El gobierno está haciendo un esfuerzo tremendo para lograr que antes de finalizar su quinquenio haya una nueva ley de educación que por lo menos abra el camino a transformaciones futuras.
La mayor resistencia la encontró en el medio gremial directivo educativo, el que ha manifestado caídas corporativas, justo en el momento en que este gobierno progresista le ha dado los mayores recursos a la Enseñanza y a los educadores, de los últimos últimos 30 años.
Esta contradicción, que es casi histérica, no es sólo responsabilidad de los actores educativos, sino que es una carencia de esos actores, pero también es responsabilidad del conjunto de la sociedad a la cual le está faltando un José Pedro Varela, que antes que ser un educador fue un sociólogo y un político que tuvo visión de futuro y de sociedad, lo que le permitió transformarse en un referente del pueblo uruguayo.
En el aula se concentran las mayores contradicciones sociales, siempre que esa enseñanza sea pública. No sólo se encuentran las capas medias altas y las capas más humildes pero con perspectiva de desarrollo, sino que comparte los bancos escolares de gente muy diferente desde el punto de vista del comportamiento social y cultural.
Las autoridades de la enseñanza han salido a enfrentar este complejo fenómeno social, que no sólo se resuelve en las aulas, pero con un exceso de “sociologismo”, donde falta la exigencia y la autoridad.
Sabemos de varios casos en los cuales padres bien acomodados desde el punto de vista de sus ingresos, que mandan a sus hijos a la enseñanza pública como si fuera un depósito de muchachos, sin importarles contenidos, valores y principios.
Sabemos de varios casos, en que los queridos papás presionan a los profesores de enseñanza media, solicitando que sus hijos no pueden ir a examen porque “a fin de año nos vamos de viaje”.
Por encima de los errores sindicales, que son gruesos y graves, ajenos a todo proceso de acumulación de fuerzas a favor del cambio, no podemos caer en la demonización de los educadores, entre los que no son todos iguales, porque no es lo mismo la maestra mujer del contador que la maestra pareja del maestro.
El país reclama una gran revolución cultural y educativa, que ya bajo este gobierno se ha ido procesando positivamente, aunque con una lentitud inesperada.
La nueva ley de educación, que abre espacios a la participación y al libre debate, hay que apoyarla, aunque no sea perfecta.
Hay que aprender de una buena vez que los grandes cambios muchas veces son lentos, pero sabiendo que un solo paso concreto para adelante vale mucho más que mil palabras y programas.
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