El Luciano Weinberger que yo conocí
El lunes 17 desde antes de las 7 de la mañana recibí una sucesión de llamadas desde México, Praga y desde aquí que me anunciaban la muerte de Luciano Weinberger a las 2 y 30 de la madrugada en México DF. A sus problemas cardíacos se sumó una afección pulmonar, que tenía viejas raíces. Un compañero común me recordó su prédica permanente contra el hábito de fumar en la redacción, reiterada en cada reunión. De esto hace 50 años.
Luciano fue mi compañero y amigo durante toda la vida. Trabajamos juntos, codo con codo, muchos años, en Uruguay y en el exilio mexicano. Ya nos conocíamos cuando ambos pasamos a integrar el núcleo inicial de la redacción de El Popular desde el 1º de febrero de 1957. Por una parte, porque yo había trabajado en publicaciones previas a la salida de El Popular (Verdad y Justicia diario) con su hermano Ismael, que años más tarde habría de ser preso y torturado bajo la dictadura como integrante del equipo de la prensa clandestina del Partido Comunista, y murió poco después de su salida de prisión. Pero además, en aquellos años lejanos yo conocía a sus numerosos hermanos y hermanas, hijos de un matrimonio judío venido de Hungría, que vivían en los aledaños de Villa Muñoz, en Cuñapirú 1724, todos comunistas y organizadores sindicales. Los recuerdo uno por uno.
En El Popular trabajamos juntos con Luciano desde su fundación hasta su clausura por la dictadura. Era uno de los pilares de la redacción, por su contracción, regularidad y espíritu de trabajo. Inauguró y sostuvo una sección de información política plural, con acceso directo a las fuentes y búsqueda de contactos. Era una suerte de hombre orquesta, especialista en muy diversos temas, en particular en materia de arquitectura. En dúo con el gallego Aurelio González hicieron campañas memorables (represiones y balaceras a estudiantes bajo el pachecato, cerco a la Universidad, represión a proximidad del aeropuerto en la despedida al embajador cubano, denuncia de las bandas fascistas de la JUP, asesinato de Arbelio Ramírez, marcha de la juventud a Punta del Este, y me detengo por aquí).
Su conocimiento de la arquitectura lo vertió en su labor gremial en la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU) en relación con la Colonia de Vacaciones de San Luis y con la gestión por el terreno propio y el proyecto del actual edificio. Y por sus vínculos con el gremio de la construcción, organizaba en forma meticulosa la venta de El Popular que hacíamos los viernes a mediodía en las obras, objeto de una fecunda emulación y una pica semanal. A cada uno nos entregaba un planito con las obras en un radio determinado y los horarios del descanso a mediodía.
Después del 9 de julio de 1973 y el asalto al diario estuvimos todos presos en el Cilindro. Luego, un poco antes o después, el exilio. Él estuvo un tiempo en Perú donde tenía familiares (creo que también pasó por Buenos Aires), al final recalamos en México fraterno y nos integramos a un exilio que vivía, trabajaba y luchaba de cara al Uruguay y a la denuncia de la dictadura. Fueron años de actividades múltiples en todos los sentidos, entre las cuales destaco especialmente la que hicimos juntos con «Desde Uruguay». Era una publicación que se editó quincenalmente durante años, sin faltar nunca, contra viento y marea, y se distribuía a miles de direcciones, en México y en todos los continentes. Primero con métodos rudimentarios, después en una imprenta amiga. Nuestras esposas se encargaban de la distribución. Nunca fallamos. Informábamos de las atrocidades de la dictadura, de la lucha concertada por la democracia en la clandestinidad y en todo el mundo y llamábamos a la solidaridad. En un buzón que teníamos frente a un Aurrerá céntrico recibíamos contribuciones cuyo origen nunca llegué aconocer. En realidad este trabajo había comenzado en Buenos Aires, con un grupo de dirigentes frenteamplistas y nacionalistas y el entonces rector Oscar J. Maggiolo. «Desde Uruguay» de México se reeditaba después en Alemania y otros lugares, se leía por radio, entraba al Uruguay y circulaba por todos lados. Duró prácticamente hasta el fin de la dictadura.
Después, la vida de Luciano se repartió entre Uruguay y México, donde radican sus hijos Pablo y Carlos y sus nietos. Nunca dejó de llegar a Uruguay en momentos decisivos, elecciones y otros. Desempeñaba con brillo hasta ahora la corresponsalía de LA REPÚBLICA en México, con profundo conocimiento de la realidad política del país azteca. En su carácter de integrante del Comité del Frente Amplio local, era un referente para los uruguayos que recalaban por allí.
Un último hecho de su vida, muy demostrativo: estaba distribuyendo entre todos sus corresponsales el artículo de Esteban Valenti «El consenso se llama Frente Amplio», publicado en LA REPÚBLICA en réplica a una contratapa de Fernández Huidobro. Señal de que permaneció sensible a los avatares del paisito hasta su último aliento.
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