Acotaciones a una nota del doctor Nahum Bergstein
Me atrajo desde el título: «Al rescate del olvido»- la nota de Nahum Bergstein publicada en la Contratapa del 26 de noviembre. Sentí el deseo de compartir algunas vivencias sobre los temas allí invocados. Los recuerdos vienen envueltos en la bruma, no puedo precisar su ubicación cronológica debido al largo tiempo transcurrido, pero sí mantengo muy presentes los sentimientos y las vibraciones que esos hechos suscitaron en mí, y a la vez los recuerdos de épocas pretéritas que en aquellos momentos emergieron. A ello voy a referirme, obviando cualquier referencia a las derivaciones ideológicas de la nota aludida.
Yo conocí el Teatro Judío de Moscú y asistí allí a una función vespertina. Sobre la fecha, apenas puedo señalar que sería antes de la dictadura, probablemente en la década del 60. No conservo ningún documento o programa porque mi primera biblioteca fue arrasada por la dictadura en el año del golpe. Me suena como que estaba adornado con pinturas de Chagall, pero no podría asegurarlo. Daban una obra de Sholem Aleijem, o fragmentos de varias. Todo lo que se refiere a Sholem Aleijem (que alguien calificó como el Máximo Gorki judío) tiene para mí una connotación especialísima. Al comienzo de la guerra, yo era un niño, y mi padre solía regresar tarde a casa por su labor en los movimientos que bregaban por salvar a los judíos del nazismo. Leía a Sholem Aleijem mientras cenaba frugalmente, y sus carcajadas más de una vez me despertaron, haciéndome sentir una alegría contagiada. La pieza me gustó mucho, era hablada en yiddish, se entendía todo. No existe idioma más universal. Lo realmente peculiar era el público, que llenaba el teatro. Estaba constituido en su gran mayoría por abuelas con sus nietos y nietas. Faltaba la generación intermedia. Tuve la sensación muy clara de que las viejas generaciones querían mantener una tradición entre los niños y adolescentes, a través de la buena literatura y la lengua. Al final cambié algunas palabras, chapurreando como podía, con varias de las «bobbes». El ambiente era agradable, muy distendido, la gente estaba alegre, los saludos se cruzaban en yiddish y en ruso. El teatro quedaba no lejos del Bolshoi, me parece, porque por ahí pasamos casi en seguida al regresar al hotel pequeño de Plotnikov Periulok, cerca de la calle Arbat. Yo estaba en Moscú probablemente por tareas periodísticas, quizá para un Congreso del PCUS. Y esto se une con las referencias a Chagall. El detonador de la nota de Bergstein es la exposición «Chagall y los artistas del Teatro Judío Ruso» que se exhibe actualmente en el Museo Judío de la Quinta Avenida de Nueva York. Pues bien: yo también vi en Moscú tampoco puedo definir el año una fenomenal exposición de todo Chagall. ¿Habrá sido en la Galería Tretiakov? Quizá. Esa y la retrospectiva de Cézanne en el Petit Palais de París fueron las más removedoras exposiciones que me tocó presenciar en la vida. Allí se habían ingeniado para juntar todo: desde las pinturas de su shtetl natal de Vitebsk, en Bielorrusia (el violinista en el tejado, el gallo que tengo colgado en la pared), hasta los cuadros, esculturas, decorados y otras obras realizadas en Francia y en muchos lugares donde lo llevó su vida trashumante (EEUU, Grecia, Italia, además de Israel: Jerusalén y Tel Aviv). Aquí recuerdo que en 1950 se instaló en Vence, en el sur de Francia, cerca de donde estaban Picasso (Vallauris) y Matisse (Niza), y Picasso le dijo a Françoise Gilot que «cuando Matisse muera, Chagall será el único pintor sobreviviente que entienda qué es realmente el color». Dos años después de la fecha indicada realizó las pinturas etéreas que podemos admirar en la Opéra de Paris.
Recién ahora caigo en la cuenta, revisando viejos álbumes y catálogos, de que la exposición de Marc Chagall que presencié en Moscú fue sin duda la que organizó el gobierno soviético en 1973, a la que concurrió el pintor con su segunda esposa, Valentina (Vava) Brodsky, por invitación de la ministra de Cultura de la URSS, Ekaterina Furtseva. También en este caso lo notable fue el público asistente, numerosísimo a lo largo del día, y constituido, me animo a decirlo, por todos los judíos que estaban o pasaban por Moscú. Aparecieron judíos religiosos con sus barbas y sus atuendos característicos, con la cabeza cubierta, jóvenes informales y niños en bandadas, todos típicamente judíos. Se ve que se reconocían en esas pinturas, y se emocionaban. Los comentarios fluían a viva voz, en forma espontánea y levemente caótica, pero llena de vida. Era para cada uno de ellos como reencontrarse con parte de su pasado, siempre presente. Nos pasamos el día, matizado con tazas de «tchai». Allí pensé que el sesgo que había adoptado en su último período la pintura de mi querido amigo José Gurvich, liberado de otras influencias, tenía una indudable impronta chagalliana. Al año siguiente, en plena creación y con apenas 47 años, se moría en Nueva York, precisamente.
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