Ricardo Prieto

Desde hace algunos días, un hueco profundo colmado de soledades viejas, se abrió como un tajo irreversible, en el corazón urbano de Montevideo. Ocurre que en la madrugada del 3 de noviembre dejó de vivir esta vida, el entrañable Ricardo Prieto.

Aún su voz resuena desde la contestadora de mi teléfono, como «mensaje guardado», pero más resuenan cada uno de los momentos compartidos, desde los formales y «académicos» hasta las horas perdidas, las mal llamadas horas muertas, tal vez las más cargadas de vida… las más disfrutables, profundas y perdurables. Ricardo había nacido en Montevideo, durante el Carnaval del año 1943, era poeta, dramaturgo, actor y director teatral, egresado de la Escuela de Arte Dramático de Club de Teatro.

Sus libros de poesía publicados son «Figuraciones» (1986), «Juegos para no morir» (1989), «Palabra oculta» (2000) y «La oscuridad menos reciente» (2005). También publicó cuatro volúmenes de cuentos: «Desmesura de los zoológicos» (1987, con una versión aumentada en 2006), «La puerta que nadie abre» (1991), «Donde la claridad misma es noche oscura» (1994) y «Lugares insospechados» (2007). Otras publicaciones: «El odioso animal de la dicha» (nouvelle, 1982), y las novelas «Pequeño canalla» (1997) y «Amados y perversos» (2000). En Uruguay se estrenaron 27 obras teatrales de Ricardo Prieto, tres de las cuales fueron representadas por la Comedia Nacional («La salvación», 1971, «Un gato en un almacén extraño», 1974, y «El desayuno durante la noche», 1987). Sus obras fueron llevadas a las tablas en Puerto Rico, Guatemala, Brasil, Panamá, Perú, Paraguay, Colombia, México, Chile, Argentina Francia, España, Italia y Estados Unidos. La soledad que construyó con dedicación y perseverancia, impregnó con profundo sentido, las calles de su ciudad. Ahora, no estará más.

No habrá más encuentros casuales en la alta noche, que acabarían en una cena compartida. Su voz será nada más que el último mensaje dejado en la contestadora. Han pasado algunos días, y debemos resignarnos a su falta, a su muerte.

Ricardo queda en el aire, en los libros, en los versos, en el olor inconfundible de los escenarios, en nosotros. Dos cosas sostengo hoy en la mano; una tarjeta postal que me enviara desde Francia, en 1994, cuando viajó invitado por la Maison des Écrivains Étrangers de Théâtre de Saint-Herblain, para una estadía de dos meses, y el recuerdo de aquella larga conversación en un café de la calle San José, que ya no existe, una noche interminable de marzo de 2002, en la que no salíamos del asombro por haber tenido los dos el mismo sueño.

Ricardo sabe que quedaron cosas pendientes, y ambos sabemos, que la seguimos en cualquier momento.

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