Consenso y voluntad popular

La palabra consenso cobró notoriedad allá, por 1984, cuando apenas liberado Líber Seregni, el emblemático general se abocó a la dificultosa tarea de recomponer el Frente, de remendar y zurcir la colcha de retazos que los milicos y sus aliados civiles se habían propuesto hacer jirones.

Era una fuerza política muy cascoteada, con sus dirigentes y principales referentes muertos, en cana, en el exilio o clandes.

En esa delicada tarea de rearmar la coalición de izquierdas, era preciso hilar muy fino, y resultaba lógico buscar por todos los medios el necesario consenso entre todos los sectores para adoptar decisiones; nadie discutía, entonces, su validez como medio idóneo para llegar a acuerdos. Pero convengamos en que el concepto que entraña el vocablo «consenso» supone una decisión de cúpula tomada entre cuatro paredes y entre un número de dirigentes no mucho mayor. Convengamos que no se trata precisamente de un instrumento demasiado democrático; no es un mecanismo de participación de la masa o de las bases, sino que se parece más bien a un procedimiento elitocrático por medio del cual unos cuantos dirigentes liman asperezas, proceden a concesiones recíprocas, se ponen de acuerdo y adoptan decisiones que luego comunicarán a sus seguidores. El consenso garantiza, así, que no haya vencidos ni vencedores, algo inevitable cuando las decisiones se toman –democráticamente– por mayoría.

Lo que antecede viene a cuento en razón de que, desde que se lanzó la idea de la fórmula Astori-Mujica (el orden es estrictamente alfabético), se viene hablando de la búsqueda de consenso para decidir cuál de ellos encabezará la fórmula. A tales efectos se verifican febriles gestiones, acuerdos, encuentros, apariciones públicas de ambos, declaraciones de cada uno de ellos, sonrisas para las cámaras, guiños, complicidades, mensajes polisémicos, etcétera. Todo como para aumentar la expectativa hacia el próximo Congreso, en el que se supone se decidirá la fórmula.

Ahora, digo yo, si es en el Congreso que se decidirá la candidatura oficial, ¿qué sentido tiene la apelación constante al famoso consenso? Por otra parte, si de lo que se trata es de decidir cuál de ellos será candidato a la Presidencia, no parece un asunto a negociar pues se trata de elegir a uno de los dos y punto.

El consenso, en este caso, se parece más bien a un úcase mediante el cual se evitaría la contienda electoral prevista en la Constitución para junio del año próximo. Lo que yo me pregunto es por qué quieren evitar una instancia de saludable confrontación democrática. Caramba, ¡qué contradicción! ¿Qué pasa? ¿Le tienen miedo al demos? ¿No confían en la decisión de la gente? ¿Sueñan con instaurar el voto calificado?

Convoquemos a la gente, al electorado frentista, a que se pronuncie a ver a quién de los dos prefiere como candidato a la Presidencia y estémonos a lo que mande la voluntad popular.

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