"Otro mundo es posible"

No son voces de odio ni de venganza, ni de rígidas doctrinas ideológicas las que vienen de los movimientos indígena contra la situación de hambre y suma pobreza en la que están empantanadas sus existencias. Tampoco se proponen como ejemplo ; no disparan balas, simplemente actúan, disparan las mismas viejas verdades; se asumen como habitantes de un país que se dice demócrata y simplemente declaran: «Está usted en territorio en rebeldía. Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece», lo manifiestan con parsimonia y dignidad etnias diversas como tobas, mocovíes, wichis y otras. Mi visión la hice in situ y confraternicé con ellos, quienes me manifestaron que se ven censurados en sus tradiciones y costumbres ancestrales, en principio, como nadie ignora, por la Iglesia Católica, que da lugar a los autodenominados pastores evangélicos de pacotilla, que simplemente se dedican a llenar sus bolsillos con el «diezmo» que le piden a los hambreados, desesperados, solos, angustiados, temerosos, en fin, los que viven en un mundo que no comprenden, ni quieren comprender y la vida transcurre día a día sin sentido ni norte.

Y tienen razón, si vivimos en una democracia hay que hacerla efectiva. Da lo mismo que se llame neoliberalismo, capitalismo con responsabilidad social, o el «centralismo democrático» que fue tan caro a la izquierda dogmática de la posguerra. «Yo no sé – decía Lech Walesa en su lucha contra el régimen de Polonia, su patria-, por qué si ésta es una democracia de los trabajadores, los trabajadores no deciden».

Es la rebeldía y la dignidad contra esta simulación de democracia que hemos consentido, contra esta falsa ilusión de futuro bienestar popular siempre prometido, siempre postergado, pero siempre usufructuado sin medida por los que se han arrogado la facultad de decidir por nosotros. Puede parecer exagerado, pero no lo es: el movimiento indígena y de las diferentes etnias que se instalaron en Argentina, significa el regreso del hombre al centro de las decisiones. No es que ellos lo hayan descubierto, pero lo que en otros ha sido un ideal, ellos sencillamente lo están implementado. En dos citas lo ilustré claramente el 12 de Octubre de este año en Reconquista (Pcia. de Santa Fe) donde fuí invitado para disertar acerca de Ecología, Medio Ambiente y «El Estado de las Cosas», visité las comunidades nativas, donde fui recibido con calidez y generosidad, allí nos extendimos en los diálogos acerca del estado de las cosas es decir cómo viven este tiempo estos seres humanos que soportan lo insoportable, incluso a los punteros políticos que siempre quieren llevar agua a su molino, salvo algún funcionario que encontré del Gobierno del doctor Vinner, quien generosamente me agradeció la presencia en la provincia, ante la espada de Damócles que la presidenta Crstina de Kirchner le puso al negarle el uso del gas que viene de Bolivia, a lo que adelántándome le propuse en foma un tanto arriesgada al gobernador de la Provincia que se autonomice, ya que los fondos federales apenas llegan y podría marcar un punto de inflexión en el curso de nuestra historia gatopardista. Bueno lo que manifesté dice: «Acá, ahora, la pobreza es un arma que ha sido elegida por nuestros pueblos para dos cosas: para evidenciar que no es asistencialismo lo que buscamos, y para demostrar, con el ejemplo propio, que es posible gobernar y gobernarse sin el parásito que se dice gobernante («Parte de la autonomía indígena (de la que habla, por cierto, la llamada Ley) es la capacidad de autogobernarse, es decir, de conducir el desarrollo armónico de un grupo social».

Pero eso precisamente, la incapacidad de «conducir el desarrollo armónico» del grupo social; sin hambres ni hambreadores, sin pueblos, hombres, ni culturas que se dicen «superiores» mientras otros son calificados de «inferiores», es la gran crisis interna que sufre actualmente la democracia supuestamente «representativa» en el mundo; y en las propias superpotencias occidentales. Ningún votante en esos países, que se sepa, se siente después personalmente responsable de las decisiones políticas y económicas que toman en su nombre sus gobiernos, y de los crímenes de guerra que los mismos cometen. Su lugar ha sido ocupado por las fuerzas anónimas, y cada vez más lejanas, de un economicismo que dicta a los gobiernos el rumbo inexorable del país. El ciudadano pasó a la historia, el político también. «Si uno de los motivos de la caída del comunismo fue un mecanismo planificador que olvidó cualquier propósito humanista, el moderno capitalismo reserva a los políticos el mero papel de policías y jueces del mercado, sin permitirle salirse de pautas predeterminadas por los centros de poder económico y financiero». Pero ahora es el propio ser humano el que empieza a ser un estorbo para este capitalismo global. ¿Cuál es el costo humano de esa globalización, de esta sustracción del poder político a los ciudadanos en las propias potencias mundiales?: 45 millones de habitantes por debajo del umbral de la pobreza en los propios Estados Unidos, 50 millones de pobres en Europa, 2,500 millones de pobres en el mundo que podrían satisfacer sus necesidades sanitarias y nutricionales básicas con solo los 12.000 millones de euros que los habitantes de Europa y los Estados Unidos gastan cada año en perfumes… o en helados (datos citados por Ignacio Ramonet, opus cit). Si alguien pregunta por qué se han multiplicado como hongos tantos movimientos procomunidades autónomas, independientes y colegiadas en San Francisco, Los Angeles, Oakland, Texas, Chicago, Minnesota, Sacramento, Canadá, España, Francia, Los Alpes Suizos, Noruega, Italia, Alemania, Suecia, Finlandia, Holanda y Japón, ahí tienen la respuesta. El ser humano ha resuelto, como los indígenas de varias regiones de la tierra, volver a ser el dueño de su destino, el centro de las decisiones políticas y económicas que se dictan en el mundo. Hacerlo y demandarlo sin odios ni sed de venganza, solo por la humanidad.

«Todos somos migrantes», grita por las calles de Europa un joven manifestante rubio y solidario. «Otro mundo es posible», claman viejos y jóvenes por las calles de Seattle y de Porto Alegre. «Por un mundo donde quepan todos los mundos que somos todos», murmuran más que gritan las voces indígenas desde el sur de Latino América».

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