues es la única manera que tiene de presentarse a sí misma como impoluta y ajena a la tragedia nacional. Ni blancos ni colorados tuvieron arte ni parte en la violencia política que vivió el país; no fueron responsables de la desgracia que vivimos los uruguayos desde que Pacheco Areco empezó a gobernar al margen de la Constitución; están exentos de culpa en cuanto al deterioro económico y social que padeció el país ya desde mediados de los cincuenta. Sólo hubo dos demonios. Uno de ellos que, porque sí, un buen día decidió atacar las bases del «urugayan way of life», una democracia perfecta y justa; y otro que, llamado a combatir a los subversivos, se adueñó luego del poder, desplazó a los inocentes políticos blancos y colorados y cometió algunos excesos en el combate a la sedición.
Con esta teoría no solamente se comete el grueso error conceptual de poner en un mismo plano a luchadores sociales y torturadores, a guerrilleros y terroristas de Estado, sino que (muy subliminalmente) se llega a justificar la barbarie represiva contra el movimiento popular. Y si blancos y colorados condenan el golpe y la dictadura no es por otra razón que por el hecho de haber sido desplazados del poder por los centuriones.
La enfermedad que empezó a hacer mella en la democracia uruguaya tiene sus orígenes en el agotamiento del modelo neobatllista, huérfano de respuestas frente a la crisis de mediados de los cincuenta. Y esa enfermedad se agravó con las medidas antipopulares de los gobiernos blancos, que causaron un notorio deterioro de las condiciones de vida de la población y provocaron el legítimo descontento de los sectores populares.
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