Batlle – Vázquez con objetivos políticos

El año político comenzó reafirmando una práctica que, en su reiteración, se ha transformado en la más importante novedad política de este período de gobierno: el diálogo directo entre el Presidente de la República y el líder de la oposición.

Más allá de las anécdotas, de los gestos –que en política y en esta época dominada por las imágenes tienen su importancia–, está lo sustantivo, hay una estable relación de diálogo entre Batlle y Vázquez, podríamos decir una relación privilegiada.

¿Le sirve al país esta nueva relación entre el gobierno y la oposición? ¿No confundirá los roles y hará menos claro el funcionamiento de nuestro tradicional sistema político?

Esta nueva relación le sirve mucho al país, es decir, a su gente; es necesaria en este particular momento crítico y le sirve al país de Batlle y al país de Vázquez. Nos sirve a todos.

Me imagino ya el escándalo, en algunos, por hacer referencia a dos países diferentes, el de Batlle y el de Vázquez. En realidad, debemos asumir que desde que salimos de la dictadura la constante del proceso político nacional ha sido un distanciamiento permanente entre esos dos mundos que, en ciertas oportunidades, tienen en común solamente la cohabitación en el mismo territorio y en las mismas instituciones. Y un poco más.

El diálogo le hace bien al Uruguay, porque para afrontar la combinación de nuevos y viejos problemas necesita obligatoriamente de todas las energías, las capacidades y el impulso nacional.

No solo afrontamos una persistente crisis de coyuntura –determinada por una suma de problemas locales, regionales e internacionales– sino, lo que es más importante, afrontamos la necesidad de que los uruguayos crean en su país, en su destino, en su futuro. Hay una crisis de identidad. La emigración y sus nuevos empujes es el síntoma más visible, pero en cada rincón del territorio nacional se puede percibir esta sensación térmica.

Cómo salir de esta situación, cómo proyectar un nuevo impulso nacional a partir de nuestro tamaño y de nuestras debilidades y fuerzas tiene, naturalmente, visiones, prioridades y estrategias diferentes entre el gobierno y la oposición. No podemos ser incautos. La bobera en política es uno de los errores más graves. Pero hay áreas muy importantes en las que se necesitan políticas de Estado y sobre todo se necesita romper cercos y derribar muros, porque le hacen muy mal al Uruguay.

No solo la búsqueda de una historia común y compartida sobre los dramas del pasado reciente –en particular un estado del alma compartido y compartible sobre los grandes sufrimientos humanos que todavía laceran a nuestra sociedad, como es el caso de los desaparecidos–, reclaman esa grandeza y esa sensibilidad. Asumamos que todos debemos aprender a recorrer esos nuevos caminos.

Un nuevo sendero es también la presentación de un proyecto de un nuevo código del proceso penal y debería serlo –porque el Estado es un patrimonio que va más allá de un gobierno determinado para integrarse a la historia y al futuro de la nación–, todo el complejo proceso de la reforma del Estado.

Con imaginación y amplitud, existen grandes áreas de la vida nacional como la educación, la infancia y sus graves problemas, la seguridad ciudadana, las relaciones internacionales y la estrategia comercial del país, donde deberíamos todos hacer grandes esfuerzos para construir consensos y políticas de Estado.

No solo porque ello permitiría encauzar capacidades, ideas y voluntades muy amplias y necesarias, sino porque se le estaría dando una señal importante a una sociedad cansada, agotada, desilusionada, que necesita desde la política gestos de grandeza y de generosidad.

¿Que este es un escenario diferente al que estamos acostumbrados? No hay duda. Y tampoco la debería haber sobre que los grandes momentos nacionales, los que han quedado en la mejor historia del país y los que todos recordamos con orgullo y con nostalgia, han estado siempre unidos a momentos de encuentro nacional y no de luchas fratricidas.

Convivir democráticamente, en estos nuevos momentos, no es solo compartir el mismo territorio geográfico e institucional. Como tampoco es aceptable y creíble que la nueva convivencia, las nuevas formas de relación entre los partidos, se producirán a partir del 1o. de marzo del año en que gobierne el EP-FA.

Tabaré Vázquez lo dice con toda claridad en su artículo para Bitácora, cuando es capaz de analizar en toda su complejidad y su articulación la obra de este gobierno, no cediendo a la tentación de los brochazos gordos, sustituyendo las consignas precocidas por una reflexión con sentido nacional y de futuro. Y lo reafirma cuando apunta toda su estrategia a ganar el gobierno en 2004, definiendo claramente los roles y responsabilidades entre el gobierno y la oposición.

Una nueva forma de diálogo y de relacionamiento político le hace bien a Batlle –cómo no– y le hace bien a Vázquez. Estamos en un país de gente seria, de políticos inteligentes y experientes, donde nadie se cuece en el primer hervor. ¿O alguien cree que el diálogo puede prosperar cuando favorece a una sola parte?

En política los tiempos son importantes, y hay que ser capaces de mirar más allá de las contingencias y, sobre todo, de los esquemas elementales y básicos. Sí, se puede ser oposición seria y firme y, sin embargo, aportar con responsabilidad ideas, propuestas, en muchos temas que no pueden ni deben esperar.

Se puede tener una visión diferente de las prioridades y de las políticas económicas y sociales y mantener un diálogo fluido con el gobierno, reconociendo sus aciertos y cumpliendo a cabalidad la tarea de controlar y de ejercer la oposición, de criticar –incluso con durez– sus políticas, como parte esencial de la democracia. Recordémoslo ahora y cuando también y sobre todo cuando la izquierda gobierne.

¿A quién le sirven las tensiones y las fracturas ideológicas, fomentadas y alimentadas desde el poder con devoción y pasión ?

¿Son acaso un legado del Batllismo histórico, de las buenas tradiciones de liberalismo político nacional?, ¿o tienen un origen mucho más próximo al Riverismo y a las corrientes autoritarias y excluyentes?

La izquierda democrática, la que ha superado en la práctica y en las definiciones toda tentación de autoritarismo y de un mesiánico destino para imponer los cambios y las transformaciones, ¿necesita ahora y sobre todo en su vocación cierta de gobernar, un clima de fractura y de ruptura de puentes y caminos de diálogo?

En ciertos ambientes nadie se anima a romper el fuego. Pero estamos seguros que en los corredores de ciertos palacios, las tensiones, las broncas y los comentarios entre dientes son muchos más duros contra el diálogo, que los que se oyen dispersos en ciertos sectores de la izquierda.

Y es que para estos grupos del poder está en juego una visión del país, que se alimenta y se nutre de la fractura, de los odios «teológicos», de las murallas insalvables. Crecieron, ganaron y apuestan por ese clima. Porque confunden el país con sus propios intereses. La soberbia y un sentido de propiedad del poder los atormenta.

Que el silencio temporal no nos engañe, están solo tomando nuevas fuerzas para viejas batallas.

Este nuevo relacionamiento entre Batlle y Vázquez rompe muchos esquemas, muchos andariveles conocidos. Esos esquemas que muchas veces impiden recorrer caminos nuevos, procesos diferentes, rompiendo perezas intelectuales y políticas. Y se sabe, la pereza es una madre prolífica.

Y están, por último, los razonamientos simplistas, animados de las mejores buenas intenciones,
pero que, en definitiva, no sobresalen de lo anecdótico. Ya los veremos aparecer en los próximos días. Son aquellos que nos atribuyen a los ciudadanos un papel de pasivos observadores, influenciados por gestos básicos y primarios, sin más capacidad que la de consumir la política en su expresión más elemental.

Cada vez que alguien recurre a esa subestimación de la gente –tanto en su relación con la política, con los medios de comunicación, incluso con el mercado y sus productos– recibe los frutos de su pobre siembra. Los matices, las sutilezas, la diversidad de colores no son patrimonio solo de los políticos y de los comunicadores, la vida cotidiana está tan llena de esas difusas y complejas coloraciones que hacen de cada ciudadano un experto.

En este concurso a todos los premios, que se ha desatado en ciertos ambientes «desinteresados» por desacreditar la política, hay un lugar recurrente, cada vez que se trata de desprestigiar una actitud, una posición, incluso una acusación, se recurre a una muletilla universal: «tiene un objetivo político».

Más allá de que en general, quienes pronuncian esta nueva sentencia bíblica también tienen objetivos políticos propios, siempre me interesó saber qué otra intención que el debate político y la disputa democrática del poder, deberían tener esos procesos.

Pues, en este caso, es bueno reconocerlo con claridad, Batlle y Vázquez además de los objetivos institucionales tienen en su diálogo claros objetivos POLITICOS. Uno, darle aire, espacio y tiempo a su gobierno; otro, darle aire, espacio y nuevos tiempos a su oposición y a su posible futuro gobierno. Tan simple, como positivo e importante.

* Periodista – Coordinador de Bitácora 

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