Dimensión de la política en escenarios de crisis
Hasta ahora el gobierno ha manejado su plan de crisis con tranquilidad y sin que el natural nerviosismo de la administración de un cambio de entorno de la naturaleza actual sea advertido y genere tensiones agregadas. Empero, la crisis tiene componentes fuertes y agresivos. Ahora, además, sus efectos se multiplican por los efectos del desastre agropecuario. Lo cual, sumado, le imprime a esa gestión de crisis, nuevas urgencias.
Este es el primer test de capacidad de gestión para esta administración en escenarios de adversidad. Necesariamente, la rapidez de las decisiones que se le exigen a este gobierno lo obliga a no dilatar la adopción de medidas de política en áreas delicadas. Es preciso saber que, precisamente, el programa oficial en ejecución presentaba flancos débiles en áreas como la fiscal, monetaria, de política comercial, o en una que, siendo de naturaleza más política tiene similares o mayores debilidades: la del relacionamiento con las corporaciones cuya capacidad de presión es decisiva en este país. Otra área en la cual se desarrollará la confrontación con la crisis es la de la propia capacidad del Estado para enfrentar tareas que excedan la administración burocrática normal del país.
Desde estas áreas y otras quizá tan decisivas el relacionamiento con la oposición, por ejemplo aparecerán esos déficit que en los tres primeros años del gobierno no fueron relevantes pero que ahora adquieren una ponderación elevada. El plan de blindaje había sido diseñado para percances menores a los actuales. Suponía, por ejemplo, un margen fiscal agregado al presupuestado, capaz de cubrir necesidades sustancialmente menores a las actuales, aun descontando el excepcional ahorro derivado de la caída del precio del petróleo en la factura energética del país. El presupuesto se basaba en una recaudación tributaria que continuaría creciendo medio punto encima del producto y en condiciones de refinanciación de la deuda de corto plazo que no tienen nada que ver con lo que ya está sucediendo. Y el problema es que, lejos de despejarse ese escenario de estrés imprevisto, comienza a incorporar presupuestos de impactos agregados provenientes de desequilibrios regionales difíciles de estimar pero inevitables en su ocurrencia próxima.
Frente a este nuevo cariz de la crisis, este gobierno no puede arriesgarse a jugarse la estabilidad y la propia gobernabilidad del país en una próxima administración asumiendo, solo, conductas asistenciales muy costosas en todo caso y en todos ellos, incapaces de enfrentar los desequilibrios sociales que surgirán aun cuando los «paliativos» sean adoptados y ejecutados rápidamente. Esta crisis es seria, las debilidades están expuestas y sin ser agoreros de ninguna desgracia no tenemos por qué ocultar nuestra preocupación. La presupuestación fiscal y el programa monetario están comprometidos y es natural que así sea. No hay por qué ocultar además, que ahora se agregarán tensiones en la distribución de las partidas presupuestales con las cuales se financia la ejecución de los programas en marcha. En los próximos días iremos conociendo esa batería de medidas que intentarán enfrentar los principales riesgos en el área de la producción, los servicios de salud, el financiamiento y el empleo. No tenemos dudas de que los equipos encargados de articular ese plan de emergencia adoptarán esas decisiones asistenciales y correctoras en el nivel máximo de posibilidades.
Pero aún así, el test de aptitud de la actual administración para gestionar con éxito una crisis de esta naturaleza deberá probar la capacidad de hacer política en un nivel correspondiente con las exigencias. Las que, como hemos visto, no tienen nada que ver con las que han examinado la calidad del gobierno de la izquierda hasta ahora. Ese juego de hacer política de crisis en grande es la condición necesaria para que el esfuerzo de financiar la asistencia sea efectivo; debe ser asumido con toda la audacia que sea necesario y liderado por la Presidencia de la República sobreponiéndose a todas las resistencias que, eventualmente, pudiera provocar ese relanzamiento ambicioso de un proyecto potente. No es un pacto lo que sugerimos, sino una ofensiva inteligente, amplia y generosa, capaz de multiplicar el efecto de los paliativos provocando ese golpe de confianza que necesita la contingencia.
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