Una sociedad y su deterioro

La violencia de los jóvenes

Los conceptos de paz y violencia –leíamos hace poco en un interesante libro prologado por Jorge Brovetto– están sometidos a un continuo proceso de cambio; así como también han cambiado el tipo y la naturaleza de los conflictos, así como el grado de «visibilidad» o encubrimiento de varios tipos de violencia.

Esta frase puede ajustarse en forma adecuada a lo que está pasando hoy en algunos niveles de nuestra sociedad, que castiga con fuerza la violencia que llevan adelantes los sectores de población más desvalidos y, de alguna manera, perdona la que practican quienes un día sí y otro también, se agreden en la noche, tratando de reivindicar una condición «machista», que se borra cuando los testigos indican que más bien son acciones de patotas que han llegado al asesinato, como en el caso del balneario La Pedrera.

Por supuesto estos hechos son observados con una visión benévola por quienes debieran reprimirlos, porque ocurren en zonas balnearias, dentro o fuera de «locales» bailables, donde abunda el alcohol y las drogas.

Aquí las causas profundas de esa violencia no son las que determinan los robos, arrebatos, rapinas, etc., que son protagonizados por aquellos que se encuentran al borde de la desesperación, metidos en la desocupación, el hambre y la falta de perspectivas. Los muchachones que salen alcoholizados de locales nocturnos, especialmente ahora en la zona balnearia, que se agreden en acciones inauditas, de un patoterismo brutal, pertenecen a otros estratos sociales, muchos que sufren también las carencias de una sociedad en crisis, pero que en general no viven en la marginalidad y el hambre.

Hasta nuestra mesa de trabajo ha llegado infinidad de denuncias, como la de un joven agredido sádicamente por una patota de alcoholizados en La Paloma, el guadavidas de Canelones, que en la zona de El Pinar estuvo a punto de ser asesinado, los problemas que se viven en toda la zona balnearia montevideana los viernes a la noche y en la madrugada del sábado. ?No sabemos todos en lo que se convierten las inmediaciones del Hotel Carrasco? ?Qué pasa en algunas discotecas en las que los guardias de seguridad en lugar de cumplir una función preventiva, agreden a cada uno que transgrede las normas que inculca el dueno del local?

Ahora esa violencia insana, que se desata por cualquier motivo y que lleva a muchos jóvenes a bordear la muerte o a ella misma, se extendió con toda su fuerza hacia el este del país, en una multiplicación de hechos que han trascendido al ámbito internacional, cuando un conocido deportista agredió a golpes a un fotógrafo que cumplía con su trabajo.

Nos preguntamos: ?Nada de esto es puede prevenir? ?El Ministerio del Interior en general y la Policía en particular, no sabe que se vende alcohol a menores, que en algunos locales –no queremos generalizar– la droga se comercializa al igual que cualquier otro insumo? ?Los fiscales y los jueces no pueden actuar con mayor eficacia para intentar enderezar lo que está evidentemente torcido? ?O es que esperamos por la acción de los pocos inspectores que tiene el Iname?

Asistimos a una violencia que, al parecer, no tiene otra razón que ella misma, la que se realimenta, acunada en la liviandad de nuestras autoridades en poner coto a algunas prácticas, que son delitos según nuestros códigos, como la venta de alcohol a menores y la provisión de drogas.

Como siempre, tendrá que ocurrir un desastre mayor que el asesinato en La Pedrera o las golpizas patoteriles que se verifican día a día, para que alguien se preocupe de un tema, profundo, cuyo abordaje es necesario por el bien de nuestra sociedad.

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