EDITORIAL

Sobre la reforma educativa

Cuando apenas queda poco más de un año de gestión, el gobierno actual ­el primero de las fuerzas progresistas en el país­ parece abocado a llevar a la práctica todas las reformas estructurales que se había propuesto en su ambicioso programa de gobierno.

Después de dos reformas de innegable trascendencia, votadas en la presente legislatura (estamos hablando de la Reforma Tributaria y de la de la Salud), la ministra Simon continúa desplegando su febril actividad para poner a punto la tan cuestionada y polémica Reforma Educativa, con la que se pretende responder a los problemas y carencias de la enseñanza en Uruguay; sobre todo de la enseñanza pública.

En más de una ocasión nos hemos ocupado de este delicado asunto. Hemos sostenido que si bien la enseñanza pública necesita un presupuesto mayor para resolver problemas endémicos de infraestructura y para redignificar los salarios docentes, la problemática de la educación no se resuelve sólo con mayor asignación de recursos.

En efecto, la enseñanza en Uruguay ha venido sufriendo un paulatino deterioro en sus niveles de calidad que llevaron a que dejáramos de ocupar uno de los primeros lugares en América Latina, de modo tal que hoy en día (y desde hace ya unos años) nuestros jóvenes exhiben carencias informativas y formativas que resulta difícil revertir. Es claro que el fenómeno responde a una pluricausalidad, pero parece innegable que ha habido un descaecimiento de la formación docente, fenómeno paralelo a la pauperización de maestros y profesores y la consiguiente pérdida de prestigio social de la profesión; junto con ese dato, es preciso señalar que ya desde antes de la dictadura fue instalándose la percepción ­cierta, sin duda­ de que era necesario rever metas y herramientas de la educación, esto es, revisar y actualizar programas luego de haber resuelto qué fines perseguía la sociedad uruguaya con la educación de sus niños y jóvenes.

Había clara conciencia de que la enseñanza pecaba de excesivamente libresca y que ponía un acento exagerado en las disciplinas humanísticas, de tal forma que nuestros jóvenes no resultaban aptos para ingresar al mercado laboral en un mundo en el que la tecnología y el pragmatismo marcaban el rumbo de toda actividad humana.

La reforma educativa, que se plantea el gobierno actual, pretende contemplar dicha realidad y propone medios para lograr el necesario equilibrio y el aggiornamento tan reclamado. Es así que incorpora conceptos clave como coordinación y participación, volviendo a dar representación a los docentes en los consejos desconcentrados de la enseñanza primaria, media y profesional. Se propone, asimismo, elevar el nivel de la formación docente mediante la creación del Instituto Universitario de Educación, así como propiciar la investigación y el desarrollo profesional de docentes y educadores.

Pero nos interesa resaltar la preocupación de los impulsores de la reforma por lograr el equilibrio de que hablamos antes entre la educación humanista y la educación informativa que adiestre a los jóvenes para el ingreso al mercado laboral. Un sistema educativo que apunte a la educación en valores y principios, en derechos humanos, en ciencias humanas, en arte, y que al mismo tiempo ofrezca al joven la posibilidad de, una vez egresado de la educación media, haya incorporado capacidades para el trabajo.

Es, sin duda alguna, una reforma ambiciosa. Pero, por primera vez en muchos años, asistimos a una propuesta seria y abarcadora.

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