Barack Obama
El mundo vive de sacudón en sacudón, sobre todo el Continente Americano. Ya los cambios no ocurren sólo en las «naciones bananeras» o en el «patrio trasero», ahora se habla de cambios en el epicentro mismo del liberalismo económico y político.
Las elecciones de Estados Unidos realizadas el pasado 4 de noviembre las ganó Barack Obama, hombre de 47 años, de raza negra, carismático senador que encandiló al mundo prometiendo escuchar, convencer y entender la diferencia. Este hombre, nacido en un país con una cultura racista de vieja data, ha superado tres de cuatro obstáculos que tenía por el camino. Primero, aspirar a ser candidato presidencial del Partido Demócrata. Segundo, ser el nominado de esta agrupación política. Tercero, ganar las elecciones presidenciales y cuarto ser presidente. Los tres primeros los ha sorteados exitosamente, le falta el último y más complicado, en un país donde cuatro presidentes en ejercicio han sido asesinados (Abraham Lincoln, 1865; James Gardfiel, 1881; William McKinley, 1901; John F. Kennedy, 1963), sin mencionar el intento fallido contra Ronald Reagan en 1981 y los asesinatos de Malcom X en 1965 y Martin Luther King en 1968.
Obama recibe un país con satélites que orbitan el planeta, 761 bases del Pentágono en 151 países que lo circunvalan, la hamburguesa es imbatible en muchos países del mundo y nadie puede acercarse al poderío de una economía con trillones suficientes para curar el sida, librar varias guerras a la vez y aterrizar en Marte, pero también recibe un país con varios frentes de batalla abiertos (Irak, Afganistán, Irán, Guantánamo), un barril de petróleo a unos US$ 60 y una deuda nacional de incalculables montos.
En ocho años, EEUU despilfarró buena parte de su reputación al batirse a solas en varios frentes y experimenta una cierta sensación de orfandad. Bush termina su presidencia con el descalabro económico más grave desde la Gran Depresión de 1929, rechazado por el 73% de sus compatriotas y sin haber sabido adaptarse a un mundo progresivamente refractario al unilateralismo. «Definitivamente, los americanos no estamos contentos con nuestra mala reputación. Hemos sufrido un enfermizo espasmo de unilateralismo y soberbia. Guantánamo y las alegaciones de torturas tienen parte de la culpa», según Robert Kagan, asesor del partido republicano en política exterior.
De ser cierto y factible lo prometido, el mundo asistirá al nacimiento de una nueva y esperanzadora manera de hacer política y resolver crisis internacionales. Obama deberá cerrar Guantánamo y proscribir la tortura, y después reconducir las alianzas y prioridades de un país sobrado de ideas y de recursos, capaz de integrar, en casa, culturas y razas diversas, pero acechado por enemigos jurados y un terrorismo escurridizo y potencialmente devastador.
Barack Obama ha dicho que estaría dispuesto a dialogar con nuestro presidente y con otros líderes de América Latina y del mundo sin condiciones previas. Sería bueno entonces para EEUU y el mundo, que su nuevo presidente se comprometiera en un diálogo civilizado, abandonando, o atenuando al menos, su tradicional forma de actuar: prepotente, impositiva, intromisiva, de policía y juez frente a los americanos hispanos.
Es hora que EEUU respete a los otros pueblos del Nuevo Continente, olvidándose de la política tradicional del «gran garrote»; que el ego y soberbia desmedidos dieran paso a la razón, porque, definitivamente, es mejor ser amado que ser temido.
Ojala Barack Obama ponga en ejecución la frase que dijo en su campaña electoral: «No podemos imponer la democracia a punta de pistola».
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