"Cambio de paradigma"

Puede estarse gestando, interna y lentamente, en amplios sectores de la población la idea de que hay que terminar un ciclo político conservador y ultraliberal y de que es posible hacerlo.

Hasta fechas cercanas los sondeos de opinión aportaban, además, datos de interés, uno recogía los deseos particulares de los entrevistados expresados en la intención de voto a candidatos independientes del peronismo-kirchnerismo reinante (lo que les gustaría que ocurriese), y otro recogía la percepción que los entrevistados tenían sobre la intención de voto de los demás (lo que esperaban realmente que ocurriera, aunque no les gustara). Ante la pregunta ¿quién cree que ganaría, si hoy se celebrasen unas elecciones?, la respuesta mayoritaria hasta ahora ha sido que ganaría el candidato independiente.

Es posible que estemos asistiendo al comienzo de un cambio profundo que excede el contorno de nuestro país y que, como todo comienzo, sus rasgos sean difíciles de percibir con claridad. Es posible que, en medio de un gran desorden, se esté alumbrando un nuevo orden mundial, pero no sólo a instancias de EEUU, ni a su imagen y semejanza con Obama como presidente. No hablo de un orden establecido unilateralmente por un solo país que aspira a ejercer una hegemonía indiscutible, sino de un orden resultante de presiones multilaterales, configurado por fuerzas actuantes de origen y de identidad muy diversos (políticas, económicas, étnicas, religiosas, nacionales e internacionales, institucionales y sociales), que discuten esa hegemonía, aunque en principio no puedan anularla y sustituirla sino sólo combatirla.

No podemos perder de vista que el movimiento emergente conocido como antiglobalización o por otra globalización, y aglutinado por la idea de que otro mundo es posible, es una respuesta a las peores consecuencias de dos largas décadas de capitalismo salvaje, inauguradas por los gobiernos conservadores de Reagan y Thatcher en 1980, y que como ha ocurrido en otros casos ha podido tener un origen casi anecdótico pero sorprendente en sus efectos sociales. Actitudes de grupos minoritarios como los provos y los kabuters holandeses abrieron el camino a la comuna de Berlín en 1967, discursos minoritarios como el situaciónismo o formas de vida casi marginales como las de hippies y beatnicks prepararan el gran rechazo a la sociedad de consumo y a la guerra, y lo que se preparó como un acto más contra la intervención de EE. UU. en Vietnam, en la universidad de Nanterre, dio lugar al mayo del 68. La comuna de Berlín del 67, el mayo francés del 68 y el otoño italiano del 69 señalan tres momentos del colosal movimiento de insubordinación civil que recorrió -y transformó, a pesar de su fracaso- la Europa occidental surgida de la II Guerra mundial. Pero la conmoción no se detuvo ahí, ni se limitó a un continente -recordemos México, Estados Unidos, la América Latina insurgente, Japón y los países de África en proceso de liberación colonial- ni a un sistema económico y político -recordemos, también, la primavera de Praga-.

Y hoy, como entonces, los jóvenes han aparecido como los principales componentes de esta conmoción. Podemos decir que ha surgido una generación en términos políticos, como una porción de una cohorte generacional que comparte la cultura, aspiraciones y experiencias que marcan un período histórico determinado. Esta generación, que, como Ortega señalaba en El tema de nuestro tiempo, surge como una generación de combate, ha recibido su bautismo político como conjunto de ciudadanos activos en las movilizaciones de la calle, en la demanda al Gobierno, en la crítica a la actividad política, con la información y la reflexión, pues, frente a la apatía ciudadana y la indiferencia hacia la política de hace no mucho tiempo, es innegable el aumento del interés por los asuntos políticos que ha acompañado a este multitudinario abandono de la pasividad, que en Argentina no se producía desde el desastroso gobierno de De La Rúa.

La legitimidad cuestionada

Volvamos al marco político doméstico. Estamos en un sistema político en el que la representación política descansa en la opinión de los ciudadanos expresada en las urnas. Siendo así, este gobierno tiene una legitimidad de origen. Sin embargo, esa legitimidad hoy se halla seriamente cuestionada porque el Gobierno está enfrentado a la inmensa mayoría de la población, incluyendo a sus propios votantes, por una decisión sobre un asunto que no es baladí: una guerra. O la guerra o la opinion de los ciudadanos, pero no se pueden mantener ambas cosas si el Gobierno gobierna en nuestro nombre. O el Gobierno se equivoca o se equivoca la inmensa mayoría de los ciudadanos, pero alguien tiene que rectificar.

Para desgracia nuestra, tenemos unas instituciones políticas que pueden permanecer sordas y ciegas ante lo que sucede en la calle, y el Gobierno, haciendo uso de la ortopedia parlamentaria, puede vetar cualquier iniciativa de la oposición que tenga que ver con lo que ocurre en la sociedad. La presidenta, si quiere, puede hacerse la sorda o la muerta, pero los ciudadanos no están ni sordos ni muertos.

En la calle los ciudadanos establecen contacto directo entre sí; dejan de ser moléculas, individuos atomizados, para convertirse en pueblo; es decir en la representación colectiva de la soberanía, al margen de las instituciones, cierto, pero no por eso los ciudadanos dejan de percibirse colectivamente como lo que realmente son: acreedores del poder político. Y cuando la ciudadanía empieza a ser consciente de su poder colectivo los cambios políticos empiezan a ser posibles.

Así las cosas, se abre una puerta a la esperanza de que, a corto plazo, aunque no inmediatamente como sería lo deseable, y a pesar de la necedad del Gobierno, se produzca un cambio de ciclo político. Pero también queda la duda: ¿sabrá la pseudooposición como máximo beneficiario, aprovechar este inesperado regalo, que la sociedad argentina ha puesto a su alcance sin haberlo merecido?

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