El divorcio entre los partidos y la sociedad civil

Es posible leer en El Observador de ayer interesantes reflexiones del diputado Washington Abdala a propósito de la realidad de los partidos políticos y de la postura de la sociedad frente al quehacer político.

Parece preocuparse –un poco tardíamente– por un hecho del que nos hemos ocupado en más de una ocasión: el creciente desinterés de la población –de la sociedad civil– por la cosa pública, asunto que los ciudadanos consideran ajeno y dejan en manos de los dirigentes políticos, quienes se alejan cada vez más de la problemática concreta de la gente, con lo cual cristaliza un divorcio largamente anunciado entre representados y representantes.

La participación política ha dejado de ser una aspiración del ciudadano. Este fenómeno atane también a las fuerzas progresistas o partidos «de izquierda», que han experimentado una notoria merma en su capacidad de convocatoria para la tarea militante. Una de las pruebas de ello es el fracaso de los últimos intentos de convocar a plebiscitos, un dato de la realidad que deberían tener en cuenta los promotores del referéndum contra la Ley de Urgencia.

Dice Abdala –y es exacta su percepción– que «los partidos políticos no han encontrado un puente de comunicación ideal con la sociedad civil». Ante el divorcio verificado entre el ciudadano y sus representantes, parece de toda lógica que aquel tienda a expresarse por medio de sociedades y agrupaciones (sindicatos, cooperativas, clubes, organizaciones no gubernamentales, cabildos abiertos) independientes de los partidos políticos y de sus dirigentes que han perdido credibilidad. Es así que las movilizaciones más importantes de los últimos anos estuvieron protagonizadas por sectores sociales como los productores rurales o por organizaciones coyunturales como los Cabildos Abiertos del Litoral. Ningún partido político, ningún sector ha sido capaz –hasta ahora– de canalizar esas manifestaciones espontáneas o de hacer suyos los reclamos como forma de dar un marco político a la protesta.

Otra faceta de particular relevancia en este tema es la sentencia de muerte de las ideologías. Como si se tratara de una especie de dictamen inapelable emitido por los ideólogos del pensamiento único, se ha generalizado –e internalizado– la aseveración de que las ideologías han fenecido y que el pragmatismo es el nuevo monarca de la política. Después de la caída del muro de Berlín, frases como El fin de la Historia, título del libro de Fukuyama, han conseguido un sitial de honor que las convierte prácticamente en axiomas. Por lo general con notoria mala intención, suele confundirse el derrumbe del mal llamado socialismo real –en los hechos, un imperio totalitario– con el fracaso del marxismo, lo cual es un grave error.

Pero en definitiva, lo que no se preguntan algunos dirigentes es por qué razones el quehacer político y los actores políticos han perdido credibilidad a los ojos de la opinión pública. Es decir, en qué medida los viejos vicios arraigados en los partidos tradicionales (clientelismo, corrupción, amiguismo, falta de democracia interna, nepotismo, pactos secretos) no son los responsables de ese descrédito.

En ese sentido, una afirmación del diputado Correa Freitas en la Comisión Permanente del Poder Legislativo ha causado una sorpresa generalizada. Dijo el correligionario de Abdala: «ninguno de los que estamos aquí tiene la capacidad moral para hablar de ética y de moral». Temeraria afirmación que agravió a más de uno de sus colegas, y más que significativa autoinclusión en una categoría deleznable. ?Fue un lapsus linguae, o el dirigente cree que con esa demostración de ‘honestidad’ la sociedad civil volverá a creer en los conductores políticos?

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